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En 1941 Salomón de la Selva escribió La Dionisíada, su tercera incursión novelística, para ser sometida al Segundo Concurso Latinoamericano, convocado por la Editorial Farrar & Rinehart, de Nueva York, por intermedio de la Oficina de Cooperación de la Unión Latinoamericana y el P.E.N. Club de México. Al parecer, “fue víctima de discriminación localista” y eliminada, según nota explicativa de su edición póstuma, treinta y cuatro años después. Entonces uno de sus lectores, entusiasta e hiperbólico, afirmó que por su mixtura de fantasía y realidad, La Dionisíada era superior a Cien años de soledad. “Lo mítico y lo real, más mítico y más real a la vez, están tan maravillosamente fundidos en La Dionisíada que es imposible separarlos”. Lo cierto es que se cumple en ella la “Advertencia del autor”:

“Todos los personajes de esta novela son imaginarios. La obra es una ficción. Solamente Rubén Darío, que aquí aparece, se ajusta a una de las diversas contrarias leyendas acerca de su juventud. Los demás personajes pudieron ser en la realidad. Cualquiera semejanza con individuos reales es enteramente accidental. Es de advertir también que sólo a grandes rasgos se ajusta esta novela a la geografía y a la historia. Con ligeros cambios podría haberse colocado cualquiera acción de las que aquí se desarrollan en casi cualquier país de Hispanoamérica”.

En esta novela Salomón pretendió infundir a la convulsa realidad política-social de la Nicaragua de finales del siglo XIX el sentido grandioso de la epopeya homérica. Pero fracasó en su intento. Sin embargo, tuvo aciertos y elaboró páginas que no desdeñaría ningún narrador moderno, aunque su producto final prescinde de la modernidad narrativa. Incluso su narrador es omnisciente o extradiegético, o sea tradicional, con una focalización panorámica en León de Nicaragua, que se expande a otros lugares cercanos o no tan lejos, como El Salvador, Guatemala y Costa Rica. Tres son sus partes: I. Nacimiento y crianza de Dionisio; II. Historia de Gonzalo Quirós y III. Historia de Dionisio.

Este es el personaje principal. Desde su nacimiento, ocurrido durante un incendio (la madre, una mujer del pueblo, muere en el parto), su vida estuvo marcada por la tragedia. Gonzalo Quirós, joven distinguido, lo rescata de las llamas y lo lleva a su esposa moribunda, Claudina, quien no puede darle hijos. Ella, mientras arrullaba a Dionisio por primera vez, y el niño muere a causa de un cáncer. El niño vuelve a quedar sin madre. “Otra vez, como el dios griego cuyo nombre llevaba gracias al primer obispo de Atenas, Dionisio había vuelto a nacer y quedar huérfano”. Gonzalo decide apadrinarlo y, por sugerencia de su cuñado —el cura Apolinar Pablo— lo entrega a una campesina que se dedica a criarlo como a un hijo.

Mediante una analepsis o flashback, el narrador cuenta en la segunda parte la historia de Gonzalo y Claudina. Perteneciente a la clase hacendada, Gonzalo ama a Claudina desde niño. Ambos se marchan: ella a Europa, a un internado de monjas; y él a El Salvador para estudiar Derecho. Gonzalo se hospeda en la casa de los Ramírez, familia aristocrática, cuyos hijos —Julio y Fernando— son compañeros de carrera. Julio es positivista a ultranza y apasionado por su prima Carmen, quien no le corresponde, prefiriendo a Gonzalo. Este la desdeña debido a sus intensos recuerdos de Claudina y su amistad con Julio. Víctima de una enfermedad venérea y ante la imposibilidad de aspirar a Carmen, Julio se suicida. Ya graduado, Gonzalo regresa a Nicaragua y se casa con Claudina.

La tercera parte, como fue indicado, narra la historia de Dionisio, enlazando con la primera. El niño comienza a revelar dones extraños: sana enfermos con solo tocarlos y provoca la lluvia después de tres meses de sequía. El padre Apolinar Pablo se lo lleva a vivir a León. Allá lo tratan como a un ser inferior. Ingresa en el Seminario, donde sobresale. Cuando llega a ser jefe del taller de una imprenta, es tratado como mengalo. Se enamora de Adriana, hija de su padrino Gonzalo y de una hermana menor de Carmen. Los jesuitas son expulsados. El padre Apolinar Pablo viaja a Roma. Un pastor protestante le ofrece una beca en Costa Rica. Desencantado por no haberla obtenido, se engancha en una revuelta con Gonzalo para invadir Nicaragua. Gonzalo perece en la lucha. Dionisio entra triunfante a León y comienza a fusilar enemigos frente a los muros de la catedral. Al final, se ignora si Adriana le corresponde a su amor.

Una crítica ha destacado la habilidad con que Salomón alterna la lengua culta con la popular. La transición de uno a otro nivel es casi imperceptible. Hasta las palabras malsonantes las utiliza con acierto. Es el caso del malhablado hotelero español de San Salvador, a quien apodaban “Don Meca”, apócope de su expresión más usual: ¡me cago en Dios! También la crítica anota que el personaje mejor logrado es el padre Apolinar Pablo: comprensivo, erudito, consciente de su misión sacerdotal. Sus sabios consejos guían la conducta de Gonzalo y Dionisio. Por su lado, “el Nichito” —hipocorístico de Dionisio— “no llega a adquirir la dimensión de un héroe, de un predestinado, como lo concibiera su autor. Psicológicamente es un ser tímido que sufre un gran complejo de inferioridad…” En el fondo, Dionisio acepta el grado de general para realizar su obsesivo deseo de convertirse en “señor”.

“Dionisio o Nichito —observa Julio Valle-Castillo— acusa una reivindicación clasista de la criatura que ha crecido en medios precarios y bajos estratos, que por su propio esfuerzo, audacia y arrojo alcanza la preeminencia”.

Por su edición tardía y póstuma, La Dionisíada no pudo integrarse al desarrollo histórico de la novela centroamericana a raíz de su redacción. De haberse editado en los años 40, tendría más valor del que se le ha reconocido.

* Escritor e historiador