•   Managua, Nicaragua  |
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Llega todos los años y no lo puedo evitar. Como los viejos amigos o los hábitos inconscientes. Y juro que esté donde esté, al lado del mar, en la ciudad o en el monte, en un pueblo o en una ciudad de un país musulmán, cristiano o no creyente, juro que se aparece en su forma de alegría y de misterio.

Es mi padre tomándome de la mano a los siete años y diciéndome: “Mira”. Es la imagen atormentada de un Cristo de rodillas frente a un ángel que le muestra un cáliz, y es la luz, el humo de las velas, el olor a incienso, siempre el olor… El boato de los sacerdotes ornamentados para la procesión, la solemnidad y al mismo tiempo la recreación barroca del dolor, convertido en una especie de alegría. El relato contado a dos, tres voces de toda la Pasión en la liturgia…Y al final la magia.

Esté donde esté, digo, viva donde viva, siempre acude a mí el Domingo de Ramos. Crea o no crea en Dios, siempre viene su magia. Es imposible ser inmune a ese relato, “la historia más grande jamás contada”. Ese ensamblaje de libros que constituye lo que hoy conocemos como “Biblia”, y dispuesta por hombres que tomaron unos y desecharon otros, no solo se compuso según “inspiración divina”, como sostienen quienes así lo creen y quienes así organizaron la Biblia, sino también con un gusto literario indudable. Porque al final, como en las buenas historias, cuando todo parece perdido, surge la magia.

Un hombre muerto entra en un sepulcro que después se sella con una gran piedra. A  los tres días, el sepulcro amanece con la piedra corrida, y sin el cuerpo. El hombre ha vuelto de la muerte, y tras una breve estancia, asciende a los cielos. Es la última prueba tangible para los que le acompañan de que se trataba del hijo de Dios. La historia toca de raíz el miedo más grande del ser humano: el del dolor y la muerte. Y allí, mediante el relato de las hazañas y enseñanzas de un Nazareno, que se proclama hijo de Dios, le da un nuevo sentido, rodeado de amor, al dolor y a la muerte. Y para que no quepa duda, termina reivindicándose la supremacía de la vida, que es al final lo que más se ama. Es imposible que un niño que escuche esta historia no acabe creyendo en ella, y no porque tema mucho el dolor y la muerte, sino porque lo que más le fascina es el poder de la magia, porque cree en la magia por encima de todo, en la que hace posible lo imposible. Y el adulto, que ya no cree en la magia, se reserva esta, y quiere creer en ella o resistirse a ella, cuando apenas le encuentra sentido al dolor y a la muerte. Sea como sea, nadie queda inmune, como nadie es inmune a las grandes historias que tocan de raíz el corazón de nuestras tinieblas.

Esté donde esté, viene a mí cada año. He pasado mucho tiempo tratando de racionalizar la forma en cómo se transmite la religión y se impregna en la cultura y hasta en sistemas educativos de países enteros, cuando la región es una aspecto de la dimensión espiritual prácticamente ingobernable, y perteneciente a un área muy íntima del individuo. Pero al final, la magia vuelve con los olores, con los recuerdos, con la voz y la mano de mi padre diciendo “mira” y con aquel Cristo que, a su vez, miraba al cáliz del ángel, con el terror de cualquier persona a la que se le anuncia el dolor.

Lo demás, para un niño, y todavía, creo que sobra: las discusiones teológicas, las opciones de las diferentes iglesias, la apertura ecuménica, o la cerrazón de los que se creen elegidos, la radicalidad de los símbolos, el imaginario de cada secta o grupo, los votos de fidelidad a los líderes de ciertas iglesias equiparados a los votos de fe, los dogmas, las obligaciones rituales, las tergiversaciones, la exégesis parcializada, la interpretación literal autómata, la socialización o la politización de las doctrinas, la aplicación conservadora de los credos, o la aplicación progresista… Todo eso no hace más que tratar de complicar las cosas, como si el relato, la gran historia no nos hubiera cautivado ya lo suficiente. Y a mí se me parece a esa obsesión que me dio de adulto en descubrir los trucos cuando presencio un juego de magia. Me parece que, de chico, era mejor, porque entonces solo se trataba de si me lo creía o no. Solo eso. Era mi elección, porque también intuía que los buenos magos nunca revelan sus trucos. Las grandes historias pueden analizarse hasta un punto, pero su magia pervive sin descubrirse.

Esté donde esté, dude o no crea, me vaya lejos, o vuelva cera, la magia de Dios me sigue llegando en olor de cera o incienso, impregnado en mi memoria, en lo soy, junto a esa voz que todavía sigue diciéndome: “¡Mira!”

Escritor.
sanchomas@gmail.com