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La persona se construye en interacción con el cambio natural de su entorno. Una buena educación, proceso de construcción social, aporta propuestas de cambio al desarrollo de la persona proveniente de cuatro rutas que interactúan sistémicamente: Primero, los contenidos educativos pertinentes con las necesidades de cada educando; segundo los aportes que recibe de la sociedad educadora; tercero, el afluente de valores y saberes que aporta la familia y, finalmente, lo que la propia persona construye integrando estos afluentes a sus potencialidades innatas.

Tales propuestas de cambio concurren a través del hecho educativo formal, no formal o informal, beneficiando a cada persona en proporción con su capacidad de  asimilar aprendizajes constructivos y desestimar corrientes negativas. Pero la persona ejerce roles dinamizadores o retardadores frente  estas dinámicas de cambio. Aún con esta idea de cambio, la naturaleza humana suele resistirse a aceptar aquello que no confirma su experiencia. Gaston de Bachelard, gran epistemólogo, afirma al respecto: “Llega un momento en el que el espíritu prefiere lo que confirma su saber a lo que lo contradice, en el que prefiere las respuestas a las preguntas. Entonces el espíritu conservativo domina y el crecimiento espiritual se detiene” (“La formación del espíritu científico”, 1991).

La historia de nuestras instituciones educativas evidencia que, ante desafíos y retos planteados por el país, las respuestas son leves o retardadoras. Ello se relaciona directamente con las limitaciones personales de quienes dirigen y desarrollan la educación, en tanto más que escuchar las voces de la sociedad, se esconden en la comodidad de sus escaños y el miedo a tomar decisiones, refugiándose en la seguridad de hacer más de lo mismo. Posiblemente sea factor de esta cultura de rezago y comportamiento acrítico, la formación tradicional recibida y su falta de actualización, con débil capacidad reflexiva, crítica y autocrítica. Desde este terreno cómodo y utilitario se renuncia a la vocación de cuestionar y criticar concepciones y prácticas que ha de caracterizar a toda institución educativa inteligente, empeñada en cambiar y transformar sus maneras de pensar y activar la educación.

En correspondencia, la historia educativa del país muestra la debilidad de nuestras instituciones educativas al sobrevalorar los resultados y éxitos, ocultando los problemas. Tal actitud torpe e irresponsable suele responder a una visión ideológica y política centrada en intereses subjetivos alejados de lo que el país demanda. Esta práctica seguida en diferentes administraciones responde a la lógica implícita de que transparentar la información educativa, cuando no es positiva, dañaría al gobierno y administración de turno. Por el contrario, informar la realidad con sus problemas y logros, nudos críticos y potencialidades, ennoblece a quien dirige la institución educativa y a la educación misma, al brindar  oportunidad de potenciar los logros y superar las carencias.

Esta cultura del subterfugio en datos e informaciones educativa ha hecho que, durante muchos años, se esconda y deforme la realidad educativa, disimulando o encubriendo los problemas, hasta el punto de crear dos mundos educativos, uno virtual, el de las administraciones, y otro el de la realidad, realidades paralelos que no se encuentran.

En tanto no se develiza la problemática educativa con la transparencia debida, todo análisis de la realidad educativa se entorpece y deforma, impidiendo que las políticas educativas respondan realmente a la vida concreta de la educación del país, generando representaciones mentales falsas sobre la misma. Esto explica que, por ejemplo, problemas tan elementales y profundos del país, como el aprendizaje de la lectoescritura y de las matemáticas, desde el nivel de la educación básica, se hayan ocultado durante años, con las tristes consecuencias que de ello se derivan; en la misma tónica, durante varias décadas se ocultó que los niveles de analfabetismo volvieron a reeditarse, mostrándose varias administraciones sordas y mudas a tal problemática. En tanto se esconde la realidad educativa en sus problemas, éstos nunca se logran superar, más bien continúan incrementándose como una “bola de nieve” que cuanto más se desliza más se agranda.

El currículum en sus competencias y contenidos, orienta formar en el espíritu crítico y el cambio. La respuesta que se esperaría de docentes y estudiantes es la exigencia de mayor calidad educativa, cuestionando su pasividad ante el cambio educativo. Muchos docentes en las distintas administraciones han demandado mayor autonomía, participación, oportunidades para aportar al cambio, pero su actuación crítica ha sufrido rechazos. Abrir los centros educativos al pensamiento crítico, activar en ellos la inteligencia colectiva, reflexionando críticamente sus prácticas, en ello reside la clave para que los caminos de la calidad se empiecen a caminar. Aspiremos a la calidad a partir del cuestionamiento inteligente.


*IDEUCA