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Enfrentar el narcotráfico nos lleva a descubrir cómo sus intereses se desarrollan en un caldo de cultivo propicio, generado por la dinámica del tipo de sociedad que estamos construyendo.

A la pregunta: ¿se debe despenalizar el narcotráfico? No se puede responder categóricamente ni afirmativa ni negativamente. Lo que prevalece es hallarle una salida al factor objetivo que alimenta el narcotráfico.

Despenalizar el narcotráfico no es tan simple como “quitar el agua al pez”. Con frases semejantes los generales norteamericanos se ocultaban a sí mismos su derrota en Vietnam. El narcotráfico sería, más bien, una bacteria que entra en la sangre de la sociedad, y que se nutre de sus células conforme a la propia fisiología del mercado.

Las guerras y la inseguridad ciudadana son compatibles con esta sociedad, como a menudo resulta coherente la corrupción y el absolutismo, o la contaminación y el cambio climático. Son problemas que no deben aislarse del análisis de la sociedad que los hace posibles.

Si cambiamos la pregunta e indagamos ¿si es posible combatir, neutralizar, reducir o superar el narcotráfico en Centroamérica despenalizándolo? Podríamos responder que sí, pero con una serie de precondiciones y prevenciones sociales y políticas.
No nos sirve ver este problema desde una óptica puramente moral o emocional. Entonces, se abre campo a la demagogia. Daniel

Ortega dice con ramplonería: “que despenalizar el narcotráfico significa reconocer que estamos derrotados. Que el Ejército y la Policía en Nicaragua están dando la pelea”. Y exclama dramáticamente: “¡Cómo vamos a despenalizar un crimen!”.

Él ve sus decisiones como simples órdenes o decretos que satisfacen a los Estados Unidos. En Centroamérica hay 20,125 muertes al año, producto de la narcoactividad: 44 muertes anuales cada 100 mil habitantes. La de México, que incrementa sus muertos cada año, es de 13. La media mundial es de 8.8. Aparte de los muertos, a Centroamérica le cuesta combatir la droga 1,300 millones de dólares al año. Sin embargo, no debemos confundir los efectos, con la esencia de la crisis.

Otto Pérez Molina, actual presidente de Guatemala, que carga la acusación de participar en el asesinato del obispo Gerardi, y de actuar en campos de tortura durante el conflicto bélico, en 1982, en la provincia del Quiché, propuso despenalizar el narcotráfico en Centroamérica. Con independencia de su currículo, su propuesta es inteligente y, contrario a lo usual, intenta frenar la militarización de la región en contra de la estrategia norteamericana.

La violencia creciente entre los cárteles de la droga, en México y Centroamérica, es promovida por la estrategia norteamericana ya que produce una relativa escasez de cocaína (que reaviva la guerra, en un ciclo de realimentación exponencial de la violencia), sube, así, los precios y baja la calidad del producto, lo que hasta cierto punto reduce la adicción en Norteamérica (que, a su vez, reaviva nuevamente la guerra al contraerse el mercado). Las cifras indican que, efectivamente, el consumo de cocaína se reduce lentamente en Estados Unidos en los últimos años.

Norteamérica usa medios satelitales y aviones de combate para que el tráfico de droga abandone el océano Pacífico y transite por Centroamérica. Aunque fomente así la formación de mayores células de narcotraficantes en la región.

El comercio de drogas representa el 1% del PIB mundial. Equivale al presupuesto militar de los Estados Unidos (que representa el 42.8% del gasto militar mundial). El precio de la cocaína en Colombia es de dos mil dólares por kilogramo. Gracias a la violencia, al llegar a México su precio sube a 12 mil y una vez en Estados Unidos el costo alcanza los 97 mil dólares. Las 640 toneladas métricas de cocaína que pasan por la región, rumbo a Estados Unidos deja anualmente en Centroamérica en costos de transporte y regalías 6.4 miles de millones de dólares. La mayor parte de este dinero queda en la red de los jefes de los cárteles y en los intermediarios financieros que ayudan a lavar el dinero.

Despenalizar el tránsito de la droga reduciría el reclutamiento de jóvenes, bajaría el presupuesto para comprar conciencias, desarticularía la peligrosidad del crimen organizado. Pero, incrementaría el expendio y el consumo en la región si no se invierte en prevención ni se revierte la degradación social, ni se atacan las desigualdades reales, ni se elimina la demagogia gubernamental.

La corrupción, la demagogia y el absolutismo en el poder conducen, no solo a enquistar el narcotráfico en el tejido social, sino a una guerra civil con decenas de miles de muertos.

*Sociólogo