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No sé si es el tiempo con su gabardina amarilla y sus largas botas el que se acostumbra a los marañones y deja la tortilla para más tarde.

La soledad es el anzuelo con las piernas abiertas y desnutridas. Un palomar que no se envuelve de neblina, ni se complica la vida echando a andar palabras sudadas. Un collar de perlas abandonadas en el callejón de un suspiro muerto, eso también dicen.

Oigo gritos y oigo orejas sobre la calle de una voz desde dentro e inoportunamente. No es milagro ni sendero de juicio. No es suelo. No es sueño. No es plumaje.

Aquí están los relojes amargos. Los geranios y el fuego de la culpa. La verdad debajo del puente y el pintalabios con el rostro más triste.

Reviso papeles y no sé si me escuchas. No sabrás si regreso o desde siempre me he ido.

Carteles pequeños en verdades desnudas. Baúles. Libros en la mitad de una noche. El frío como la gota de calma.  No sos vos. Aquí se calienta el tiempo. Se mojan los pañuelos en tu mejilla. Ella. Alguien desde su paraíso de París se cruza sobre una carta mojigata y desdeñada.

Esta noche no quiero habitar peldaños. Me divido entre pergaminos y tibios albures. No hay nada que enfrentar. La solidaridad es un inventario de ayuda. La conciencia hace muecas y la soledad es otra mujer olvidada. No tengo excusas. ¿Por qué?

En las páginas de todos los días, se lucha para alcanzar los ruidos de un milagro.  La poesía se toma las primeras planas de todos los periódicos del mundo. La poesía y el periodismo en  todos los rincones arrebatados a la belleza.

En un afán de locura y suerte de hombros al mediar entre la noche y la lluvia. La poesía en su levadura de estrellas. En su concierto concitó un limbo hirviendo en la mirada. Nadie recuerda nada. Un hijo de mundo confundido en un mendigo apasionado.   

Puedo salir de mi frente con un poema llevando en  brazos a la memoria. Al intrigante drama de los techos esfumados por el alma solitaria. Aunque todo parece detenerse. Y ahora mi familia: mi hijo, mi madre, unos tantos libros sin estricta alcurnia; la sorpresa, el asueto ininterrumpido, los amigos, Matagalpa, el perro y el aeropuerto. Y siempre la pregunta: ¿Cómo afirmarme sobre un volcán? ¿Dónde me escondieron el castillo? ¿Dónde está la piel de la luna?

El que sigue está en la sombra. La ciudad como desierto y sangre. El aire pesado, incienso, que no llega a ninguna parte. Y sin pensarlo más, siempre desierto.

Recordar la Olivetti con sus pequeñas travesuras que comentan entre dientes y misterios. Con sus muertes de papel mojado en la penumbra. El rodillo inmolado al traqueo de las palabras que nunca han contado sus historias.

Una canción de Johnny Nash abre mi garganta como una ventana ansiosa. Mil banderas abren paso en los periódicos y puedo ver al cantante negro, que se obsesiona con un viaje caluroso a la inmortalidad y se enternece con un ramo de flores para la mujer que lo traiciona.

No se puede ocultar el silencio cuando el corazón es abatido.  El ocio entrampado como una melancolía que duele cuando hablo y cuando recuerdo el amor sobre tu nombre.

* Poeta y periodista