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Vivimos en una realidad electoral que es materialmente bipartidista. Sabemos bien que lo formal ha sido convertido en pura fachada. De ahí que nadie pueda seriamente afirmar que los trocitos de partidos que pululan “sueltos” sean una opción política viable. Pende sobre ellos, además, la amenaza de perder su personalidad jurídica según mandato de la Ley Electoral Ortega-Alemán.

El nuevo bipartidismo, forzado por las reformas del pacto y el control absoluto del orteguismo sobre el Consejo Supremo Electoral, es la reedición de las paralelas históricas denunciadas en su momento por Carlos Fonseca Amador, sobre las que se sostuvo la dictadura somocista por más de cuarenta años.

Sabemos también que nos aproximamos a una tercera oleada electorera de graves irregularidades y denuncias de fraude, precedidas por la amplia experiencia de las elecciones municipales de 2008 y las presidenciales de 2011. Nada en la terrenalidad de nuestra política criolla hace indicar que nuestro sistema electoral vaya a cambiar, por más que el gobierno haga amagues de “reforma electoral”, ni por más que la Alianza PLI intente convencernos que no quiere negociar otro pacto asociado con los múltiples cargos vencidos de funcionarios públicos, incluidos los ilegales magistrados del Consejo Supremo Electoral que aún no nos dan los resultados junta por junta de las elecciones de 2011 en que ilegalmente fue reelecto el comandante Ortega. Peor aún, por increíble que parezca, seguimos esperando los resultados junta por junta de las elecciones de 2006 y 2008.

Tanto el FSLN como la Alianza PLI se encargaran de imponerle a la ciudadanía el “deber cívico de escoger entre lo que existe”, o lo que es lo mismo, la responsabilidad “democrática” de prolongar el nuevo bipartidismo, las nuevas paralelas históricas del siglo XXI, impidiendo el desarrollo de la pluralidad política, la conformación de opciones de izquierda y la disputa política desde la democracia real.

En esa lógica nefasta de circunscribir el mundo de la política a lo que está dado, nos imponen el calendario electoral como camisa de fuerza que delimita el compás de la política nacional. Construyen la realidad y la verdad en torno a los intereses de sus cúpulas partidarias y la danza electoral desacreditada por ellos mismos. “No nos representan”, gritan desde las plazas y barrios movimientos como el 15M en España. No debe sorprendernos que paulatinamente se consoliden en Nicaragua cuestionamientos a esta falsa representatividad política. Porque la gente piensa, también se cansa, y también lucha.

Confieso que yo vivo en el pecado. No comulgo ni con dios ni con el diablo. No creo en ninguno de los partidos políticos que existe en Nicaragua. Cada nueva trama política que se publica en los periódicos me hace ratificar que tenemos la urgencia de consolidar nuevas organizaciones políticas que surjan de una potente crítica al estado de cosas en mi país. Si los empresarios y el gran capital se sienten representados, hay miles de ciudadanas que no. Si las iglesias ya tienen candidato, miles de jóvenes no. Si los sindicatos tienen a su caudillo, miles de trabajadoras no.

Hay quienes afirman cínicamente que sólo se puede criticar un partido si se está dentro de él, o si se lucha “desde dentro para mejorarlo”, como si en alguno de esos partidos existiera respeto a la disidencia, a los cuestionamientos críticos o a la conformación de tendencias. Como si no estuvieran hegemonizados por caudillos. Como si el dedazo no fuera el “mecanismo democrático” por el que definen sus puestos de dirección y candidaturas. Como si se preocupasen por formar nuevos liderazgos jóvenes y potenciarlos.

Tan grave es la situación como que la juventud sandinista organiza un Congreso solo para afirmar -con toda su convicción- que no van a aspirar a ningún puesto político o candidatura dentro del FSLN, sólo para que la sabiduría de los Ortega-Murillo se derrame sobre el partido. Es penoso. Pero estos son los partidos que existen.

En Nicaragua hay una auténtica crisis del sistema de partidos y del sistema electoral, acompañado de una crisis en la conciencia política ciudadana. Es justo ahí donde tenemos que trabajar quienes pensamos políticamente fuera del nuevo bipartidismo.

Solo nos queda un camino: organizarnos, luchar para cambiar el sistema político y abrir cauces para procesos políticos plurales en los que se pueda pensar diferente, discutir, opinar, participar, ser ciudadano.

En palabras del cantor uruguayo Daniel Viglietti, confió en que “una gota con ser poco, con otra se hace aguacero”.


*Abogada
monicalopezbaltodano@gmail.com