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“Mientras la religión le ofrezca al hombre la certeza de su inmortalidad, esta jamás desaparecerá”.
Agnes Heller

El politeísmo practicado por nuestros antepasados, al rendir culto a diferentes dioses, fue una forma de manifestar su sentir religioso. Ante la falta de explicación a los fenómenos de la naturaleza que les rodeaba, adorar al Sol, rendirle tributo a la Luna, dar gracias a la lluvia por las buenas cosechas, era una especie de sumisión ante las fuerzas superiores.

El proceso de conquista española fragmentó en mil pedazos esa visión del mundo y se incubó de manera violenta. El monoteísmo se impuso a sangre y fuego, el alma indígena quedó destrozada.

El “más allá” es un anuncio cinematográfico a colores, vuelto blanco desde el mismo instante en que el ojo humano empieza a percibirlo. El sentimiento trágico de la vida, al que se refiere Miguel de Unamuno, es un lugar común de reflexiones y meditaciones de realidades por llegar. La idea de sufrir un castigo sin final -un infierno espera- es imaginar a Prometeo encadenado siendo devorado su hígado por el águila sempiterna, sin esperanzas de poder defenderse; eso no deja de producir estremecimiento...

Si bien es cierto que tenemos la capacidad de pensar, y de hacer uso de nuestro raciocinio para dar respuestas a muchas incógnitas, muchos misterios flotan en el ambiente: la muerte, el origen de la vida, el Universo que está en expansión cada segundo, etc.

Jean Paul Sartre, en su “Ser o la Nada”, hace algunas elucubraciones, pero no son suficientes, muchas cosas están por descubrirse. Me parece que nadie escapa a ese sentir religioso que nos lleva a confrontarnos con nosotros mismos. En la intimidad, muchas inquietudes de carácter espiritual salen a flote, es algo ineludible. Ya Rubén Darío en su poema “Lo fatal” lo afirma: “¡Y no saber adónde vamos, ni de dónde  venimos!...

Una de las alternativas para afrontar ese problema existencial, es recurrir a la religión como una fórmula salvadora para disipar angustias. Religión viene de re-ligar, juntar diferentes sentimientos que subsisten en nuestro interior, para hacer un todo armonioso que permita encontrarle un sentido a la vida.

Nada más oportuno para abordar el fenómeno religioso en Nicaragua, que partir de nuestras propias vivencias particulares. Así el enfoque tendrá mejores perspectivas ya que proviene de nuestra propia experiencia.

En el interior del cuarto de mi casa en Ciudad Darío, una estampa de Santa Teresa de Jesús está adornada con flores de jazmín, que expele su olor característico. Mi madre, Esperanza Suárez, noche a noche murmura sus oraciones; yo estoy en silencio compartiendo su sentimiento. Invoca protección para nosotros. Es un ambiente que pese al oleaje de la modernidad y sus vertiginosos avances tecnológicos persiste en muchos hogares de nuestro país y en el campo es más evidente.

Es una cultura religiosa --dirán los sociólogos-- que se prolonga en el tiempo e irradia la infancia y adolescencia y más allá de esas etapas decisivas de la vida. Inevitablemente vendrá la preparación para dar la Primera Comunión, fase en la cual no faltan las regañadas y coscorrones, que dan los curas cuando la enseñanza catequística no es asimilada plenamente por el niño o la niña, y más cuando hay indisciplina de por medio.

Es la época cuando nuestra mente es poblada de imágenes de santos, de la dulzura de la madre del Redentor, de lo difícil que es emprender el camino del seguimiento de Jesús, cuando conquistar el cielo constituye un motivo de atracción permanente.

Hay mucho fervor y devoción, es parte de nuestra cultura y ha echado raíces profundas. La presencia de miles y miles de personas en las procesiones de Semana Santa, en las celebraciones de la Purísima cada diciembre, cuando el año muere irremediablemente, nos muestra que aunque el secularismo ha avanzado a pasos agigantados, esa necesidad espiritual permanece latente.

* Periodista y docente universitario