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Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo. Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.
“Diálogo sobre un diálogo”

Jorge Luis Borges

Un grupo de hombres cabizbajos se entienden entre sí porque no tienen nada que decirse. No poseen ideología alguna, no conocen ni pensamiento filosófico ni teoría política que pueda obligarles a buscar una práctica coherente. Se ven constreñidos a aprobar la agenda parlamentaria que promueven sus adversarios políticos en el poder, y votan como ellos para no provocar reacciones insospechadas, y que no les envíen en contra la inundación, las langostas, los piojos, las ranas y la sangre, signos inteligibles para los altivos, según advierte el Corán.

Nunca pensaron servir a una causa colectiva o luchar por un ideal. Se formaron ajenos al concepto de Nación. No fueron hoplitas educados por el agogé, sino varones ilustres, ávidos de vivir en la hacienda pública, como abejas que frotan sus antenas en la miel.

Tienen aspiraciones personales. Es decir, aspiraciones legítimas, ya que su linaje es conocido en los cielos y las tierras.

Pasan observándose entre sí por meses, sin que ninguno rompa el silencio con que han acogido el descontento de su apariencia actual, por haber intentado tomar los cielos y las tierras. La gente llega a observar cómo han terminado. Sin idea alguna, son opositores al gobierno. Nacieron para gobernar, y les confunde que los hayan puesto en la oposición. Debe haber un error, una injusticia que alguien debe reparar.

Saben que uno a uno buscará cómo irse al bando contrario. Así escaparán de su condición actual. Bajarán aún más las voces y no se oirá más que un susurro de pasos. Sus almas sueñan con estar a orillas del poder. No saben hacer otra cosa. Deben darse prisa. Les ha venido la idea de cruzarse juntos, así nadie pensará que ha habido un traidor.

Aunque se sumen a sus adversarios, pueden mantenerse como opositores. Es un juego de ilusiones que podría servir para tener algo que ofrecer: una oposición fiel. Aunque la vara de Moisés engulliría sus mentiras. ¡Quién dirigirá la astucia de los traidores!

La ilusión de besar la resaca del poder les ha sacado del silencio, ya no padecerán sed ni hambre ni fatiga. Realizarán una ceremonia, una iniciación oculta para pasarse de bando sin que nadie note la brutalidad del cambio.

Podrían hacer un pacto, pero esa palabra tiene connotación de apostasía. Se podría llamar al diálogo. Es la forma civilizada de resolver conflictos. Habrá que entusiasmar a algún sector. Que apoye el diálogo la empresa privada, la Iglesia, algún medio de comunicación… ¡Basta!: el pueblo lo pide (ellos siempre han hablado por el pueblo).

Pero, el adversario no quiere, no necesita dialogar. El adversario no dialoga, compra conciencias como chatarra rota. De aquellos cuyo carácter se agrieta y vierte por las fisuras la autoestima. Por lo general, espera que el futuro sirviente se ofrezca gratuitamente y diga: “¡Gloria a Ti! Me arrepiento y soy el primero de los que creen”. Luego, conforme a sus méritos de servicio si obra bien tendrá su recompensa junto a su señor.

Estos no podrán dialogar sin estorbo hasta que un enviado les recite las hojas purificadoras, entonces se dividirán. Ya ha llegado el día en que no hay comercio ni amistad.

Han redactado un texto en que enseñan cómo gobernar. Es su especialidad. ¡Oh pretensión vana! ¡Vuestra insolencia se volverá contra vosotros! Si los hombres y los genios se unieran para producir un consejo a vuestro futuro señor no lo conseguirán. Quizás, para superar el estorbo del diálogo platónico, sin interlocutor ni fecha, deberían suicidarse como propone Borges.

No están listos para servir y para estar agradecidos. Cada uno, en armonía con su degradación personal, deberá dar el paso. Sus nombres ya han sido ordenados en la secuencia con que van a traicionar. Cada deserción cobarde está predestinada por el que espera.

Él también, con su secuela de sirvientes, anhela un diálogo con su propio señor. Y ha redactado el texto para que se le permita gobernar.

Tampoco él conoce ni pensamiento filosófico ni teoría política para actuar con coherencia. Pero, se ofrece gratuitamente a su señor y exclama con lucidez servil: “¡Gloria a Ti! Me arrepiento y soy el primero de los que creen”. En su propio diálogo platónico espera que un organismo financiero le recite las hojas purificadoras, y que no envíen contra él la inundación, las langostas, los piojos, las ranas y la sangre.

*Ingeniero eléctrico