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Desde el 2009 los medios económicos y financieros han venido utilizando la expresión “guerra de divisas”, que técnicamente se conoce como devaluación competitiva. Esta es una situación en que dos o más países compiten ajustando artificialmente el tipo de cambio de sus monedas para volver más competitivas sus exportaciones y así proteger la industria local y reducir el déficit comercial de la balanza de pagos.

El antecedente más conspicuo es la guerra de divisas que tuvo lugar en los años 30, acompañada de medidas proteccionistas. En esa ocasión, la guerra comercial se inició con la implementación desde Estados Unidos del arancel Smoot-Hawley.

Dicha medida fue respondida por Gran Bretaña con la Ley de Derechos de Importación, seguida de medidas proteccionistas en otros países que impidieron el libre comercio (el cual sería garantizado supuestamente por el Patrón Oro). La situación eventualmente desembocó en una depresión económica mundial.

Para entender mejor la actual guerra de divisas, conviene aclarar los siguientes conceptos:

Una divisa es la moneda de otro país, siempre que sea libremente convertible en otras monedas en el mercado cambiario internacional. Las divisas de las economías más fuertes: el dólar, el euro, la libra esterlina, el yen, el franco suizo y otras, son consideradas como monedas de reserva en las que los bancos centrales y otros agentes pueden mantener sus reservas internacionales.

Muchos consideran que la moneda oficial de la República Popular China, el renminbi, RMB, más conocida por su unidad básica, el yuan, podría convertirse en una de las divisas internacionales más fuertes, cuando China se convierta en una potencia económica. El tipo de cambio del yuan es establecido por el Gobierno chino y no por el mercado de divisas.

El tipo de cambio es el precio relativo de una moneda con respecto a otra. Cuando se trata de un régimen con tipo de cambio flexible o de libre flotación, el tipo de cambio es resultado de la oferta y demanda en el mercado de divisas. Cuando el régimen es de tipo de cambio fijo, el Banco Central establece el valor de la moneda nacional e interviene en el mercado cambiario para mantenerlo.

Bajo el régimen fijo la moneda se revalúa o se devalúa. Bajo el régimen flexible la moneda se aprecia o se deprecia. Cuando hay apreciación o revaluación las exportaciones se vuelven menos competitivas. Lo contrario ocurre cuando la moneda se deprecia o se devalúa.

La actual guerra de divisas se inició después de la crisis financiera surgida a finales de 2008, continuó en el 2009 y alcanzó su punto álgido en 2010. A finales de ese año estaban involucradas cuatro monedas: el dólar, el yuan, el euro y el yen. Algunos analistas opinan que la guerra de divisas continuó en el 2011 y creó problemas de apreciación de las monedas de las economías emergentes, como China y Brasil, entre otros que aún subsisten

En el 2010, Estados Unidos y China se acusaron mutuamente de manipular sus monedas para alcanzar ventajas competitivas comerciales y proteger a sus exportadores. El primero, manteniendo bajas las tasas de interés y efectuando emisiones masivas de dólares. El segundo, mediante intervención gubernamental directa para frenar la apreciación del yuan.

El problema fue debatido en la Cumbre del G-20 (Seúl, Corea, noviembre 2010). En el Plan de Acción de Seúl, el G-20 declaró que se moverá hacia un sistema de tasas de cambio más determinadas por el mercado y que sus países se abstendrán de devaluaciones competitivas de sus monedas.

Además, el G-20 señaló la necesidad de evitar cualquier proteccionismo y avanzar hacia la meta de liberalización del comercio mundial fijada en la Ronda de Doha (2001).

No obstante, ciertos analistas percibieron la Declaración del G-20 como una simple aceptación de la necesidad de evitar la devaluación competitiva de las divisas, debido a que no establecía ningún tipo de condiciones o criterios para conseguirlo.

Incluso, hubo comentaristas que indicaron negativamente que la imposibilidad del G-20 de llegar a un acuerdo sobre los tipos de cambio y el manejo de las reservas, nos coloca en la antesala a la situación de la década de los años 30.

Nosotros preferimos una actitud más positiva, y por ello suscribimos la Declaración del presidente Barack Obama en la Cumbre de Seúl: “que ningún país puede alcanzar el objetivo común de una recuperación fuerte, sostenible y equilibrada por sí solo”. Y es por esta razón que creemos que el G-20 encontrará pronto una solución de consenso al problema.

*Consultor empresarial. ExGerente del Área Internacional del Banco Central de Nicaragua