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Cuando estoy en Caracas, dedico los domingos a mi pasión: la música. Asisto por las mañanas a conciertos, sea solo, con mi nieto o algún amigo. Esta peligrosa ciudad tiene también otra cara amable, aquella de la cultura. Los fines de semana ofrece galerías de arte, teatro del mejor, festivales de cine mundial, museos, espectáculos de baile, propuestas de artistas internacionales del canto popular, y entre otras variadas actividades, grandes conciertos de música académica, que también llamamos clásica.

No olvidemos que Caracas es la sede del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, organización musical fundada hace más de 30 años, que ha generado exitosamente centenares de orquestas sinfónicas y grupos corales diseminados por toda la República y con tal acierto, que fama ha alcanzado en el mundo. Su metodología es hoy usada en muchos países, inclusive europeos.

Este 13 de mayo de 2012, Día de las Madres, tuve una experiencia extraordinaria y quiero relatárselas. Pues resulta que concluyó el Festival Europeo de Piano 2012, con espectáculo presentado en el teatro sede de la organización, Sala Simón Bolívar. Fila de una hora tuvimos que hacer, no me arrepiento. Participó la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, Coro Sinfónico Juvenil Simón Bolívar, Coro Infantil del Núcleo San Agustín (de un barrio problemático caraqueño) y cuatro invitados de renombre internacional.

La sala tiene cierta acústica donde el micrófono es sacrilegio. Fue diseñada para el lucimiento a capella de las orquestas e inaugurado hará unos cuatro años. La distribución de las sillas, mejor no puede ser. Cada butaca tiene un diseño diferente en su forro. El cielo acústico parece de ciencia ficción, impresiona. Tiene lujo discreto de mucho gusto. El ambiente, cuando lleno, me hizo sentir en el Metropolitano de Nueva York y a las 11:00 a.m.: ¡bungún!

Abrió la Sinfónica Simón Bolívar con el español Manuel de Falla (1876-1946) y su Noches en los Jardines de España, Impresiones Sinfónicas para Piano y Orquesta. La donostiarra pianista Judith Jáuregui, de escasos 27 años, bellísima y de cuerpo escultórico, más una melena rubia que jugó con los acordes y su rítmico sentado cuerpo se embolsó al público, pues sus solos de piano hacían vivir imaginarios paseos por bellos jardines españoles. ¡Primera vez que sonaba en mis oídos, qué placer! Tres veces salió a escena, abrumada por aplausos y hurras. Reapareció con una filigrana pianística dedicada a las madres.

Después de un intermedio, vino la apoteosis: Carmina Burana, creada por Carl Orff (1895-1982) en 1937. Aquí la Sinfónica se reforzó para un total estimado de 100 músicos, más 200 integrantes de los dos coros referidos. El joven criollo Diego Matheuz, dirigió. Participaron de cantantes solistas la soprano venezolana Mariana Ortiz, el estadounidense contratenor Brian Asawa y el barítono ruso, Rodion Pogossov. El romance y el rítmico percusionar de la obra nos dejó sumidos y admirados. Demasiado majestuoso el total de una hora y algo. No creo haber jamás experimentado tanta excelencia, y eso que modestamente he rodado. Cinco minutos duró el primer aplauso y siguió el plá, plá…

Al salir le pregunté a mi niño nieto Sebastián Francisco, que ido estuvo, qué le había parecido. ¡Viva la música!, contestó. Tomamos el metro a Chacaíto, donde estacionado habíamos dejado el automóvil. El silencio nos invadió a los dos, estábamos reponiéndonos, en camino a celebrar con su mamá, el día maternal.

Caracas, 13 de mayo de 2012

* Ingeniero y musicólogo