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La educación es un tema recurrente de mayor interés para la sociedad. Lo patentizan padres y madres de familia, organismos de la sociedad civil, instituciones y empresarios, todos muestran interés, aunque por razones diversas. Mientras a unos les interesa como factor de desarrollo personal y medio para mejorar su calidad de vida, otros la ven como la mejor arma del país para competir en un mundo globalizado; a otros, les mueve lograr mejorar la eficiencia productiva.

Tal interés, sin embargo, evita enfrentar el tema de la educación como terreno de transformaciones y cambios profundos. Tal pareciera como si el tema fuera simple y sencillo, limitándose a reclamar más recursos económicos o la necesidad de aplicar políticas educativas consistentes y pertinentes con la realidad del país. Lo cierto es que tales enfoques son necesarios, pero obvian lo que yace en las entrañas mismas del hecho educativo: la educación como proceso sistemático de cambios y transformaciones personales e institucionales.

Nada mejor que las fiestas de la Pascua, que envuelven al pueblo cristiano para pensar en las relaciones íntimas que las mismas tienen con el hecho educativo. Cambios y transformaciones que, desde un punto de vista religioso, representan el “paso” de la muerte a la vida, del pecado a la gracia, con lo que ello conlleva de dolor, aunque desembocando en profunda alegría proporcionada por un nuevo horizonte vital.

Son periódicas en el país las reformas educativas. Se concretan en políticas que despliegan acciones enfocadas a lograr objetivos laudables, metas, logros y resultados visibles y medibles. Tales intencionalidades omiten frecuentemente lo más importante: el rol de cambio de las personas que integran el sistema educativo. Tales propósitos dan por hecho que, las personas a cargo los asumirán sin dilación alguna.

Tales reformas giran en torno a objetivos institucionales que, ingenuamente, pretenden alcanzarse sin mediación alguna. Así, los distintos niveles educativos realizan reformas curriculares renovando e incorporando contenidos más actualizados, adoptando metodologías más modernas, pero obviando lo más importante: a quienes deberán ponerlos en práctica, con sus representaciones mentales,  hábitos, creencias y actitudes. En el mejor de los casos, todo se reduce a proporcionar una capacitación-información dirigida a dirigentes, técnicos y profesores, asumiendo que, conociendo los contenidos y metodologías bastará para que los lleven a la práctica. Tal desconocimiento de los procesos de cambio constituye una verdadera “caja negra”, al obviar la lógica que preside los cambios en cada persona.

Las experiencias de las instituciones educativas son claras. Los propósitos de las reformas son cuantiosos, pero los balances de logros son escasos. Se trata, en suma, de reformas para no cambiar. Esta ingenuidad aparente está presidida, como telón de fondo, por un paradigma educativo técnico-eficientista basado en resultados. Para su modelo teórico movilizador, ajeno a la esencia de la educación, lo importante es alcanzar resultados a cualquier costo, sin fijar la atención en cómo deben abordarse tales procesos. Lo importante no son precisamente las personas con sus procesos humanos, técnicos y pedagógicos acompañantes, tildándolo de mera filosofía.

Hoy, por el contrario, se acepta que en el ámbito educativo son tan importantes los resultados como los procesos que llevan a alcanzarlos, conteniendo la mayor riqueza humana en estos últimos. Esta trivialización de los procesos de cambios, desoye la complejidad que tienen en el terreno personal e institucional. Aun cuando en las últimas décadas el ámbito educativo ha realizado múltiples investigaciones en distintos contextos con enfoques diversos, en que se ponen de manifiesto los obstáculos epistemológicos que asisten, de forma natural, a las personas que deben realizar cambios en sus concepciones y prácticas educativas, raramente las políticas de reforma toman en cuenta tales obstáculos.

Frecuentemente el personal técnico y docente del sistema educativo es incomprendido y culpabilizado al no aplicar directrices de reforma.

Evitar este nudo crítico del cambio y transformación de las personas no es la solución, ni tampoco imponer los cambios.

Es preciso poner en acción una pedagogía del cambio, formando a dirigentes y profesores, no para mantener tradiciones educativas, sino para superarlas con capacidad crítica, innovadora. Preparar para el cambio supone desarrollar competencias de reflexión crítica sobre la práctica, investigación acción de la práctica educativa, puesta en acción de dinamizadores estratégicos; todo ello apuntando a que la educación en las instituciones educativas despliegue procesos de cambio y transformación. Cuando esto se logra, la aplicación de los currículos y nuevas metodologías en que deben desembocar las políticas educativas, dejan de ser un problema. Cuando las personas son preparadas para el cambio, las transformaciones no son traumáticas sino procesos gratificantes que posibilitan todo lo demás.

* IDEUCA