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Las relaciones personales entablan dentro de su configuración, es decir, en su estructura, una relación que por proporción contiene una relación desigual. La desigualdad conforma su característica a partir de utilizar las diferencias, ya sean estas sociales, económicas, étnicas, entre otras; con el fin de categorizar las posibilidades que cada uno de nosotros podemos poseer. La desigualdad entonces es impuesta por otros.

El factor de la identidad cala de manera relevante dentro de estas relaciones, y por lo tanto, dentro del establecimiento de las desigualdades. Pero antes de hablar directamente de la relación entre identidad-desigualdad, preguntémonos: ¿cómo se constituye la identidad?

Las identidades pueden desarrollarse a partir de los otros, ya que es a partir del reconocimiento que se hace de los demás que cada grupo y/o persona, determina las proporciones que lo van a caracterizar como individuo o sociedad. Por lo tanto, la relación entre identidad-desigualdad queda marcada porque fija su interés en comprenderse a uno mismo partiendo de lo que se define primero de las demás personas.

Las relaciones de poder (como una particularidad de las diferentes relaciones existentes) coloca su principal interés en las desigualdades que existen sobre los grupos y las personas en que se ejerce el poder, como una manera de legitimar su sentido de superioridad.

Al ser el poder una capacidad obtenida y ejercida por una minoría, estos no toman en cuenta las particularidades de las personas y los grupos en donde ejercen su poder, que al final de cuentas es de quienes reciben en verdad la legitimidad del poder que ostentan.

Podemos preguntarnos entonces: ¿cuándo las relaciones de poder pueden utilizar los sentimientos para legitimar y continuar con el ejercicio de las desigualdades?

Los pocos que tienen el poder sobre las cosas y sobre las personas, entienden que sin estos últimos no pueden ejercer poder, por lo tanto, su interés se encuentra en contener las desigualdades como una manera de visualizar un fin para alcanzar.

Los sentimientos son parte de los seres humanos, y nos mueven hacia la realización de ciertas actividades que nos llaman la atención o que por fines nos interesa realizar. Utilizar los sentimientos con el fin de que las personas hagan cosas que nosotros queremos, ha servido de ejemplo desde la familia, la escuela, las relaciones de noviazgo, es decir, desde nuestras relaciones primarias.

Esta utilización de sentimientos coloca en una posición de incomodidad a una de las partes, la cual siente la necesidad de responder.

Pero estos intereses no son plasmados de manera independiente a una realidad social; nuestros intereses buscan fines sociales, en los cuales se nos fija de primera mano un interés por lo superior y por la dominación de los demás con el fin de vernos sobre los demás.

Sin importar de dónde venga el ejercicio del poder, la vida como la conocemos se encuentra llena de este tipo de relaciones en las cuales la utilización de los sentimientos es una herramienta de primera mano.

* Estudiante de Antropología Social