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El poder de la dictadura y sus recursos amplios, suficientes e inagotables para urdir y conspirar -durante años si fuere necesario-, indicaron al sandinismo focalizar sus objetivos electorales en una juventud nicaragüense -y esta de un estrato social específico-,  cuyo presente pasa por un episodio dislocado de los elementos y preceptos que precisa para surgir de un estado de pobreza hacia uno mejor, en provecho de su futuro y de sus futuras familias.

Poco después de la victoria electoral de la UNO en 1990, los medios de comunicación proyectaron numerosas escenas de violencia protagonizadas en su mayoría por trabajadores afines al gobierno, que defendían la piñata del sandinismo y la privatización de bienes que el gobierno de los 80 les había entregado, algunas de ellas justas y otras injustas.

La ira de estos hombres se vio en el asalto a la Alcaldía de Managua en septiembre de 1991, y todo por causa de una realidad que no aceptaban, haber perdido las elecciones. Asistimos después a las asonadas de estudiantes azuzados y afines al Partido Sandinista en la Avenida Universitaria. Todo ello perturbó al gobierno de los 90, hasta que una relativa paz se vio en el gobierno del doctor Alemán. Las asonadas continuaron en el gobierno del ingeniero Enrique Bolaños, hasta que un pacto entre ese gobierno y el sandinismo trajo una relativa tranquilidad a cambio de una presa mayor que el sandinismo necesitaba neutralizar.

Después de 2006, otros hechos violentos continuaron, y los agresores siguieron siendo muchachos de una generación de jóvenes sandinistas ya en el ejercicio del poder y de la inmunidad. Estos jóvenes eran enviados para enfrentar, impedir y reprimir las pacíficas protestas cívicas de un sector de la oposición.

Lamentablemente, la nuestra es una juventud con mínimos índices de conocimientos de historia y con una olvidadiza mentalidad, víctima de los cantos de sirena de la sociedad de consumo en los que prevalecen los encantos de la TV, el heavy rock, las modas, las etiquetas, las drogas y últimamente la informática.

Las viejas atrocidades del sandinismo son desconocidas para estos  jóvenes porque no habían nacido en los tristes años 80. Lo he comprobado cuando he impartido clases en las universidades. No es para menos. Son las consecuencias de 30 años de una pésima educación intermediaria. Así, desinformada, casi ciega, sin recursos históricos en su haber, esta juventud no sabe ni entiende ni le importan los hechos de los 80 y los ilegales procedimientos y actos de la dictadura para sostenerse en el poder.

Quizá uno de los objetivos de esta sea poseer radiodifusoras y canales de televisión en cantidades insospechadas, para reducir la promoción de valores mediante mensajes adecuados, para sostener a esta juventud adormecida en ese mar de confusiones.

La dictadura ingresa a este estrato de jóvenes a las fuerzas de choque para dar puñetazos a la oposición, como el asestado en la ceja izquierda a Jairo Contreras, hecho hasta hoy impune pues la Policía Nacional nunca procedió contra el atacante. Lo peor de estos hechos son sus consecuencias, porque esa juventud con los años va adaptándose a que lo ilegal -que desconocen o no entienden- sea un asunto “normal”, porque nunca se les ha inculcado el respeto a lo legal.

Los estadísticos de la Policía Nacional aseguran que Nicaragua es el país más seguro de Centroamérica; algo que, creo yo, es incorrecto porque proporcionalmente tenemos menor volumen de ciudadanos, lo cual redunda en tener menos delitos. La Policía no logra sostener una imagen cristalina pues cuando resuelve un cuantioso robo, lo cual está bien, cae en el desbarro con cualquier arbitrariedad o irrespeto a la Constitución, como la presencia de la Primera Comisionada de facto más allá del período que le ordena la Constitución.

Ahora, los usurpadores del legítimo Partido Liberal Independiente, están proponiéndole a la dictadura “un diálogo nacional”. Se supone que quien llega a dialogar con un adversario tiene una relativa proporcionalidad para que le asista en su fuerza negociadora. Pero si la dictadura actualmente es quien controla el país y rebasa en número a los diputados de “la oposición”, ¿qué sentido tiene para quien es débil políticamente pedir reformas? ¿Cómo se atreve, quien ha dividido tres veces al liberalismo y es culpable de tres derrotas electorales, ir a un diálogo nacional tras el desastre electoral del que es parcialmente culpable?

De ahí que poco a poco lo ilegal va siendo cada día normal. Y otra vez retrocediendo asistimos al sempiterno e histórico zancudismo. En su Autobiografía, el general Emiliano Chamorro Vargas lamenta haber firmado el Pacto de los Generales con Somoza García, porque este nunca cumpliría su contenido. Entonces, ¿qué de raro tiene -como dice don Vicente Fernández- que nuevamente ocurra lo mismo y que todo lo ilegal siga siendo normal?

* Periodista, abogado y notario