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“Sorry” por el título de hoy, pero en realidad, lo que quería decir es que no hay que tenerle miedo. A la libertad es a lo último que hay que temer. Porque lo contrario sería como tenerse miedo a sí mismo.

Hoy mismo. Si usted se encuentra en cualquier ciudad latinoamericana o de cualquier otra parte del mundo, y se propone comprar algo de marihuana o coca…, empiece a cronometrar su reloj: no tardará ni una hora en conseguirlo. Y eso, enfrentándose a todo el aparato nacional e internacional de lucha contra el narcotráfico y la penalización de su consumo.

Algunos piensan que si se legaliza el consumo y tráfico de algunas drogas como la marihuana, gran parte de la sociedad se volverá drogadicta y el daño sería aún mayor. Pero creo que quien piensa así le tiene miedo a todo lo que escapa de su control. Le tiene miedo a la libertad. Las pruebas más claras están ahí. La droga siempre ha estado cerca, prohibida o permitida. Siempre. Y en países más ricos y más pobres, con menos persecución, el consumo sigue siendo minoritario. Probablemente, la diferencia entre la legalización o la ilegalización será que quien quiera drogarse lo seguirá haciendo, pero al menos no habrán tenido que morir “inútilmente” tantas personas ni habrá penetrado la mafia hasta los más altos niveles.

Quizá no es justo decir “inútilmente”, pero es triste comprobar que ni con los cargamentos de droga decomisados, ni con todas las muertes de policías y militares en la lucha contra el narco, se ha podido evitar que alguien se drogue cuando quiera. ¿No es hora de cambiar de estrategia?

Hoy día, el daño personal y social más grande y numeroso no está en el consumo de marihuana o cocaína, sino en el del alcohol.

Mientras que el tabaquismo decrece a nivel mundial por las campañas de información en su contra, el alcoholismo se lleva por delante la vida y la suerte de muchas familias no solo porque está permitido sino porque es parte de una cultura de consumo masivo.

He conocido de cerca, en amigos y familiares, los estragos que causa el consumo de drogas duras y también adicciones como las del alcohol o la ludopatía. Cualquier iniciativa de legalización debe ir acompañada de una fuerte campaña de información y salud pública.

Pero las costumbres y la moral van cambiando con el paso del tiempo. En el caso de algunas drogas como la marihuana cuyos efectos más nocivos no lo son mucho más que los del alcohol, es posible en un futuro que la consideremos parte de una cultura de consumo.

Casi todos brindamos con tragos de alcohol por la felicidad, pero son menos los que se encienden un cigarrillo de marihuana para compartirla.  Aunque pensándolo bien, ¿cuál es la diferencia?

Ha sido un presidente centroamericano, el de Guatemala, quien ha sugerido la iniciativa de la legalización de algunas drogas, como la marihuana, en el marco de una propuesta internacional, y durante las próximas semanas se debatirá en la región esa posibilidad. El debate lleva mucho tiempo planteándose pero todavía no se había oído a presidentes pronunciarse al respecto. No sé si eso hará que las cosas se agilicen. Pero lo que es preocupante es que desde el principio haya otros presidentes y hasta miembros de la Iglesia

Católica que sentencien la iniciativa como inviable y poco recomendable. En el caso de Nicaragua, Gobierno e Iglesia, una vez más de acuerdo, de entrada se oponen a la despenalización. Desde luego, no sería nada efectivo que un solo país legalizase el consumo y tráfico de ciertas sustancias si no está dentro de una iniciativa internacional. Pero a qué le tiene miedo Nicaragua: ¿a que toda la sociedad se vuelva drogadicta? ¡Por favor! ¿A que los precios del mercado bajen y se pierda parte del negocio? Espero que no.  ¿Y si a lo que temen las autoridades civiles y religiosas de Nicaragua es a la libertad individual de quien quiera drogarse o no, así como ocurre con quien se emborracha o no? Ojalá que no se trate de eso.

La doble moral de Estados Unidos, extendida a todo el continente, ilegaliza pero no detiene el tráfico interno y el consumo a cambio de que los muertos los pongan al sur del río Grande, desde los países productores (Perú, Bolivia y Colombia, principalmente) hasta los países por donde la droga pasa (en Centroamérica y México). ¿Por qué hay que seguir el juego a esa doble moral?  

Quizá tenga razón el personaje de una seria policíaca norteamericana, The wire, que refiriéndose a la lucha contra el narcotráfico, decía: “Esta no es una guerra, porque las guerras acaban”. Y esta no ha acabado ni va a acabar nunca. Es verdad. No es una guerra. Es algo peor. Por tanto, ¿y si cambiamos de estrategia para poner algo de paz y sentido común? ¿Y si empezamos a confiar en la libertad? ¿Por qué le tenemos tanto miedo? ¿Por qué nos tenemos tanto miedo?

sanchomas@gmail.com

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