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Calificada por algunos como una medida arbitraria, y por otros como necesaria, el Gobierno de Ecuador cerró bajo este letrero y sin más demora 14 universidades (de garaje) en las cuales estudiaban nada menos que 38 mil personas, las cuales ahora tendrán que buscarse otra universidad de mejor categoría –certificada- si quieren concluir sus estudios.

Es obvio que esta medida tendrá, por un lado entusiastas, y por otro, opositores viscerales. Personalmente, reconozco el valor y mérito de ese gobierno al tomar medidas drásticas ante una situación que, si vemos Nicaragua, es un sector que se ha venido degradando y convirtiendo en una calle más del Mercado Oriental, llena de tramos que ofertan a viva voz planes de estudio ilusorios -o al menos dudosos-, para no usar otra palabra que pueda ser criticada por políticamente incorrecta.

Andrés Oppenheimer, en su obra ¡Basta de Historias!, señala en forma acertada que el problema número uno del subdesarrollo material y mental de Latinoamérica es la falta de calidad de su educación, no solamente básica, sino principalmente universitaria.

Este libro es tan revelador que debería ser una referencia obligada para cualquier persona que trabaje ofreciendo servicios de Educación Superior, pero de mucha más obligada lectura para las autoridades reguladoras del sector.

Refiere el autor que a duras penas un único centro educativo de Latinoamérica aparece en el último lugar de las 200 mejores universidades del mundo. Queda en evidencia la correlación positiva entre la inversión en la calidad de la educación de los países exitosos, los resultados económicos y el nivel general de desarrollo alcanzado, reflejado en su ingreso per cápita.

Esto no significa que de un día para otro se pueda revertir la miríada de problemas que enfrenta la Educación Superior en nuestro país, ya que cambiarla no es un evento sino un proceso que pasa por un Plan Nacional de Desarrollo trans-gubernamental, marcadamente difícil, sino imposible, con una economía y modelo de desarrollo que dudosamente pueda orientarse productivamente en forma sostenible.

La falta de calidad de las instituciones que pomposamente se denominan “universidades”, es producto de un esquema de negocios cuya ingeniería está diseñada en forma sesgada para maximizar el lucro por medio de una oferta educativa de calidad diminuta o paupérrima, en la que algunos docentes son más bien “profesores karaoke”, quienes leen acompasada y entonadamente animadas presentaciones en Powerpoint, sin aportaciones personales -y peor-, sin estimular en los educandos la inquietud investigativa que pueda crear tecnología local aplicada, formadora de competencias útiles para las necesidades del país.

El crecimiento notorio de la oferta por servicios educativos en Nicaragua tiene aspectos que deben ser estudiados y valorados en forma crítica, no por los que se autodenominan expertos del área, sino por aquellos que componen el incipiente tejido empresarial productivo que impulsa al país, mayoritariamente de servicios.

Hoy día la cultura light y el fast food académico ha invadido todos los sectores. Una parte sustantiva de estudiantes busca cómo entrar a una universidad sin ningún tipo de examen de admisión o cualquier otro filtro de calidad -ver por ejemplo los desastrosos resultados de admisión a algunas universidades estatales-, y las universidades casi se ven obligadas a disculparse por tener estos requisitos de ingreso, y a repetir los exámenes cuando debería ser su factor distintivo principal como filtro de calidad. Definitivamente, las universidades “Maruchán” están viviendo sus días de gloria.

Al parecer, las mismas entidades de supervisión educativa han permitido, tolerado y promovido una proliferación “metastásica” de esos “centros de Educación Superior”, y se desconoce bajo qué parámetros o protocolos de control de calidad estos comercios obtienen su licencia para operar, la certificación de su personal y supervisión continua.

¿Qué credibilidad, competencia, referente técnico comparable, validez, eficacia, tienen esos protocolos o procesos de acreditación y supervisión prudencial para concluir que son idóneos? Esa es la pregunta de fondo.

El ejemplo de Ecuador es algo que el gobierno debe “copiar y pegar”; ver cómo puede aplicarse práctica y razonablemente; sentar las bases de una verdadera formación universitaria de calidad y con aplicación terrenal. Que no se siga masificando el falso conocimiento –o lo que es peor-, la formación inadecuada o incompetente que ahora ofertan al pregón, con títulos en combo o menciones exóticas.

Ofrecen un éxito económico basado en un modelo comercial laissez faire, sin controles y sin efectiva estandarización internacional, produciendo egresados con formación deficiente o no aptos para las necesidades y realidades empresariales del país.

Seguir tolerando y promoviendo el sistema actual, en donde cualquiera puede instalar una carpa y ofertar al pregón una cuestionable y pretendida educación universitaria, es una irresponsabilidad. El gobierno tiene la obligación de sanear, normar y profesionalizar el sector; deber que no puede obviar y al que no puede renunciar o eximirse de él bajo ninguna circunstancia.

@carflom