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En un artículo de opinión titulado “Diferencias, sí, división no”, en la edición de EL NUEVO DIARIO del 26 de marzo, el señor Edmundo Jarquín escribe:

“En otras ocasiones hemos señalado que la esencia de la democracia es la tolerancia frente a las discrepancias”.

Esta sentencia es también falsa como en otras ocasiones. Por dos motivos. Primero, porque hay que evaluar el carácter y la trascendencia de la discrepancia. Si nos lleva a líneas políticas opuestas, a acciones divergentes, esta discrepancia se convierte en una contradicción, en un enfrentamiento político. Por ejemplo, buena parte de la oposición a Somoza, aún la conservadora, se separó de

Agüero cuando este pactó con Somoza. He allí una diferencia sobre la línea política que lleva a una separación definitiva.

En segundo lugar, la afirmación de Jarquín también es falsa porque la discrepancia es admisible mientras no se haya votado una resolución. Si la discrepancia persiste después de la votación, hay indisciplina organizativa, es decir, ya hay división.
Jarquín continúa en dicho artículo con frases sin sentido, para un político:

“La prueba superior del espíritu democrático es la capacidad de alcanzar acuerdos a pesar de esas discrepancias y diferencias”.

¡Eso de prueba superior es una frase propia de la demagogia! Si la discrepancia no afecta un principio político de la organización, el resto de puntos en acuerdo pueden permitir que sobreviva la unidad. Pero, Jarquín no aborda los principios de la alianza, ni el método del centralismo, de modo que escribe frases sin sentido, sobre “pruebas superiores de la democracia”, en abstracto.

Luego, afirma:
“Los totalitarios piensan que la menor discrepancia, por ligera que sea, es intolerable y que hay divisiones insuperables”.

Es de baja calaña polemizar, con demagogia, sin que venga a cuento, con los totalitarios. Las divisiones en una organización se analizan de manera concreta, sin recurrir a una fácil victoria contra el totalitarismo.

Es decir: ir o no ir a un diálogo con el gobierno de Ortega, para darle credibilidad al próximo proceso electoral, ¿es una disyuntiva menor dentro de una alianza o es una discrepancia insuperable? He allí el dilema. ¿Cómo se hace la valoración correcta?

Jarquín debió explicar por qué, solicitar un diálogo en estas circunstancias, no es una discrepancia insuperable, y por qué se fortalece con ello a la oposición.

El diálogo podría fortalecer la credibilidad en el gobierno ilegítimo de Ortega. Y, entonces, la oposición estaría cooperando con el gobierno, pues haría creer que el problema de gobernabilidad se resuelve colocando a algunas personalidades de la “sociedad civil” en las instituciones del Estado (que no se pueden nombrar desde la Asamblea Nacional, por la desafortunada correlación de fuerzas). Con el diálogo se crea la ilusión que se iguala la correlación de fuerzas, y que de por sí esa es una conquista inmensa.

Pudiese ser que el rol de una verdadera oposición sea, por el contrario, incrementar en la población la necesidad de resistir a un gobierno ilegítimo. Esta diferencia sería entonces trascendental, como para destruir una alianza en un tema central como es la acción política frente al gobierno. El diálogo es una forma de acordar la paz cuando los adversarios tienen fuerzas semejantes. De lo contrario, es una forma de acordar la rendición.

En lugar de plantear de esta forma clara el problema, Jarquín afirma:
“La gestión no democrática de las diferencias arriesga que las mismas se conviertan en división, y cuestiona seriamente la calidad del liderazgo de quien así actúa”.

¿Qué tiene que ver la calidad del liderazgo con la adopción de la línea política de una alianza? Este concepto –del caudillismo- se reafirma cuando Jarquín sostiene:

“Fabio Gadea y yo hemos sido categóricos sobre el tema: respeto a las diferencias de opinión, sí, división de la oposición, no”.

¿Qué tiene que ver que ambos sean categóricos sobre si debe haber división o no en la alianza opositora? Corresponde a una cultura de caudillos de provincia expresar, como argumento político de unidad, que hay dos personajes que se oponen categóricamente a la división.

La forma de valorar si una diferencia, en este caso, es insuperable, radica en comprobar si la línea política del diálogo surge de una concepción ideológica totalmente contrapuesta a la concepción ideológica que se opone al mismo.

Una discrepancia insuperable es común en una alianza puramente electoral, que no tiene un análisis compartido de la realidad política, ni del cambio social que se proponen, ni del método con que se deben realizar dichos cambios.

* Periodista