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El pensamiento de Augusto C. Sandino, ecléctico e inorgánico, asimiló las corrientes de su época. En primer lugar, la red impulsada por los políticos e intelectuales latinoamericanos que integraron, entre otros, el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979), nacido en el mismo año que el nicaragüense; el mexicano José Vasconcelos (1882-1959) y el argentino Manuel Ugarte (1874-1951). Haya de la Torre, con su Indoamérica y su indoamericanismo, resultó clave para la creación del indohispanismo —categoría muy utilizada por Sandino—, orientada a reconocer equilibradamente el mestizaje como factor de identidad (“la raza indohispana”).

En Vasconcelos, advirtió la tradición bolivariana, enfrentada con el monroísmo, para postular su proyecto de unidad latinoamericana y en Ugarte “la postura crítica al capitalismo extranjero y, de la mano de [José Enrique] Rodó, el temor de Calibán” (El porvenir de América Latina, 1910). Al mismo tiempo, compartió la fórmula de Ugarte lanzada en 1921: “América Latina para los latinoamericanos”.

Sin embargo, fue el aprismo de Haya de la Torre —extendido por toda Centroamérica y parte del Caribe— la corriente ideológica que más permeó el talante de Sandino. En efecto, los cinco puntos de la Alianza Popular Revolucionaria Americana, APRA, fundada el 7 de mayo de 1924, incidieron en su pensamiento: 1. Acción contra el imperialismo norteamericano, luego ampliado contra todo imperialismo; 2. Obsesión por la unidad de América Latina; 3. Nacionalización de las principales riquezas y tierras; 4. Internacionalización del Canal de Panamá (Sandino aplicó este principio al de Nicaragua, cuya opción de construirlo había sido vendida a los Estados Unidos desde 1914) y 5. Solidaridad con todos los pueblos oprimidos del mundo.

En relación al primer punto del APRA, el peruano Luis Alberto Sánchez puntualizó que Sandino no tenía entre sus miras “librarse del imperialismo yanqui para entregarse al imperialismo ruso”. El militante e intelectual aprista, sin duda, estaba enterado de que los cinco elementos programáticos referidos fueron plasmados en la concepción sandinista de la NACIONALIDAD LATINOAMERICANA (en mayúsculas). “Consideramos impostergable, más aún, inaplazable, la alianza de nuestros estados latinoamericanos para mantener incólume su independencia frente a las pretensiones del imperialismo de los Estados Unidos de Norte América, o frente de cualquier otra potencia a cuyos intereses se nos pretenda someter”.

Al respecto, es oportuno referir que Sandino eligió —en el punto 43 de su referido “Plan para la realización del Supremo Sueño de Bolívar”— el lema vasconceliano: “Por mi raza hablará el espíritu” para el de su proyecto utopista de nacionalidad latinoamericana. Al mismo tiempo, agradeció a Ugarte y a Haya de la Torre el estímulo “por su brava labor periodística” a su favor en El Diario de Yucatán el 29 de enero de 1930.

El sindicalismo de raigambre socialista que había vivido y absorbido durante sus formativos años en México, el cooperatismo anarquista vasco que le planteó Ramón de Belausteguigoitia en el libro Reparto de tierras y problema nacional (1933) —inspirador de su proyecto socioeconómico de carácter utópico—, más el teosofismo de Joaquín Trincado (1885-1935), que cohesionó sus ideas, fueron las otras corrientes percibidas en sus escritos. Con la Filosofía Austera Racional de Trincado, español formado en Bélgica y establecido en Buenos Aires, Sandino realizaría una interpretación profética del destino social del hombre, aplicándola a su lucha. En otras palabras, a través de esa experiencia teosófica, concretada en la “Escuela Magnética Espiritual de la Comuna Universal” (Emecu), elaboró su propia filosofía política.

Esta filosofía la redujo a las siguientes premisas: la Justicia (“única hija del Amor”, fuerza superior a uno mismo y a todas las otras del Universo) no se compagina con el desarrollo de la historia, con las formas de explotación y la lucha de clases (“el antagonismo de los hombres” denomina a ese proceso), por lo que surge la injusticia. Ahora bien: la injusticia la ve en los poderosos, especialmente en el imperialismo y en su intervención neocolonialista, apoyada por los grupos dominantes de su país; hecho que le plantea su destrucción. Y esta destrucción la encabezaría él, representando a los débiles u oprimidos, quienes no poseen las armas, el saber y la riqueza, pero conservan óptimos recursos espirituales para organizarse, armarse e instaurar la justicia.

* Escritor e historiador