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Uno de los rasgos más destacados de las relaciones internacionales en las últimas décadas es lo que se ha venido a conocer como “Diplomacia de Cumbres”, que ha sido posible, entre otras razones, por la facilidad de los modernos medios de comunicación. Son esas reuniones, cara a cara, de Jefes de Estado y de Gobierno.

Antes, eran una auténtica rareza. Los que ya peinamos canas recordamos la gran expectativa que despertó la Cumbre entre el presidente Kennedy de los Estados Unidos, y el líder de la hoy desaparecida Unión Soviética, Nikita Kruschev, a inicios de los años sesenta en Viena. Hoy son tan frecuentes estas reuniones, bilaterales o multilaterales, que se habla de un “cansancio de las Cumbres”.

Comento lo anterior porque las noticias de la semana pasada fueron dominadas por la Cumbre de las Américas, realizada en Cartagena de Indias, Colombia. Para quienes de estas reuniones esperan resultados concretos e inmediatos, o unanimidades políticas e ideológicas, esa Cumbre fue un fracaso. Sin duda, en la opinión pública ha quedado reforzada la idea de que son pura retórica, o una oportunidad para los desaires e incidentes noticiosos, como el “¿Por qué no te callas?”, que el Rey Juan Carlos de España le espetó al presidente Chávez en la Cumbre Iberoamericana de 2007 en Santiago de Chile, o los desaires que de la mano de la estrella futbolística Maradona, Chávez le protagonizó al presidente Bush en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, Argentina. En el caso de Cartagena, el reclamo por la ausencia de Cuba, o el veto norteamericano y canadiense a la demanda de Argentina sobre las islas Malvinas, ha dominado las noticias.

Pero estas reuniones Cumbre, aunque no siempre tienen resultados concretos e inmediatos, casi siempre inician un diálogo que luego se traduce en compromisos y resultados muy concretos. ¿Quién hubiera imaginado, cuando se realizó hace 20 años la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro (de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo) que poco después a través del Convenio de Kyoto se estarían estableciendo límites a las emisiones de “gas invernadero” --que contribuyen al cambio climático-- y que se generaría un creciente mercado financiero de “bonos verdes”, que producen ingresos a campesinos y productores en varias partes del mundo? Y lo mismo podríamos decir en cuanto a temas de género, infancia, control de armas, y otros. En todos esos temas hay mucho camino para recorrer, pero quiero destacar que los “fracasos” que se ven desde las luces bajas de conducir --el corto plazo-- no siempre se corresponden con los resultados que a mediano y largo plazo --desde las luces altas-- se encuentran.

Lo anterior es pertinente porque no resulta impertinente, ni es solamente la frustrada reivindicación de éxito del anfitrión, la afirmación del presidente Santos, de Colombia, que la Cumbre de Cartagena no fue un fracaso porque se pudo discutir sobre diversos temas. Todos los mandatarios, dijo, “coincidimos en la necesidad de analizar los resultados de la actual política (contra las drogas)… y de explorar nuevos enfoques…”

En verdad, nada volverá a ser igual que antes de Cartagena en cuanto a la lucha contra el crimen organizado en torno a las drogas. Esta Cumbre puso las luces --como en 1992 la Cumbre de la Tierra sobre el cambio climático-- sobre las limitaciones de la estrategia exclusivamente represiva iniciada por el presidente Nixon de los Estados Unidos en 1971. Ya se venían alzando voces y propuestas sobre la búsqueda de una nueva estrategia, pero faltaba el escenario político adecuado. Cartagena, en cierta forma, lo dio.

* Economista