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“Lo que sucede es que se nos ha pegado el tiempo”, me decía entre el disimulo y la incómoda sorpresa pero enfáticamente el hermano Herman, cada vez que yo lo atrapaba haciendo el anticipo de la siesta en horario de oficina. Eran esos días donde uno como chavalo, creía en la verdad absoluta, al mismo tiempo que desmenuzábamos con ingenuo rigor e incertidumbre la doctrina de la fe y sus posibles enseñanzas.

Herman era nuestro personaje a seguir y para algunos (incluyendo a los incrédulos, los eternos jodedores, santeros e hipócritas) a vigilar sobre todo en su manera de hablar, actuar y decir.

Estábamos en la búsqueda del ideal, queríamos conocer y adentrarnos más hasta llegar a nuestras vidas, con el intento de asumir nuevas responsabilidades. Presumíamos que no se nos escapaba nada de él. Pero de alguna manera estábamos ante el mundo de Herman, camuflado en sotana sucia y vicios solapados.

Un pequeño cubículo (donde lo oí roncar como si el mundo se fuera a acabar) abrigado por paredes que en un momento fueron aristócratas, parecía revelarse ante el orden establecido y sus saberes; era el escenario predilecto del encorvado personaje cristiano, que cuando se irritaba hacía paralizar de miedo al más atrevido de mis compañeros del quinto grado de Primaria. Cómo sonaba agudo y con mil puntas de desprecio aquel grito de: “tú eres un chorlito”.

A Herman (el monstruo), en ese momento queríamos matarlo, o por lo menos colgarlo de nuestras agitadas manos y pensamientos. A ese Herman lo odiábamos con la punta de nuestros zapatos. Corrían los días de un silencio largo (parapetado entre voces, muchachas, músicos y nuevos géneros de música), en los inicios de la Managua sicodélica, inquieta, murmuradora y arropada por los frondosos colores del ocio. Los libros advenedizos para el confort conservador y la plática emergente del fulgor de las nuevas ideas, en un extraño trajinar y convivir con los autos descapotados y a prisa, compartiendo a secas la solemnidad acaparadora de los modelos Impala y el agitador revuelo de los primeros Volkswagen; las películas sensuales de Isabel Sarli, las pelucas, las agujetas de color de rosa, los inmensos sombreros azul pastel, el acecho de los nuevos ritmos (para erizar la columna vertebral) y la moda.

La televisión vivía su primera época del encantamiento a la familia. En tanto, la radio se declaraba desconcertada al perder inesperadamente las voces (y los aposentos) de las novelas dramatizadas y sobreactuadas con acento extranjero. Cómo corrían las lágrimas con Albertico Limonta y Mamá Dolores, en El derecho de nacer. Quizá algo nuestro se desvanecía…

“Es que se nos ha pegado el tiempo”, Herman, y los oídos (de hoy) se acostumbraron a otras imprudencias y otros desafíos. Crecimos observados por burbujas, de la mano de los kioscos, las limonadas y las muchachas ruborizadas por el primer beso robado. Fuimos engañados por un niño dios mentiroso y nos metieron en la bolsa común de los desvelos. A ellos (los impostores de todo tiempo) debimos lanzarles las primeras piedras.

Por un momento pensé que habíamos huido en un libro con páginas insuficientes al huerto inconmovible de la memoria; lo difícil será pasar el tragaluz de tu boca callada. Qué difícil será encontrarme con el rostro que rechaza el insomnio de mi cuerpo. Este cuerpo que al verla no para de soñar.

“Es que se nos ha pegado el tiempo”, Herman, olvidado; cuando le robamos el amor al siglo que nos estafa y adoramos a la mujer que nos arrastra entre sus pechos para cogernos en cualquier amanecer. Ella, la que se hunde en nuestros ojos cuando quiere y como quiere y nosotros empezamos a extrañarla, a odiarla, y al final, como se cuentan en las historias propias de la imaginación, también la amamos.

Es ella, la que se hunde en nuestros ojos con un tizón de sueños desprendidos.
Herman, sin duda, fue un fisgón empedernido y declarado que quería atrapar el aire y forrarlo de sonrisas. Se bañaba pocas veces y pocas veces se arrodillaba para ver la salida del Sol y pedir por sus causas quizás perdidas. Amaba el griego, pero no le paraba los pelos Lorca, de quien desconfiaba porque “un hombre libre sin casa es sospechoso”, repetía con cierto apuro de vergüenza.

“Es que se nos ha pegado el tiempo¨, Herman, cuando creemos que las horas perdidas han salido de la boca del lobo.

Escribía poemas breves en inmensas hojas de papel cebolla o lino, en los que el mar era una doncella ignorada. Aprendió a navegar sobre las lágrimas de una patria vencida. Se apasionaba con la luna furtiva, esa que salía de un secreto blanco del fondo de una pipa viajera.

* Poeta y periodista