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Todos los años durante las efemérides darianas, proliferan en los diarios artículos cuyos autores parecieran no pensar lo que dicen sin temor al antiguo legislador que llaman vulgo. Exhibiendo una pasión muy apasionada y craso desconocimiento, dicen cosas reñidas con la verdad. No los culpo, también yo pase por esa etapa, superada mediante exhaustivo estudio de la obra del poeta.

Este año dice uno de ellos: “Creo que Darío debió haber preferido haber nacido en París, en Madrid o Alemania, quizás otro destino le hubiera sonreído, talvez si hubiera sido europeo no hubiera sufrido tantas humillaciones, y el mundo lo hubiera reivindicado junto a Víctor Hugo y Paul Verlaine, que percibieron en él un genio que los eclipsaba en el universo de las letras”.

¡Cuánta desorbitada pasión para un pequeño párrafo! Darío le dio su espalda al destino que le sonrió y no sufrió más males de los que él mismo se propició. El nayarita Amado Nervo tiene razón al afirmar que cada quien es arquitecto de su propio destino. En cuanto a lo otro, ni Neruda nació en Santiago, ni Vallejo en Lima, ni Miguelito Hernández, el humilde pastor de ovejas de Orihuela, en Madrid.

José Enrique Rodo al hablar de Ambato, lugar de nacimiento de Juan Montalvo, el de las pepitas de oro en prosa, nos dice: “Habíale señalado el destino para cuna de uno de esos hombres que  ennoblecen el oscuro y apartado lugar donde vinieron al mundo”. Igual caso es el de Leonardo da Vinci que inmortalizó el humilde villorrio florentino de su nacimiento a la orilla del río Arno. El escritor pareciera ignorar que según Cervantes, “los montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos”.

Víctor Hugo jamás supo quién fue Darío y, cuando Darío quiso hablar con Verlaine, este estaba enbaquecido balbuceando incoherencias alcohólicas. Rubén más bien se valió del romanticismo huguesco para algunos de sus trabajos, lo admiró tanto que llegó a calificarlo de dios, “el dios Hugo” de Verlaine dice: “Aprendí el son de la siranga de Verlaine y el de sus clavicordios pompadour”. El genio crea, no imita. Genios fueron homero, Da Vinci, Miguel Ángel, Cervantes. “Soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que se me decir sin ellos”, apunta Cervantes.

Darío fue ecléctico. En su artículo “Los colores del estandarte” (tomo IV, págs. 872/882, obras completas, Afrodísio Aguado) confiesa: “En Europa conocí a algunos de los llamados decadentes, elegí a los que me gustaron para mi alambique”. “Catulle Méndez fue mi verdadero iniciador”. “Paul Groussac con sus críticas teatrales del diario La Nación, fue quien me enseñó a escribir mal o bien, como modesto y respetuoso”. “A cada cual le aprendía lo que cuadraba a mi sed de  novedad y a mi delirio de arte los elementos que constituirían después de un medio de manifestación individual”, y termina contradictorio: “y el caso es que resulte original”. Original, dice el Larousse: “que pertenece a él, propio, único. Escritor original, que produce sus obras con espontaneidad”.

En las palabras liminares de Prosas Profanas, dice Darío: “Yo no tengo literatura mía para marcar el rumbo de los demás: mi literatura es mía en mí; quien siga servilmente mis huellas perderá su tesoro personal y, paje o esclavo, no podrá ocultar sello o librea.

Wagner, a Augusta Holmes, su discípula, dijo un día: lo primero no imitar a nadie y sobre todo a mí”. !Gran decir!”. Extraño consejo en labios de quien confiesa haber seguido los pasos de tantos escritores, llegando hasta decir: “el mejicano Díaz Mirón, a quien imitara en ciertos versos agregados en ediciones posteriores de Azul”.

En Historia de mis libros al hablar de Azul y Prosas Profanas, Darío es prolijo en confesar haberse valido de todas las escuelas literarias vigentes. “Seguir una escuela –dice José Ingenieros– es la manera infalible de no tener estilo personal”.

“Los darianos –afirma el argentino Raúl González Tuñón en su obra “la literatura resplandeciente”– han hecho mucho daño a Darío.
Por aclaración: genio, persona que tiene habilidad extraordinaria para realizar algo, que tiene capacidad, creatividad. Ser sobre- natural. Autosuficiente.

* Escritor autodidacta