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Cuando un adversario político muere, las diferencias ideológicas o políticas no mueren, en la medida que subsista la necesidad de aclarar o de combatir en el seno de las masas la influencia del programa, de la visión o de la línea política defendida o impulsada por tal adversario.

Para quien tiene una militancia consecuente, las relaciones personales y el juicio personal, es absolutamente secundario respecto al juicio político, respecto al análisis de la posición ideológica y, aún más importante, respecto al análisis del programa político y de la línea de acción de masas que un adversario adelanta en el contexto de una situación política concreta.

Gioconda Belli, en un artículo de opinión publicado en la edición del 3 de mayo de El Nuevo Diario, demuestra que no tiene idea alguna que se deba analizar las posiciones políticas, para juzgar la magnitud de los cambios en las personas. Ella escribe:

“Lo que me queda de Tomás es un recuerdo de cariño”.

Si un hombre antes luchaba, aunque sea de manera subjetiva, en contra de una dictadura militar, y luego sostiene y ayuda a la consolidación de un régimen profundamente burocrático, de carácter absolutista, para adelantar un programa económico neoliberal, el cambio es mucho. Y no se puede tener cariño por alguien a quien, a la vez, se combate como dirigente consciente de un sistema absolutista y corrupto.

Gioconda, por último, escribe algo que racionalmente resulta enigmático:

“Yo entendía su necesidad de no quedarse solo, de seguir siendo quien era en el FSLN, aun si eso representaba convertirse en una figura para quien la historia debía suplir un presente insuficiente con los méritos del pasado”.

¿Esto quiere decir que era un oportunista, capaz de apoyar un gobierno absolutista y corrupto con tal de permanecer bajo los reflectores que ofrece el poder? Es un juicio terrible, un comportamiento vanidoso, que Gioconda, sin embargo, entiende, casi, como normal.

Concluye Gioconda con una reflexión cuasi religiosa:

“¿Quién puede, de quienes vivimos esa época, decir que llegó a vivir y ser el ideal de persona que soñó?”. La participación política, coherente, fundamentada en principios, Gioconda la reduce a sueños, a un ideal de la propia persona. Esto, que se parece más a una concepción cristiana, de perfeccionamiento personal de acuerdo a pautas morales, no tiene nada que ver con cambios sociales, decididos en luchas insoslayables de parte de quienes enfrentan las consecuencias marginales en sus condiciones de existencia, a causa de un sistema de producción explotador que promueve la inequidad y los privilegios. Las luchas sociales y políticas no tienen nada que ver con sueños e ideales personales, sino, con principios políticos de conciencia colectiva.

Luego, Gioconda dice un despropósito mayúsculo:“Su frase aquella “implacables en el combate y generosos en la victoria”, quedó resonando en la memoria colectiva como una frase de alguien de la estatura del Che”.

¡Qué disparate! La estatura del Che no consiste en decir frases, sino en ser alguien extraordinariamente consecuente. Contrario al comportamiento que recién ha descrito Gioconda; el Che fue alguien alejado de los privilegios del poder y de la vanidad personal. Fue un luchador sencillo, valiente, capaz de enfrentar sus propias limitaciones físicas -como el asma- en condiciones penosas, en la manigua guerrillera, sin más reflector que la luna bajo la cual fumaba su pipa después de una jornada de fatiga por la espesura de la jungla boliviana.

Por lo demás, la lucha política y social no es implacable ni es generosa. Debe ser valiente y consecuente, en cualquier circunstancia. La victoria –para los trabajadores, no para los burócratas- no indica más que el cambio cualitativo de una forma hacia otra forma de lucha. Dice Gioconda:

“Tomás fue el gran orador silenciado de la Revolución y se le negó la tribuna porque desde ella él podía hacerse amar y eso era peligroso para quienes querían autoridad, pero no poseían el encanto para forjársela”.

La autoridad en una revolución no se forja con encanto, sino, con análisis preciso de la realidad, para forjar la táctica correcta en cada circunstancia. Un orador se vuelve un retórico vacío si no sabe más que apelar a la emoción. No hay una sola línea de Borge de análisis económico, social o político de la realidad. No hay un solo llamado a la acción de masas que se corresponda con una práctica consecuente para forjar una conciencia social independiente. Hacerse amar es un fin burocrático, de alguien que persigue la prevalencia en el poder personal.

* Sociólogo