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El primer contacto que tuve con Tomás fue cuando aún luchaba desde la clandestinidad. Yo era un militante recién llegado a “La Pulpería”, como decíamos en el argot de la época. El me mandó a llamar. Sin embargo, decidí no asistir: “Tomás no se cuida –aseguró mi correo. Lo han visto en diversos sitios de Managua”. A  los pocos días, el dirigente fue capturado en Camino de Oriente.

Torturado por la guardia y aislado en una celda, inició su huelga de hambre. Nos movilizamos en demanda de su libertad. En aquellos años, a raíz del terremoto, mientras  mis canciones “legales” sonaban en las radios, escribí mis primeras trovas “clandestinas”.

Y cuando en las calles aparecían los temibles “becats”, los pobladores  entonaban Panchito Escombros o La María de los Guardias. Así nacieron: La Tumba del Guerrillero, Las Campesinas del Cua, No se me raje mi compa y, por supuesto, La Consigna, que estrené con Guayo González.

  –¿Qué podés improvisar para Tomás? -me preguntó el dirigente Chico Meza, mientras esperaba mi turno para subir al escenario. Y me acordé de un poema de Pablo Antonio Cuadra que aparece en los Cantos de Cifar: Tomasito, el cuque. Versos dedicados  a un humilde chavalo, cocinero del vapor Victoria, durante la guerra civil.

“¿En qué lancha las llevaron? contesta Tomás contesta… ¿Quiénes llevaron las armas?, cabrón. Contesta, Tomás..! Pero no habla Tomás. Qué huevos de hombre, no habla. Ya nunca hablará Tomás…!”. Muchos creyeron que la canción era para el prisionero sandinista. En ese contexto, fue para él.

Mi encuentro con Tomás ocurrió en enero de 1979, en Panamá, en casa de Margarita Remón. Fue un momento emotivo. Le pedí disculpas por no acudir a la cita clandestina. –Carlitos–dijo-, esa es historia antigua.

Desde que iniciamos aquella larga conversación, que se prolongó hasta las cuatro de la madrugada, me di cuenta que nacía una amistad para toda la vida. Tocamos muchos temas. Sobre todo,  la necesidad de escribir: el Himno del FSLN y el homenaje a Carlos Fonseca. Y fue enfático en decirlo: “Mucha gente quiere matar la memoria de Carlos. Tenés la responsabilidad de que su vida y su gesta sean valoradas por las nuevas generaciones”.

Dicho en buen nica,  no “agarré la vara”; pero sí asumí el reto con absoluta seriedad. En cuanto al himno, debía llevar el eje toral  de la GPP: “Al canalla opresor enterraremos/ en la propia montaña quedará”. Esa estrofa cambió con la fusión de las tres tendencias  y así nació EL HIMNO DE LA UNIDAD SANDINISTA.

Una tarde, en Panamá, recibí una llamada sorpresiva. Imposible confundir la voz  incisiva de Tomás:

-Camilo, soy William. ¿Cómo va el himno? Estoy en París y me siento ansioso por conocer la letra y la música.

Se la canté por teléfono. Después de una larga pausa, me dijo: ¡Ve! Te luciste, pero hace falta un detalle: el “toquecito anti-imperialista “. Entonces agregué la frase: Luchamos contra el yanke, enemigo de la humanidad.

Tomás fue mi amigo en todo momento y circunstancia. Me honró con una amistad sin fisuras a lo largo de estos 35 años. Cuando el director de una emisora sandinista –que en ese entonces poseía un poder inmenso-  lanzó contra mí una montaña de calumnias, fui a buscar solidaridad a las estructuras del partido. Incluso, puse mi denuncia ante el Comité de Ética. Todos se lamentaron en silencio y me aconsejaron quedarme callado. Sólo Tomás elevó su voz y dijo textualmente:

-Nadie en este país tiene derecho a echar miasma y lodo sobre la honradez sin mácula de Carlos Mejía. Es más: meto las manos al fuego por su integridad a toda prueba.

Gracias, Tomás, por tu lealtad, en las duras y en las maduras.

*Artista