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Pasados los efectos espirituosos –que no espirituales—, los entumecimientos físicos del ocio, o de ambos a la vez, de los días recién pasados, dizque santos, escucharemos más opiniones respecto al “diálogo”, recién bautizado “nacional”, como para ahuyentar los demonios que provoca.

Es difícil, sin embargo, que puedan escucharse nuevos argumentos, en pro o en contra, porque, básicamente todo está dicho: a Daniel Ortega no le interesa definirse públicamente por el “diálogo” –seguirá a caza de incautos y oportunidades—; el sector opositor seguirá como en un soliloquio y las ilegalidades del gobierno seguirán siendo obstáculos de fondo, imposibles de obviar.

Esa situación será invariable en los próximos días, porque una aceptación franca de Ortega lo haría hablar de las ilegalidades que ha querido ignorar; los opositores interesados seguirán sin interlocutor válido –o con alguien cuya voz funcionará según lo quiera el ventrílocuo— y las concesiones solo vendrían del lado opositor, pues, para Ortega todo será ganancia, dado que un arreglo o pacto se haría reconociendo las ilegalidades montadas al gusto por él mismo.

De modo que, aparte del cambio del ocio acostumbrado por otro recién bañado de agua salada y de “goma” por los aperitivos tomados en cantidades extras, no hay nada nuevo que esperar. Acelerada o pausada, las gestiones por el “diálogo” no producirán nada más que de lo mismo: oportunidad de más ganancias para Ortega y prebendas para los políticos formalmente opositores.

¿Alguien espera nuevas ideas para justificar una u otra posición? ¿Harán cambiar algo esencial en la realidad nacional las justificaciones, aunque llegaran a ser presentadas con nuevas etiquetas? Seguramente que no, nada será básicamente distinto.

Existe una férrea estructura argumental de parte del oficialismo y de la oposición, a prueba de razones y del tiempo. El gobierno, queriendo hacer creer que el problema nacional radica en los ataques a la estabilidad lanzados por la derecha oligárquica y pro-imperialista –sin distinguir matices en la oposición-- en contra de sus “programas sociales”. Piensa el gobierno que atacar de tal forma a sus críticos, le permite demostrar los rostros de los “enemigos de los pobres”, mientras sus líderes se ponen las máscaras de “pobres” en acción de salvamento de los pobres de verdad.

Por el lado de la oposición, igual se argumenta con rigor crítico en la forma, que arrastrando los intereses personalistas tradicionales. No es desconocido que la oposición no es homogénea en ningún sentido, ni de clase ni ideológico.

Hay una oposición oficial en cuanto a que tiene su reconocimiento como entes públicos con personalidad jurídica, tiene representación parlamentaria y, en el caso PLC, aún tiene su cuota burocrática en las instituciones del Estado. Esta oposición, o sus gobiernos, cuando los tuvo, dejaron un déficit histórico muy grande en cuanto a programas sociales.

Las reformas sociales no han sido parte prioritaria en sus programas de gobierno, y cuando más, los mencionan en general dentro de la demagogia convencional de las campañas electoreras.

En este rubro la oposición va a la zaga del orteguismo, y no porque este no tenga en sus “programas sociales” fuertes componentes demagógicos, sino porque con el poder gubernamental se permite hacer una demagogia disfrazada con su clientelismo político y el comercio de voluntades políticas entre buscadores de prebendas.

Pero la oposición –de cualquier matiz que sea— tiene la ventaja de poder optar, y en efecto, una parte optó en las elecciones pasadas, por ganarse a la opinión mayoritaria con la defensa de la institucionalidad pisoteada por el orteguismo; con la denuncia de su corrupción en las instituciones estatales, y con la lucha por el respeto a las libertades públicas y los derechos democráticos garantizados por la Constitución y burlados por el orteguismo. Es decir, abanderando la lucha en el área donde el gobierno actual tiene su más grande déficit.

¿Podrá hacerlo de nuevo?

No toda la oposición ha sido eficiente en ese terreno. Ligar las luchas por los derechos democráticos con las luchas por las reivindicaciones sociales, es una tarea pendiente que la oposición oficial nunca iniciará. Para unir y sacar provecho de estos factores, se requiere de movilizaciones populares organizadas y con autonomía de la política tradicional. Es a lo que más teme un gobierno autoritario, porque solo así se formará una fuerza real y capaz de enfrentarlo con éxito.

Sin la activación de esos factores, no habrá transformaciones democráticas. Y fuera de este camino, a lo máximo que se puede llegar, es a ser carne de “diálogo” para otro pacto antidemocrático.

Escritor y periodista