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Parafraseando al viejo Walt Whitman, que en un intento de autocomplacencia escribió ese poema fundamental: “Canto a mí mismo”, quiero celebrar con estas reflexiones dos décadas de mi presencia en las aulas universitarias ejerciendo la labor docente, un trabajo gratificante y a la vez con cierto sabor agridulce.

Fue una decisión que en su momento me tomó de sorpresa -no me imaginaba estar al frente de un puñado de estudiantes cada mañana-, pero las circunstancias y el sentido de oportunidad propiciaron ese acercamiento y prácticamente la docencia copó todas mis aspiraciones y definió un modo de vida.

Recuerdo que la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA irrumpía con su propuesta de formar periodistas que asumieran los nuevos retos que imponía la nueva realidad que se vivía en Nicaragua al despuntar la década del 90 del siglo pasado. Guillermo Rothschuh Villanueva, desde la decanatura, animaba con su quehacer académico y tuvo la visión de incorporar al ejercicio docente a jóvenes entusiastas que a criterio de Clemencia Rodríguez -maestra cinceladora de caracteres y cultivadora de virtudes- tenían “madera” para transmitir conocimientos en el cambiante mundo de la comunicación.

Así fue como Alfonso Malespín, Nohelia González, Fabián Medina, Gloria Isabá y este prójimo que escribe, tuvimos nuestro bautizo de fuego en ese ambiente lleno de ebullición y entusiasmo que se hacía sentir en las clases de comunicación de la época.

Mis primeras herramientas pedagógicas tenían como norte propiciar que mis discentes hicieran suyo el conocimiento impartido, partiendo de su propia realidad e integrándolo a su cosmovisión, tratando de despertar el espíritu crítico. La ruta trazada por Freire, Daniel Prieto Castillo y el propio Rothschuh Villanueva, fueron fundamentales para tener esa visión y llevarla a la praxis.

Con el paso del tiempo -veinte años no es nada, según un famoso tango- he ido desbrozando el camino y a la luz de las experiencias que he ido acumulando en mi peregrinaje por distintas universidades del país enseñando comunicación, me he percatado que el estudiante en este campo requiere más vivencia que enseñanza, es decir, hay que irrigar las diferentes teorías comunicacionales con un componente básico: la realidad misma que a diario nos atrapa y que muchas veces pasa fugaz y desapercibida y no nos permite reflexionar y tener distintas lecturas sobre ella.

Fue gratificante haber impartido clases en la Universidad del Norte de Nicaragua. El ya fallecido maestro José Molina Ortiz, un humanista a carta cabal, fue el enlace idóneo para que impartiera clases de periodismo en Matagalpa a comienzos de la primera década de este siglo. Y pude percibir en el estudiantado ese apremio por aprender y aplicar los conocimientos a lo inmediato; urgían del basamento teórico necesario para enchufarlo a su práctica cotidiana. Buena parte de ellos laboraban en medios de comunicación locales y se requería de una pedagogía de acompañamiento que estimulara sus destrezas y habilidades.

Mi incursión por el ciberespacio y su utilidad como herramienta académica, me permitió construir un sitio web de la comunicación y la cultura en el 2003, y eso fue posible gracias al generoso apoyo brindado por Freddy Quezada, un veterano de estas lides. Eso me posibilitó también abrir espacios a la educación virtual mediante la apertura de distintos foros para las diversas materias que impartía.

Recientemente, un nuevo proyecto académico se ha echado a andar en la Universidad de Ciencias Comerciales, y es hacer de la enseñanza de la comunicación una escuela forjadora de profesionales que hagan suyo el uso de las redes sociales y aprovechar sus enormes potencialidades educativas.

La incorporación de un staff de docentes de mucha competencia vinculado a los medios, podría hacer realidad la conjunción de una preparación académica donde esté presente la formación humanista y también el desafío digital que a diario nos reta.

*Periodista y docente universitario.