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Con motivo de la inédita candidatura del colombiano José Antonio Ocampo a la presidencia del Banco Mundial, que siempre ha sido ostentada por un estadounidense, la actual Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas, CEPAL, ponderando las cualidades de Ocampo como uno de los más reconocidos expertos latinoamericanos en el desarrollo de los países, escribió:

“En estas latitudes (América Latina) sabemos bien que crecimiento no es sinónimo de desarrollo y que el ingreso de las personas en el largo plazo está garantizado por las oportunidades de trabajo no por el asistencialismo”.

Aunque no sea el caso, los nicaragüenses bien podríamos pensar que lo anterior fue escrito pensando en un país como Nicaragua.

En efecto, en los últimos días hemos visto una no poco sutil campaña ponderando los éxitos macroeconómicos del Gobierno de Nicaragua. Cifras récord de exportación (aunque muy influenciadas por el efecto de los altos precios que no dependen de nosotros) y de inversión extranjera, entre otras.

Igualmente, el crecimiento económico del 4.7% de 2011, que ayudó a levantar ligeramente el mediocre promedio de los últimos cinco años, bastante más bajo que el de los gobiernos precedentes. No extraña, entonces, que se han levantado voces señalando el muy pobre desempeño de nuestra economía en generación de empleos, especialmente empleos de mayor productividad y salario.
Es preciso hacer notar lo anterior por al menos dos razones. Sin que obedezca a ninguna campaña, como la obviamente organizada por el gobierno a propósito de sus éxitos macroeconómicos, las noticias han dado cuenta de un creciente perfil de conflictividad social y de problemáticas manifestaciones de ineficiencia gubernamental.

Una huelga por allá, otra por acá; un tranque de protesta en otro lado; enfrentamientos entre trabajadores de dos plantas de zona franca en Carazo; vuelta de apagones; miles de asegurados desprotegidos por el abrupto cierre de una empresa previsional; una protesta de moto taxis; descontrol en el precio del transporte y otras alzas de precios desmesuradas; violencia estudiantil; colas de vecinos buscando agua, y así, y así.

La línea comunicacional del gobierno --cuyo eje, “Vamos por más victorias” puede resultar burlesco a los que buscando empleo no lo encuentran-- también enfrenta otro límite: los efectos temporales del asistencialismo. Quien recibió unas láminas de zinc para la campaña electoral, pero seis meses después sigue desempleado o subempleado, siente que no logra enfrentar el incremento en el costo de la vida, posiblemente sea portador de un malestar más permanente que el temporal beneficio de una dádiva.

Es que el desarrollo significa empleos, y buenos, que dignifican, y no limosnas que humillan.