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Una buena parte de la personalidad proviene de los círculos de socialización primarios en los cuales la/s identidad/es se configuran desde diversos estímulos, y referencias con las que se va contando.

En estos espacios/círculos de transmisión de imaginarios, existen relaciones claves que moldean significativamente los proyectos de vida y las expectativas hacia los otros/as que se van dibujando en la conciencia de cada persona.

Una relación que resalta por su vinculación afectiva y de dependencia, es la de madre/hijo/a. Al hacer referencia a esta relación se está volviendo la mirada al hecho biológico de la reproducción y a todo el entramado de significados/ rituales/consumo que desde este hecho/proceso se legitiman.

Ser madre de alguien, ser hijo/a de alguien es un vínculo, una relación que establece hilos sociales/afectivos que pueden ser liberadores en la vida de una persona, a como pueden ser gestores de dependencia, posesión y chantaje emocional.

Social y culturalmente ser madre, al menos desde el imaginario legitimado hacia esta práctica, es darlo todo por los hijos. Este darlo todo marca un quiebre en la vida de la mujer que, por voluntad propia, por limitantes jurídicas o por modelaje social, ha decidido gestar y posteriormente criar a un ser  humano.

La mujer dentro del ejercicio de la maternidad basado en la idea del sacrificio y enmarcado en el modelaje mariano, de entrega y de servicio; al darlo todo hacia los hijo/as se queda sin nada para ella, o con muy poco tiempo, espacio, afecto para sí misma   a cambio de hacer feliz y para amar a los otros/as.

El sacrificio en la maternidad amarra con la idea del dolor. Si focalizamos estos dos principios y valores encontraremos similitudes entre lo que se le pide a la madre y lo que se espera de la mujer en la vivencia del amo. La mujer desde el amor romántico sufre y entrega. El amor le duele y le pesa, pero al final es el amor el que la define y el que le da sentido a su vida entendida como una vida de mujer.

En la maternidad la mujer se ha configurado como el sujeto que carga, que alimenta, que protege; toda esta responsabilidad es asumida de manera casi exclusiva por mujeres. Entiéndase que en este colectivo están las empleadas, las niñeras, las del CDI, las maestras, las tías, las abuelas y cualquier otra mujer que está integrada en el proceso de cuidar a otros.

Esta ocupación “full time”, que incluye el espacio del hogar y toda su estética exigidamente femenina; es la base de la autoridad construida alrededor de la madre. Autoridad que difiere de la del padre en peso, significado y estrategias de control. Al padre usualmente se le asigna el dispositivo de la violencia física, la última palabra, pero este asunto tiende a ser compartido. La madre castiga muchas veces en silencio, con un pellizco al niño que aprende a caminar, con una amenaza de quitar afecto, de abandonar.

La madre empuja a la hija a ser mujer, marca su camino de lealtad ante la familia y la sociedad. La madre elige la ropa para los hijos, viste al hijo como el padre, o como quisiera vestir a la pareja. La madre pinta las uñas de la hija, le compra tacones,  arregla su cabello, la viste de falda corta y de blusas que portan mensajes como “Soy la niña de papa” o “Soy sexy”.  La madre viste, y al vestir marca identidades, al hablar transmite mandatos, al castigar delimita el comportamiento, el afecto y la libertad. La madre alimenta y la madre ata, de ahí que la relación con la madre esté marcada por la ambigüedad entre amor/odio o aceptación/rechazo.

La madre, en su ejercicio de amar y de cuidar, no solo asume el papel aprendido de la madre que la crió, sino que reconfigura su propio performance de madre desde el poder, la autoridad y la posibilidad de poseer los cuerpos de los hijos que esta acción le puede generar.

La madre intrínsecamente visualiza a los hijos como fuentes de intercambio, de afecto de la pareja a través de ellos/as, de retribución económica de la pareja y de los familiares a través de los hijos/as, de reconocimiento social en la familia, de la pareja, en la escuela. Los hijos entonces, son la vía para alcanzar ganancias y en ese proceso la identidad y la autonomía de estos/as se desdibuja a través del conflicto entre amar y negar a la madre como figura clave en sus vidas.

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