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A finales de los años 90, cuando el derrumbamiento del campo socialista dejó sin objeto algunas posiciones hasta entonces beligerantes en la política estadounidense, el New York Times prescindió de los servicios de uno de sus periodistas más famosos, Abraham Michael (A. M.) Rosenthal (1922-2006), un hombre que representaba los enfoques más tradicionales, tanto en el campo político como cultural.

Rosenthal tenía 56 años de colaborar con el diario y había alcanzado la más alta reputación periodística. En los últimos años de su carrera, tenía una columna que aparecía en la sección de Opinión, la más prestigiosa del medio. El New York Times no le informó en ningún momento sobre los motivos de su decisión. De acuerdo al propio Rosenthal, el editor general Arthur Sulzberger solo le dijo: “Es tiempo que te vayas”. Pero no fue ningún secreto para el periodismo estadounidense que Rosenthal se había transformado en alguien que no sintonizaba con la época.

Según los nuevos dueños de El Nuevo Diario, lo mismo ocurrió con el profesor Guillermo Rotschuh Villanueva, quien recientemente fue retirado del periódico, donde –igual que Rosenthal– escribía una columna, porque la misma no se adaptaba a las transformaciones que los propietarios están llevando a cabo. El respeto a la libertad de expresión no significa que no se puede prescindir de los servicios de quienes consideran no está acorde con los cambios que quieren generar en el periódico.

A mi juicio, sobre esta situación no se debió haber hecho jamás semejante batahola, que incluye expresiones ofensivas y a todas luces desafortunadas dirigidas a respetables profesionales intelectuales y personalidades de la banca, que un día decidieron salvar del colapso a un prestigiado medio de comunicación, como lo es El Nuevo Diario. El profesor Guillermo Rotschuh Villanueva tiene todo el derecho de estar descontento y de expresar su inconformidad. Sin embargo, como periodista y accionista de El Nuevo Diario, creo que el debate debe dirigirse a los cambios que los propietarios se han propuesto realizar en el rotativo.

No cabe duda de que el profesor Guillermo Rotschuh Villanueva es un comunicólogo reputado. No obstante, ser experto en comunicología –ciencia de carácter interdisciplinario que estudia los sistemas de comunicación humana y sus medios– no da licencia para creer que el gran debate sobre los medios de prensa deba restringirse a la participación únicamente de peritos con la experiencia teórica, que, debido a su acervo académico, consideren ilegítimo cualquier desacuerdo.

Decía Jean Daniel, periodista francés galardonado en 2004 con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, que el periodismo podía ser la mejor profesión del mundo, pero también la peor. Luego acotaba: “Los periodistas tienen un poder injusto. Medio mundo no dispone de libertad de prensa, pero los que la tienen, a menudo, la malgastan. Libertad quiere decir responsabilidad. El poder injusto que tienen los periodistas es la capacidad de entrometerse directa o indirectamente en la vida privada de las personas y hacer y deshacer reputaciones. Es el poder de agredir a alguien en aquello que le es más querido. Y esta es la peor cara de nuestro oficio”.

Lo que está sucediendo ahora alrededor de El Nuevo Diario parece una ilustración a esta opinión de Daniel. Ahora que el periódico cambió de propietarios, afloran argumentos de manipulación y sectarismo, se cuestiona la objetividad, la neutralidad y el pluralismo del diario y se ataca su política editorial.

Salvo que en esta ocasión el panorama y el país están cambiando. Los nuevos dueños de El Nuevo Diario y su cuerpo de periodistas y editores se han propuesto hacer un periodismo diferente, que llene las aspiraciones de sus lectores, introduciendo nuevos elementos en la agenda informativa, usualmente plagada de política y enfocada únicamente en lo negativo.

Según me comentaba uno de los propietarios, ellos están en un amplio proceso de cambios, porque quieren diseñar un diario que tenga sentido de la noticia y saber siempre qué le gusta al lector y cómo aportar a la construcción de nación. Esto se logra haciendo dos cosas importantes: otorgar libertad a los periodistas para expresarse y que tengan buenos ingresos. Por eso el debate que actualmente se está dando alrededor de El Nuevo Diario, nos debe llevar a aprovechar más el tiempo en discutir qué tipo de periodismo requerimos los nicaragüenses en la época actual.

Si bien los medios de comunicación no crean eventos sino únicamente informan sobre ellos, son un espejo selectivo. Deciden qué reflejar y desde qué ángulo. Entonces, el debate sobre el papel del periodismo debe incorporar la necesidad de adaptar los periódicos y preparar a los periodistas para los grandes desafíos de la comunicación en el siglo XXI. Cómo poder romper las reglas, desafiar lo establecido, innovar.

Cómo se deben de relacionar los medios con la sociedad, con el sector privado, con el gobierno, con las cooperativas y con el resto de actores sociales. De qué manera se practica el pluralismo, cómo lograr ser creíbles y el arduo trabajo que implica corroborar entre lo que se comunica, lo percibido mentalmente por los lectores y la realidad de los hechos.

Los periodistas responsables de Nicaragua nos debemos de apuntar a este debate, no para insultar ni descalificar a respetables personas que están o han estado detrás de este medio de comunicación. Que se abra la oportunidad para una discusión sobre el verdadero rol de los medios con un debate amplio y sin que nadie se crea que desde su púlpito puede determinar quiénes son los buenos y los malos de esta película que se llama periodismo.

* Periodista.