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De acuerdo con Erick Gould, el mito se expresa como narrativa de significación arquetípica y desdoblamiento del entendimiento que nos convence con su propia lógica. La miticidad de Sandino —intrínseca al discurso antimperialista de entonces— articula la primera novela sobre su gesta. ¡A sangre y fuego! (1935) es su título y tiene de autor al panameño Alfredo Cantón (1910-1967), egresado de maestro y bachiller del Instituto Pedagógico de Managua.

Amplia en sus dimensiones temporal y espacial, la obra se editó en Costa Rica. Inútilmente muy extensa, consta de quinientas páginas y se remonta a una invocación del cacique Chocoltega, gran sacerdote del dios Tamagastad, quien muestra visionariamente a su hijo Netzhuatl, “la tierra que poseyeron nuestros padres, paraíso sin par que yace bajo el fondo de los mares”: la Atlántida. Cantón prosigue describiendo la muerte de Tecún Umán, y la de su yerno, el cacique Nicarao. En seguida, trasladándose de la conquista española a los primeros años del siglo XX, presenta a un negociador misterioso —anciano de unos 75 años— en la Secretaría de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos durante la presidencia de Teodoro Roosevelt, John Francis Walker, sobrino de William Walker, es su nombre.

El mismo personaje entrega al Secretario de estado un sobre lacrado que contiene un manuscrito. Quien lo redacta es el mismo John Francis Walker. El texto narra la expedición filibustera de su tío a Nicaragua y recrea la batalla de San Jacinto: insignificante en sí, mas no en sus resultados porque siendo la primera derrota que sufríamos hizo ver a los nativos que no éramos invencibles como ellos creían. También en el manuscrito se recrea el trágico fin de Byron Cole, aventurero buscador de oro.

Y es que el inmenso tesoro aurífero, oculto en la montaña sagrada del Musún, constituye el meollo de la trama. El protagonista, Emilio Martínez —huérfano adoptado por un cafetalero de las Sierras de Managua— es el heredero de ese tesoro y el escogido para cumplir una misión suprema. Pero Emilio, último descendiente del cacique Nicarao, olvida su misión, optando por los placeres carnales en El Salvador y Guatemala. En consecuencia, Netzahuatl —sumo sacerdote atlántido que insurge de las entrañas del Musún— traspasa a Augusto C. Sandino “el Fuego sagrado, símbolo del Sagrado Amor a la Patria”.

El encuentro entre Emilio y Sandino es memorable y, bien construido, el inicio de la resistencia sandinista a las fuerzas interventoras.

Emilio extrae parte del oro del Musún y lo entrega al Ejército Libertador. Sandino, en su viaje a México —donde se entrevista, secretamente, con delegados oficiales del Japón y firma con ellos una alianza—, vende el oro por setenta cinco mil dólares y adquiere abundante armamento de muy buena calidad. Por su lado, Emilio es nombrado Séptimo Capitán de la Columna Fatídica, la más terrible y temible de las fuerzas sandinistas: una espada de Damocles colocada sobre la cabeza de cada marino americano apenas pisa las Segovias. Sin  embargo, muere a causa de una celada tendida por una mujer que un gringo, Mister E. Brown, logra introducir entre sus filas.

Brown es el personaje más logrado de la novela de Cantón. Casi omnipresente, se desempeña como espía del gobierno de los Estados Unidos, caracterizado por su energía indomable. De hecho, el autor lo involucra en todos los acontecimientos políticos del país.

Largas peroratas —a veces grandilocuentes— y digresiones excesivas tornan pesada la lectura, no obstante el permanente buen uso de los diálogos. Con todo, Sandino es retratado con precisión (de color trigueño, mediana estatura aunque bien proporcionado, en la mirada tenía esa fuerza dominadora del genio), lo mismo que Pedro Altamirano (un hombre en quien se hayan reunidas la ferocidad del tigre y la fidelidad del perro); y se incorpora, fielmente, el ardor bélico del Ejército Libertador (como en la batalla de Jinotega, trasunto de Ocotal, el 16 de julio de 1927).

El origen y las acciones de la Columna Fatídica del Ejército Libertador se destacan por su dramatismo, sobre todo las de su Séptimo y Octavo Capitán, respectivamente: Emilio Martínez y la Pantera, quien al fallecer en combate se descubre que era mujer y amaba a Emilio en silencio. Luego, Alfonso Enríquez, nombrado Noveno Capitán de la Columna Fatídica, sorprende a Míster Brown reunido con Somoza en una quinta fuera de Managua —ya consumado el magnicidio de Sandino— y lo mata. Pero también, abatido por unos guardias, muere.

En algunos de sus episodios, ¡A sangre y fuego! evoca otros de la Ilíada (Sandino llora la muerte de Emilio como Aquiles la de Patroclo); de ahí que se le haya considerado “un intento fallido de escribir una epopeya nacional”.

* Escritor e historiador