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De alguna manera, y a partir de claras diferenciaciones y enfoques entre unos y otros según intereses de diversa índole, los mayores países contaminantes del planeta afirman pretender reducir los gases de efecto invernadero, pero los hechos indican que terminan escudándose en sus necesidades nacionales para no hacerlo.

Entretanto, la población de diferentes puntos del planeta continúa sufriendo los efectos del cambio climático. A manera de ilustración, la amazonia, considerada como el pulmón del mundo y que cuenta con el 25% del agua potable del planeta, sufrió el año pasado su peor sequía en un siglo. Seis años antes, en el 2005, las lluvias asociadas a vientos de 140 kilómetros por hora habían arrancado unos 663 millones de árboles.

En 1972 se llevó a cabo la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio
Ambiente Humano en Estocolmo. Fue una conferencia histórica en tanto posibilitó una discusión abierta y global sobre temas medioambientales. Por primera vez se abordó el tema de la necesidad de algunas normas entre países sobre la contaminación del aire.

La “Cumbre de la Tierra” de 1992 en Río, fue un magno evento. En ella se establecieron tres convenios, incluyendo acuerdos para proteger el medioambiente. Estos fueron la Convención sobre Cambio Climático, sobre Diversidad Biológica y sobre el Combate a la Desertificación. Sobre los dos últimos no se avanzó prácticamente en nada. La primera sirvió de marco para el Protocolo de Kyoto con los consabidos resultados. Un logro sustancial fue que de manera explícita la agenda incorporó el concepto de que el desarrollo sostenible tenía que ser parte de la promoción del desarrollo, que la erradicación de la pobreza era parte del proceso y se estableció que no obstante la responsabilidad de todas las naciones del mundo de proteger el medioambiente, las naciones ricas que habían hecho más daño al medio tenían un tipo diferente de responsabilidad que los países en desarrollo.

La Cumbre de fines de junio se dará en circunstancias muy particulares: un contexto internacional marcado por la prolongada crisis financiera y tensiones en diversas partes del globo (Medio Oriente, Península Coreana, por mencionar sólo algunos). Hay quienes consideran la coyuntura como el pretexto ideal para restarle importancia, y no faltan quienes aducen que no es el momento para instalar nuevos mecanismos o firmar nuevos tratados. Nosotros compartimos esta última intención. Hay suficientes acuerdos firmados, se trata de alcanzar consensos mínimos para progresar en la negociación internacional sobre Cambio Climático que conduzca gradualmente a resultados concretos. Río+20 podría ser el escenario adecuado por lo grave de la situación. El Protocolo de Kyoto, no ratificado ni por los Estados Unidos ni por China, expira a fines de año sin que se sepa algo sobre su eventual continuación.

Aunque en el nivel global las negociaciones patinaron, es innegable que hubo modestos avances. Los veintisiete países europeos se han comprometido a reducir sus emisiones en un 20% antes del 2020 y parecería que la meta es alcanzable. No obstante aumentarla a un 30% es más que deseable. Según los expertos del Grupo Intergubernamental sobre la Evolución del Clima (GIEC), los países desarrollados deberían reducir sus emisiones en un rango entre 25% y 40% de aquí al 2020 y de 80% de aquí al 2050. Pero aquellos sólo se han comprometido a una disminución de entre 12% y 16% en el periodo. Así, no hay mucho que esperar como resultados tangibles de Río+20 que no sea constatar nuevamente la ausencia de voluntad en las élites económicas y políticas de los países mayoritariamente responsables para enfrentar el recalentamiento global.

A lo más que se podrá llegar es a abordar el tema de la reforestación y de la puesta en marcha de mecanismos de adaptación.

Nos permitimos dudar que se logre un acuerdo sobre un régimen jurídico internacional u otro acuerdo vinculante que entre en vigor después de 2012 dada la ausencia de señales claras. ¿Entonces, todo seguirá igual? De ninguna manera, todo indica que empeorará. Ilustremos esta aseveración con los contundentes propósitos del filósofo sueco Nick Bostrom. Formado en Física, en neurociencias y en filosofía de las ciencias, Bostrom ha trabajado el concepto de riesgo existencial en el sentido de un escenario de catástrofe que conduce “sea a una destrucción total de toda vida inteligente sobre la Tierra, sea a una parálisis  permanente de su potencial de desarrollo”.

Managua, 7 de mayo de 2012