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Aprovechando el emblemático ocho de marzo, el célebre Día Internacional de la Mujer, los subyugados diputados del FSLN -y los retira-salarios miembros de la triste “oposición parlamentaria”- aprobaron por unanimidad de votos la Ley conocida popularmente como Ley 50/50 o Ley No. 786 que reforma y adiciona la Ley de Municipios.

Esta Ley que fue enviada con trámite de urgencia por el dictador, no viene a hacer otra cosa más que refrendar –a darle forma legal- a aquel acuerdo secreto que suscribió Daniel Ortega con Rosario Murillo en 1998, cuando su hijastra, Zoila América Narváez, acusó al hoy dictador por el delito de violación sexual en los tribunales de justicia nicaragüenses.

Ese pacto, del que nadie conoce mayores detalles más que el apoyo “moral” brindado por la expoeta a Ortega, dejó en  evidencia el mezquino e inescrupuloso carácter de la “compañera Rosario”, y de todo lo que puede ser capaz con el fin de cumplir con sus objetivos. La “compañera Rosario” encontró en esa debilidad de Ortega un atractivo escenario que aprovechó con excepcional sagacidad.

La “compañera Rosario” ha sufrido una especie de metamorfosis, como la que viven los insectos; claro está, con ciertas variaciones, es decir, una especie de holometabolismo inverso. Dejó de ser la poeta romántica e idealista de los años 80 para transformarse en uno de los seres más repudiados del país. Si no pregúntenle a los excompañeros Elías Chévez, Edgardo Cuarezma, Lenín Cerna o Manuel Calderón, contra los que dirigió sin misericordia alguna.

La “compañera Rosario” no confía en ninguno de los cuadros políticos o militares históricos –de los pocos que quedan en el FSLN- que rodean al dictador Ortega; llámense René Núñez, Bayardo Arce o Tomás Borge, por mencionar algunos de los más connotados, porque le hacen sombra. Ellos, por su lado, la consideran una advenediza dentro de las filas de ese partido político que hoy está (des)gobernando Nicaragua. Por tanto, la “compañera Rosario” necesitaba de una Ley que le diera respaldo jurídico al bando que lidera. A su bando fiel e inquebrantable.

Usó con mucho atino el arte de aplicar los fundamentos propagandísticos de la escuela gobbeliana para atraer a un sector muy sensible del ámbito nacional; aprovechando terminologías grandilocuentes como “restitución de derechos”, “mujeres se encuentran en situación de desigualdad”, “implementación de prácticas de género en políticas públicas”, “avanzar hacia la profundización de la equidad de género”, para atraer a más adeptas incondicionales, con el único objetivo de afianzar más su poder a través de la organización piramidal de la dictadura conocida también como consejos y gabinetes del poder ciudadano.

Estos consejos o gabinetes no son otra cosa más que los extendidos tentáculos del poder con los que cuenta el lado femenino de la tiranía, entiéndase la “compañera Rosario”. Dichas organizaciones, que existen de cuadra en cuadra, de barrio en barrio, de comarca en comarca, de municipio en municipio, de departamento en departamento, sirven para analizar, procesar y tomar dediciones contra las actuaciones y formas de pensar de los ciudadanos opositores al régimen.

En esta segunda etapa del gobierno de Ortega, que se conoce como la consolidación de la dictadura, la “compañera Rosario” está usando a la mujer, no como el ser maternal, bello e inteligente que es, sino como un simple y llano instrumento estratégico para allanar más el camino en el afianzamiento de sus predecibles planes, apartando a su esposo para quedar ella con absoluto poder.

No hay que extrañarnos, así lo hizo Elena, la esposa del dictador rumano Nicolae Ceauşescu; pareja de tiranos que terminaron siendo ejecutados cuando aquel pueblo heroico se sublevó. No estoy seguro si la “compañera Rosario” y el “comandante Daniel” correrán con igual suerte, pero sí, no me cabe la menor duda que esta Ley le viene a garantizar más poder a una mujer que fue capaz de negociar la dignidad de su hija a cambio de cuotas de poder.

Por lo demás, enunciar en una Ley el término de “restitución de derechos” cuando la “compañera Rosario” hasta el día de hoy no ha podido (o querido) restituir el derecho que alguna vez Zoila América reclamó, resulta, en todo caso, algo vacío: palabras que se las lleva el viento.

* El autor es abogado

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