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No todo hombre muere de muerte infamante
en un día de negra vergüenza,
ni le echan un dogal al cuello,
ni una mortaja sobre el rostro,
ni cae con los pies por delante,
a través del suelo, en el vacío.
Balada en la cárcel de Reading

Oscar Wilde

 

Ni Roger Casement, ni Mario Vargas Llosa, en la insurrección de Pascua, llegaron a comprender el nihilismo positivo del alma revolucionaria de las capas medias irlandesas, que acompaña ese proceso insurreccional perdido, concebido con fanatismo y fe porque va a contribuir a formar la conciencia nacional de los irlandeses, de manera irreconciliable con el imperio británico Y no percibieron la diferencia filosófica y política de este movimiento con la organización y la lucha de Connolly, que miraba la rebelión en Irlanda no solo como lucha anticolonial, sino, también, como el inicio de una sublevación obrera internacional para ponerle fin a la guerra mundial, desplazando del poder a los capitalistas de su propio país.  

Casement por su visión burocrática, que espera el cambio desde arriba, cuando se alcance una superioridad material que asegure el triunfo, por la intervención de Alemania. Vargas Llosa porque es incapaz de ver una fuerza histórica en los cambios de conciencia de las masas. Y se limita a una descripción superficial, enfocándose en los aspectos más insignificantes, de índole personal, de una figura histórica irrelevante.

Las únicas líneas cargadas de pathos en la novela de Vargas Llosa, es cuando la amiga de Casement, la historiadora Alice, percibe con emoción, contra su propio raciocinio, que unos instantes de rebelión valen para darle sentido a la existencia: “Por unas horas, por unos días, toda una semana, Irlanda fue un país libre, querido —dijo Alice, y a Roger le pareció que Alice temblaba, conmovida”. En esas pocas líneas, las únicas de todo el libro de Vargas Llosa, se percibe en profundidad el concepto filosófico de la rebelión que desarrolla Camus, cuando escribe: “El hombre da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es”. Así enfrentaron el pelotón de fusilamiento sumario los patriotas irlandeses. Y solo quienes combaten por la libertad pueden valorar esos instantes, preferibles, de rebelión, y percibir que esos hombres, con su alzamiento condenado al fracaso, desde un punto de vista humano derrotaron al imperio.

Vargas Llosa no solo redacta mal y acomete su historia con superficialidad, sino, que escribe a cada paso incongruencias. En los momentos culminantes de Casement en el patíbulo, escribe:

“Todavía alcanzó a oír por última vez un susurro de Mr. Ellis: «Si contiene la respiración, será más rápido”.

Un verdugo británico, de 1916, nunca pudo aconsejar a Roger Casement que contuviera la respiración para morir más rápido en la horca.

A partir de 1886, en Inglaterra se usó el método de ahorcamiento con salto largo, para que la cuerda, cuya longitud se calcula conforme al peso, a los músculos del cuello y a la estructura anatómica, con la energía y la velocidad terminal de la caída del cuerpo, alcance a presionar el tallo cerebral, contrayendo al nervio vago de modo que paralice los latidos del corazón y la respiración. La técnica, diseñada científicamente por William Marwood en 1872, consiste en quebrar de golpe las vertebras del cuello, traumatizando la médula espinal entre la segunda y tercera vértebra cervical. El ahorcado pierde la consciencia instantáneamente y la muerte tarda a lo sumo 10 segundos.

Vargas Llosa no comprende la nulidad total de la existencia de Casement, que nunca tuvo plena conciencia de las contradicciones ideológicas de su vida fracasada. Ni alcanza, con esta obra, la expresión lírica de un grito desesperado por la humanidad perdida. Los versos de Wilde, en la balada de la cárcel de Reading, en cambio, detienen el tiempo en el tránsito entre la vida y la muerte, en una dimensión  extraña, única, en la que se descarna la vida de la condición humana y queda sola la existencia desnuda, sin preguntas ni respuestas.

Escribe Wilde, como parte del homenaje lírico que rinde al presidiario, compañero de pena, al que ve morir en la horca: “No todos mueren una muerte de vergüenza, ni miran fijamente el aire, ni rezan con labios de arcilla para pagar la deuda que tienen que pagar, y que termine su agonía. No hay dulzura cuando un ágil pie baila en el aire, y debe morir un hombre antes de dar su fruto”.

* Ingeniero Eléctrico