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Los caudillos nacionales y caciques locales, abundantes en nuestro atrasado sistema político tienen vidas de larga duración, y mueren de viejos no porque oigan consejos. Pero todavía se oyen voces y se leen escritos pregonando las bondades y la importancia de tener un periodismo “constructivo” y “propositivo”. Es decir, que se divierta y divierta a los gobernantes, aconsejándoles.

Ese papel de consejeros que le quieren asignar a los periodistas lo puede desempeñar cualquiera, pues el gobierno es buen mercado para el trabajo de adulación y propaganda.

Un periodista-consejero hasta puede recibir premios y honores oficiales, buena paga y parecer simpático luciéndose en el ejercicio de la palabra, pero no perturbará ni la siesta de quienes se creen dueños del poder político.

Si “constructivo” es quien ayuda a construir algo, los consejos de un periodista para un gobierno valen menos que un cabo de puro chilcagre, porque políticos y partidos traen ambiciones definidas y programan todo lo que  quieren hacer con el poder desde mucho antes de conseguirlo. Y si en el camino les fallan sus cálculos, los readaptan a las nuevas circunstancias sin pedirle permiso a nadie, menos a los  periodistas que tienen en la nómina de sus medios de comunicación, pues su función es reproducirles el discurso.

En cuanto a lo “propositivo”, es un neologismo del cual desconozco su significado, aunque supongo se refiere a quien le gusta hacer proposiciones. Pero resulta que los gobernantes no necesitan las proposiciones periodísticas porque para eso están los miembros de la cúpula de su partido, su mujer, su familia y su propia voluntad para hacer lo que quiera, y si tiene periodistas entre su corte, será para menesteres publicitarios y propagandísticos.

¿Cuál es, entonces, la función del periodista? Si es de criterio independiente, su obligación profesional es investigar, transmitir y utilizar la información de la manera más exacta posible. Y, a la par, ser crítico de todo lo que hace un gobernante que no ajusta su política a los intereses nacionales y populares –que para eso está—, y cuando no actúa respetando los mandatos constitucionales.

Si la Constitución para eso es: ser cumplida en todo lo que prescribe en defensa de los valores, los derechos, las libertades ciudadanas y las normas jurídicas para la convivencia social.

Cuando el gobernante no respeta la Constitución, es deber del periodista criticarlo con criterio de ciudadano responsable y profesional honesto. Todo lo de la Carta Magna es –en teoría— resultado de la voluntad mayoritaria o de consenso entre parlamentarios elegidos por voto popular en comicios libres –otra vez, en teoría—. Y si el gobernante lo es de facto por violación constitucional, criticarlo se vuelve un imperativo cívico y ético inexcusable.

Si el periodista solo se dedica a comunicar y comentar acerca de cómo se respeta o es irrespetada la Constitución por el poder político, empobrece sus funciones si a la vez no ejerce la crítica contra quienes las cometen. Y quienes aconsejan a los periodistas informar sobre los hechos positivos del gobierno para ser “objetivos”, que recuerden: para eso están sus divulgadores.

Criticar al poder tiene riesgos. También es desagradable, cuando los que se benefician de la corrupción y las violaciones constitucionales responden las críticas amenazando, descalificando y difamando. Los periodistas críticos son asesinados también: ¿recuerdan a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Carlos José Guadamuz y María José Bravo?

Son casos extremos. Pero al poder no les faltan métodos para hacerle pagar al periodista por su derecho a criticar. Junto a las agresiones verbales en los medios oficialistas, se les acosa laboralmente; les cierran las fuentes oficiales de información. Lo hace la empresa privada también, cuando es afín al gobierno o es presionada por este, y traslada al periodismo su propio miedo, negándole información y pautas comerciales.  

Lo del periodismo “constructivo” y “propositivo” es una frase que esconde temores, justifica el oportunismo y el acomodo ante quienes, desde el poder, señalan a la crítica de perturbadora del orden social. Frase que está en boca de los abusadores y sus cómplices. Un clima “ideal” para un periodismo “constructivo” y “propositivo” solo es concebible en una sociedad sin contradicciones de clase, injusticias sociales ni corrupción. Es decir, en una sociedad utópica.

Aun dentro de una sociedad así idealizada, el periodismo crítico haría falta para que la ciudadanía no pierda conciencia de su realidad.

No hay modo de esfumar la crítica mientras haya existencia humana en esta “querida, contaminada y única nave espacial que tenemos”, como acostumbra decir William Martínez, periodista venezolano.

* Escritor y periodista