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Mi primer libro fue un duende. Ese fue el primer libro que me llevó mi madre con sus cuentos orales. Eran historias reales y ficciones diversas y verdaderas que ella aprendió de niña con una de sus tías que también aprendió las historias de su madre y de sus tías cuando niña.

Yo tenía cinco años y miraba las cosas con inocencia. Mi madre llegó y contó la historia de Felipita Martínez Velásquez, hija de su pariente Jesús Velásquez y de Rosendo Martínez, a quien se la había llevado un duende. Mi madre dijo que la niña fue por la mañana a dejar las vacas al huerto y por la tarde no había regresado. Y la esperaron la tarde y la noche y la muchachita no regresó a la casa.

Y el padre y sus vecinos la buscaron por la tarde, pero no la encontraron. Así lo hicieron durante una semana y no la hallaron. Pasaron los meses y los años y Felipita no regresó. Felipita nunca más volvió a la casa, porque el duende se la llevó con engaños. Según dicen, el duende le llevaba flores por la mañana y le lanzaba piedritas lisas y encantadoras por la tarde. Tal vez por eso se fue con él y nunca volvió.

Mi segundo libro se llamó “La María Sucia y La María Limpia”, dos muchachas hermanas de crianza. Una, sucia y fea, desgreñada, la que hacía los oficios de la casa e iba al río a lavar la ropa. La otra, limpia y bonita, pero no hacía nada en la casa, porque era la hija de mamita, haragana y fresca.

Dice mi madre que en una ocasión La María Sucia fue al río y allí encontró a la viejita que lavaba sus tripitas. La anciana la envió a la loma donde estaba un rancho en el cual debía entrar o salir, según cantara el gallo o rebuznara el burro. Y cuando el gallo cantó, ella salió del rancho. La estrella que se había desprendido del cielo le cayó en la frente. Así toda iluminada llegó feliz a su casa.

La María Limpia se llenó de envidia, cuando miró a su iluminada hermana. Tomó dos recipientes y se fue al río a traer agua para la casa, cosa que nunca hacía. Cuando llegó al río observó a la ancianita que lavaba sus tripitas. La señora la mandó a la loma donde estaba el rancho al que debía entrar o salir, según cantara el gallo o rebuznara el burro. Y cuando el burro rebuznó, La María Limpia salió del rancho. El moco que se había desprendido del animal le cayó en la frente. Así toda cochina llegó llorando a su casa. Mi tercer libro se llamó “El vapor de tierra”, que trata de tres hermanos que debían construir un vapor de madera que navegara en la tierra y no en el mar.

Y el joven que lo construyera se casaría con la hija del rey.

Dice mi madre que el hermano mayor cortó arboles y se puso a construir el vapor pero no pudo. El segundo tampoco lo pudo hacer, porque ambos tenían mal corazón. El tercer hijo dispuso hacer el vapor de tierra. Se fue al campo y cortó árboles suficientes. Ahí se le aparecieron dos ancianos pidiendo comida. El joven de buen corazón les dio de comer y de beber a los ancianos.

Después que comieron, los ancianos le preguntaron qué hacía con tanta madera cortada. El muchacho les respondió que haría un vapor de tierra para casarse con la hija del rey. Los dos ancianos le ayudaron y terminaron pronto la construcción del vapor.

El muchacho, después de sobrepasar varias trampas que le puso el rey, se casó con su hija. Una de las trampas consistía en ir a traer al centro del mar un vaso con agua. Si lo traía pronto vencía a su adversario. El joven contó con la ayuda del gigante que con dos trancadas llegó al océano. Se embrocó y agarró del centro del mar el agua y lo llevó donde el joven. Así venció a su suegro malévolo.

Mi cuarto libro se tituló “La Puercatriz” y trataba sobre el rey que enviudó y quiso casarse con la hija en un típico caso de incesto. La muchacha fue donde el sacerdote a pedir ayuda. El religioso le dijo que aceptara casarse con el papá si le cumplía tres condiciones:

-¡Que te consiga un vestido color del sol, uno color de la luna y otro color de la mar!

El papá, no se sabe cómo, llevó los tres vestidos, pero la joven huyó con la ayuda del sacerdote. En un río se bañó y antes de ponerse su ropa se encontiló el rostro. Por la noche pidió posada a una anciana y por la mañana siguió su camino. Al rato llegó a un castillo y consiguió trabajo en una porqueriza.

Y como el rey quería casarse hizo tres fiestas. Puercatriz asistió a las tres y en cada una llevó un vestido nuevo que le había dado su padre. Después de la fiesta se quitaba sus hermosos vestidos y se encontilaba otra vez. A pesar de que bailaba con el rey y este se había enamorado de ella, nunca pudo conquistarla porque antes de terminar la fiesta se escapaba. Luego se encontilaba y nadie la reconocía.

Al final, el rey pidió que todas las mujeres le hicieran un pastel para casarse con la que mejor lo hiciera. Puercatriz lo hizo pero además introdujo en el pastel el anillo que le había regalado el rey. Así descubrió quién era la joven que llegaba bien vestida a las fiestas y luego se escapaba. Así se casaron.

Telica, sept./oct. 2011
* Escritor y docente