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Cinco de la mañana. Rompiendo la confusión del día, el poeta Fernando Benavente golpea la puerta de mi casa con una botella de ron en la mano izquierda y un libro de Sartre en la derecha. Impostor de la ironía, apabulla con su voz a un gato que desarma todo menos su ánimo. Una postal de la memoria sucumbe al amanecer tanteando su desesperación.

Benavente se instala en un sillón, y no quiere hablar. Es año bisiesto. El ruido de la calle abandona el crepúsculo  y se antoja un café compartido para frenar el frío que muerde las orejas. Los niños se aventuran tras los restos de una pelota de calcetín. Desde una cabina de radio un locutor suaviza las palabras para desmembrar el recuerdo de las antipatías y del odio.

Todo queda en una frase cuando se habla del tiempo. “De aquellos años no hacen falta testigos”. Radio Paz, emisora de la solidaridad.

La poesía. El Jazz de Bonfa, la flauta virtuosa  de Fausto Papetti, y el gordo BB King. Las grandes orquestas y los grandes maestros.

La ilusión desbordada.

CMR en grabación con las cátedras en la UNAN. La transmisión en vivo, completa y única, del simposio Darío-Martí. El poeta Iván Uriarte como programador de la emisora y su maravilloso archivo musical.

Benavente con su programa original, Ciencia y Tecnología en la Revolución. El poeta Álvaro Urtecho con su “Palabra en el tiempo”. Las tertulias, los debates y los rumores. El pasar del tiempo y los desafíos de la tarde. Los simposios y las conferencias. Las siempre presentes lecturas de poemas en el espacioso cuarto del estudio de grabación.

Las exposiciones de pintura de Carlos López. Los humildes almuerzos servidos por doña María. Las visitas de los poetas, pintores, clarividentes, filósofos, carpinteros y mujeres maravillosas. La amistad en mejor tiempo. No hubo pausas para la rutina. Un concierto entusiasta de las manos limpias.

Bar La Criolla. Managua,  cinco de la tarde. Un martes cualquiera es empujado por varios poetas hasta llegar con las cuerdas vivas al codiciado bar donde el anfitrión, siempre puntual, descorcha botellas infinitas y abundantes viandas con frutas y mariscos. Horas enteras. Los poetas  desnudan la breve sentencia de un parto destellante.

El rumor es apacible. Vértigo contundentemente pasado por el rudo ruido del recuerdo. Años  80. Es esa memoria que aún no ha muerto y se desplaza en nuevos vigores. “El pollito” abre la sesión con un rollo de poemas. Álvaro Urtecho quiere oír a Michael Jackson. Benavente insiste en cantar “Guadalajara” y los asiduos parroquianos convencen al poeta que se prepare para el amanecer.

Una nueva ronda de cervezas motiva para continuar  escuchando al “Pollito”, ahora abrazado por el periodista Montalbán en  medio de las voces de la madrugada. Sin duda, que el bar La Criolla dejó huellas para raspar la memoria.

Conversaciones en Bello Horizonte. En casa del poeta Xavier Quiñónez, atravesando océanos, inventando tormentas, con la espontaneidad del aire sonámbulo por viejas y nuevas carreteras hasta llegar al punto común y denominador: que nuestros padres fueron los que iniciaron esas intensas conversaciones, y que nosotros retomamos casi sin darnos cuenta bajo la mirada conmovedora y exacta del doctor Carlos Guevara, un amigo imperdible de esos naufragios.

En Bello Horizonte sufrimos la desesperanza de Rulfo. Amamos a Marilyn Monroe y nos bebimos la poesía de Paz, Hesse, Neruda y algunas películas memorables.

* Poeta y periodista

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