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Y yo que no creía en los espíritus, últimamente, recibo la visita de uno burlón que no se aparece físicamente sino en forma de recuerdos que tengo que contar, en un intento iluso de descubrir, como el niño de El Sexto Sentido, lo que quiere decirme.

La escena solía repetirse más o menos con el mismo guión. Mi abuela había sido hija de un alto cargo y su familia siempre había ocupado “una posición acomodada”. A mí me tocó vivir la ruina posterior. Pero el caso es que ella conservaba aquella despreocupada alegría de la gente que ha vivido sin preocuparse en exceso por el dinero. Había sido muy hermosa. Y en las fotos de joven se parecía a las actrices de Hollywood de su época. Había nacido en 1914 y había sobrevivido a tres guerras, pero nunca perdió la coquetería de saberse bella, y la espalda más recta del mundo.

No sé cómo lo lograba. Le salía con una naturalidad envidiable. Daba igual que estuviera sentada en un sofá confortable, o en una silla, o en el tronco de un árbol. Siempre adoptaba la misma postura, con las rodillas juntas, las piernas ligeramente ladeadas, las manos sobre los muslos, y aquella espalda recta que le realzaba la figura.

Ella nos decía, aunque no sé si era cierto, que lo había aprendido bebiendo sopa. Su padre, que les dio educación militar, hacía que sus hijos bebieran sopa con la espalda recta para que aprendieran a llevarse la cuchara a la boca y no la boca a la cuchara, sin derramar una sola gota.

Parece que junto a la mesa, apostaba una rama larga y delgada con la que amenazaba la pequeña espalda que intentara claudicar.

Como era tan presumida, no aceptaba que había perdido agudeza visual a partir de los 70 años. Le gustaba leer novelas de misterio y coser hilo fino de croché, en un estilo que ya se ha perdido.

Cada vez lo hacía con más dificultad, pero culpaba de ello a la falta de iluminación natural que había en el apartamento en el que vivíamos. Igualmente, cuando se tropezaba, o perdía cualquier objeto en la mesa o en el suelo, se quejaba: “¡Aquí hay muy poca luz!”. Yo le daba la razón y buscaba el objeto y se lo entregaba. Ella lo recibía siempre con el mismo asombro y me decía que no había nada más importante que eso, “que Dios te conserve la salud y la buena vista”.

En una entrevista al escritor argentino Jorge Luis Borges, se le preguntó sobre la felicidad, y este contestó que la descripción de felicidad dependía del momento de la vida. Si se lo hubieran preguntado cuando era joven, contestaría algo muy diferente, pero si se lo preguntaban entonces, estando ya ciego, la felicidad consistía en volver a ver un atardecer durante un minuto, sólo eso.

Cuando el cuerpo pierde la salud, pongamos un simple dolor de estómago, todo se desvaría por completo. Cambia la visión del mundo, las prioridades y opiniones que uno se forma. Sé bien lo que digo porque he pasado dos semanas con el estómago maltratado y el mundo ha tardado en volver a parecerme normal. Y sin embargo, no hay cosa más fácil de olvidar que el dolor físico. No así el de la memoria, ni la pena, ni el daño emocional. Pero el cuerpo apenas tiene memoria para pequeñas y medianas heridas.

Un superviviente de un campo de concentración nazi, explicó que a él, tras su liberación, le bastó con un par de cenas con buenos platos y buenos caldos para que su cuerpo, a pesar de la extrema delgadez y otras evidencias, olvidase los largos meses de privación y tortura cercana a la muerte. Incluso culpaba a su cuerpo de ser un arrogante. De la memoria no se le borraría nunca el miedo, la tristeza, la soledad de haber estado al borde. Pero el cuerpo sano se volvió arrogante.  

En el caso de mi abuela, creo que ella ejerció la misma resistencia de su espalda ante la pérdida de visión y otros problemas. Culpaba a la falta de luz natural, o a que le cambiaban las cosas de sitio, pero trató de seguir leyendo con dificultad, casi sin ver nada, resistiéndose a inclinarse sobre el libro, como si su padre aún estuviera sentado a la mesa advirtiéndole con una rama.

Aquella soberbia debió de hacerle sufrir mucho, y cuando ya no pudo más, se le fue apagando la memoria y se refugió en un limbo infantil, y empezó a jugar con las cosas sin ninguna obligación, como los niños. Murió poco después de perder la memoria, sin inclinar la espalda, tratando de ser la misma, aunque tuviera que volver a ser la misma que era cuando era niña.

Un simple estómago sucio, o un accidente grave te pueden arrojar a la cara una verdad tan simple como constantemente olvidada: que probablemente hay pocas felicidades en el mundo como la salud y la buena vista. Pero que también la dignidad se pone a prueba en el sufrimiento, y hay quienes, ante el dolor, sonríen con la espalda erguida. Y por esa imagen asocio siempre la dignidad a la alegría.

A ese espíritu burlón lo oigo siempre en su risa. Una risa que abriga mucho cuando el reloj da frío.

sanchomas@gmail.com