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Oigamos cómo se expresa de la Real Academia don Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel de Literatura (1956) y excatedrático de la Universidad de Río de Piedras en Puerto Rico:

“A mí me han invitado tres veces a ocupar un sillón de la Academia, en la época de la Monarquía, de la República y del Franquismo. Las tres veces decliné afectuosamente el honor. La segunda vez, mi querido amigo Gregorio Marañón, que tiene la coquetería de pertenecer a todas las academias, vino una noche a mi casa, durante la República, para decirme que la Academia había decidido votarme por unanimidad para un sillón, si yo estaba dispuesto a aceptarlo. Según me dijo Marañon, la Academia había decidido establecer un turno de académicos de derecha y de izquierda, y que a mí me tocaba ser poeta académico izquierdista. Yo le contesté que en política yo era tan libre como en poesía, y que yo escribía con la mano izquierda y la derecha al mismo tiempo. Entonces me dijo que él era también libre, y yo le repliqué que, fuese él lo que fuese, yo comprendía su utilidad adjunta en la Academia de la Lengua: mirar la lengua de los académicos y, si la tenían sucia, purgarlos, ya que el mote de la institución es limpiar, fijar y dar esplendor a nuestro complicado idioma más o menos digestivo; pero que yo no era médico, por desgracia para mí. La Academia no me interesa como premio; prefiero mi ramilla de perejil espartana. Tampoco la quiero como ganancia material. Como asiento cómodo, estoy mucho más a gusto en mi casa, donde me siento a como se me antoja. En último caso y, a lo que parece, según la abundancia de académicos que en estos últimos años han aceptado un sillón en la Academia, esta puede considerarse como un casino de viejos o envejecidos o envejecientes; pero yo nunca he sido socio de ningún casino”.

Rafael Flores, biógrafo de Ramón Gómez de la Cerna, comenta: “Bueno será dejar dicho que, posiblemente nunca se había dado una auténtica y tenaz oposición a ser académico, tal y como lo hicieron Ortega y Gasset y Juan Ramón, pues el mismo Unamuno y Antonio Machado, aceptaron, aunque no llegasen a leer sus respectivos discursos de ingreso, al igual que lo hizo Jacinto Benavente”.

En “Tradiciones Peruanas” relata don Ricardo Palma: “Y sea dicho en elogio de Emilio Castelar, que es el académico menos académico entre los que ocupan la docta corporación. Castelar es refractario a las tiranías, inclusive la del Diccionario. Siempre que le conviene crea una palabra. No le importa que no estén en el léxico las voces autoctonía, voluptuosismo, republicanear, irredentor, inania, y otras tantas que en sus libros se encuentran. A don Emilio le basta con que una palabra sirva para dar claridad a su pensamiento escrito, evitándole rodeos que casi siempre son ampulosos; y la crea y defiende como a hija suya, con amor de padre, y se pone en mal predicado con sus colegas, los rigoristas rancios, que todo lo sacrifican ante el convencionalismo, no tanto de sintaxis, cuando de la voz misma, por anticuada que ella sea y por mucho que, en nuestro siglo, no corresponda ya a la idea o a la cosa que le dio vida”.

El caraqueño Andrés Bello, a quien considero el Nebrija americano por haber hecho la primera gramática del Español de América, piensa de la Academia con altanero y elegante espíritu independiente: “Nosotros nos contamos en el número de los que más aprecian los trabajos de la Academia Española, pero no somos de aquellos que miran con una especie de veneración supersticiosa sus decisiones, o como si tuviese alguna especie de soberanía sobre el idioma, para mandarlo hablar y escribir de otro modo que como lo pida el buen uso o lo aconseje la recta razón”.

Darío, que fue un eterno enamorado de España, expresa: “La Real Academia es la Santa Sede de las letras castellanas. El conde de Cheste es el Papa. Unos cuantos académicos esparcidos entre nosotros, desempeñan el papel de obispos sin feligreses”, y en “Letanías de Nuestro Señor don Quijote” reitera: “De las epidemias de horribles blasfemias/ de las Academias, /líbranos Señor”.

Hace algunos años académicos nicaragüenses siguieron hasta Medellín, Colombia, a unos académicos españoles, lo que nos hace pensar que, conseguida la independencia política de España, aún hay quienes continúan con su pensamiento encadenado a la península.

* Escritor autodidacta
Tel 2268-9093