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Todas las edades poseen sus propias características y exigencias. Todas están marcadas por una misma o parecida lógica: Para que surja algo nuevo, es preciso que algo muera dentro de nosotros. El paso de la infancia a la adolescencia, de esta a la juventud, y así sucesivamente a la edad adulta y al envejecimiento, es un proceso de vida y muerte, de llegada y punto de partida. Cada edad comporta su propia crisis, y sin esta no hay crecimiento posible.

Uno de los recursos que dan consistencia a nuestra vida, consiste en que existe un “Yo” duradero, único e intransferible que da continuidad, que se mantiene fundamentalmente intacto e idéntico a través de las fases cambiantes de la vida. El “Yo” no se ha perdido por el camino, sigue siendo el sujeto y protagonista de su historia.

Ahora, los años se me van quedando atrás y me pongo a pensar, aún sin quererlo, en los años que me quedan. La vida camina inexorablemente hacia su término y mi mirada se fija en las nubes de la última cumbre que parecía tan lejana, y ahora de repente se asoma incómoda a dibujar el molesto pensamiento de que los años que me quedan de vida son ya probablemente menos de los que he vivido… ¿Será así?

Mis fuerzas ya no son las de antes, mi memoria falla, los pasos se me acortan sin sentir, y los sentidos van perdiendo la agudeza de que antes me vanagloriaba. Pronto necesitaré la ayuda de otro y solo pensar eso me entristece. Cada vez queda menos gente a mi lado con quien compartir ideas y expresar opiniones.

El día que me veas mayor y ya no sea yo… ten paciencia e intenta entenderme. Cuando coma, me ensucie; cuando no pueda vestirme: ten paciencia, recuerda las horas que pasé enseñándotelo. Si cuando hablo contigo repito las mismas cosas mil y mil veces, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño, a la hora de dormir, te tuve que explicar el mismo cuento hasta que entrabas en el sueño.

No me avergüences cuando no quiera ducharme, ni me regañes; recuerda cuando tenía que perseguirte y las mil excusas que inventabas para que te bañaras. Cuando veas mi ignorancia sobre las nuevas tecnologías, te pido que me des el tiempo necesario y no me mires con tu sonrisa burlona.

Te enseñé a hacer tantas cosas… comer bien, vestirte bien, y cómo afrontar la vida; muchas cosas son producto del esfuerzo y la perseverancia de los dos.

Cuando en algún momento pierda la memoria o el hilo de nuestra conversación, dame el tiempo necesario para recordar; y si no puedo hacerlo, no te pongas nervioso, seguramente lo más importante no era mi conversación y lo único que quería era estar contigo y que me escucharas.

Si alguna vez no quiero comer, no me obligues; conozco bien cuando lo necesito y cuando no. Cuando mis piernas cansadas no me dejen caminar, dame tu mano amiga de la misma manera en que yo lo hice cuando tú diste tus primeros pasos.

Y cuando algún día te diga que ya no quiero vivir, que quiero morir, no te enfades; algún día entenderás que esto no tiene nada que ver contigo, ni con tu amor, ni con el mío. Intenta entender que a mi edad ya no se vive, sino que se sobrevive.

Algún día descubrirás que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ti, y que intenté preparar el camino que tú debías hacer. No debes sentirte triste, enfadado o impotente por verme de esta manera. Debes estar a mi lado; intenta comprenderme y ayúdame como yo lo hice cuando tú empezaste a vivir.

Me estoy haciendo suspicaz, no entiendo lo que otros dicen, ni siquiera oigo bien, y me refugio en un rincón cuando los demás hablan , y en el silencio cuando dicen cosas que quiero entender me molesto. La soledad se va apoderando de mí. La enfermedad que no tiene remedio. La marea baja de mi vida. El peso del largo pasado, lo vivido. La vecindad de la última hora. Tonos grises del paisaje final.

“Me da miedo pensar que, de aquí en adelante, el camino no hará más que estrecharse y no volverá a ensancharse jamás. Tengo miedo de caer enfermo, de quedarme inválido, de enfrentarme a la soledad, de mirar cara a cara a la muerte. Me vuelvo a ti, Señor, tú eres el único que puede ayudarme en mis temores y fortalecerme en mis achaques”. (Carlos G. Vallés S.J.)
* Licenciado en Comunicación Social, UCA
alvaroruiz25@yahoo.es