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Todo acto comunicativo implica el uso de signos, es decir, unidades portadoras de significación. Estos signos, a su vez, son unidades que se organizan en un código o sistema de signos denominado lenguaje. Quien hace uso del lenguaje, lo hace con una finalidad social, porque se mueve en un entorno humano rodeado de un conjunto de valores (sociales, económicos, culturales, ideológicos, etc.), que condicionan y al mismo tiempo amplían o limitan la significación. Pero cuando alguien habla o escribe, lo hace a su vez con la intención de ser entendido, y al instante. Esto significa que el receptor debe interpretar exactamente el contenido del signo.

“La lengua -nos recuerda Rosenblat- es, para el lingüista, un sistema de signos expresivos objeto de estudio científico. Para la sociedad, es un instrumento de comunicación, como tal, su imperativo categórico es la claridad, lo cual implica una serie de condiciones, y la primera es evitar toda anfibología o incongruencia”. Uno de los problemas que afecta constantemente la comunicación es precisamente el empleo de signos con doble sentido, o sea, con la posibilidad de permitir más de una interpretación. Es la impropiedad conocida como “anfibología”.

Verbos anfibológicos

En nuestro idioma existen determinados verbos, denominados “verbos anfibológicos”, como arrendar, alquilar, prestar y heredar, cuyo empleo requiere del auxilio de algunas palabras que complementan o especifican el sentido que dichos verbos, por sí solos, no logran expresar con claridad. Veamos.

“Mi hermano arrendó (o alquiló) una casa”.

“Álvaro prestó un libro”.

“Heredé la camioneta azul”.

En todos estos ejemplos, la posibilidad de interpretación es doble. Veamos.

En a), no se sabe si mi hermano “dio” o “recibió” en arriendo o alquiler...; en b), se puede interpretar que Álvaro “dio” o “recibió” en préstamo...; y en c), que “dejé” o “recibí” en herencia... ¿Cómo se evita esta ambigüedad? Agregándole precisamente un vocablo (generalmente un verbo) que le dé precisión al significado. Es lo que hemos hecho en el párrafo anterior. Observemos que el verbo anfibológico es sustituido por un “sustantivo verbal”:

“Mi hermano tomó en arriendo (o en alquiler) una casa”.

“Álvaro dio en préstamo un libro”.

“Recibí en herencia la camioneta azul”.

Construcciones anfibológicas

En ocasiones, es la construcción misma la que se vuelve oscura, confusa y anfibológica. En tales circunstancias, y dependiendo de la intención, se construye el enunciado que no quepa duda acerca de su interpretación. Veamos algunos ejemplos y las posibilidades de construcción:

1) “Puse un adorno en la mesa de vidrio”.

¿Cuál es de vidrio: el adorno o la mesa?

Si es el adorno: “Puse un adorno de vidrio en la mesa”.

Si es la mesa: “En la mesa de vidrio, puse un adorno”.

2) “Compré un diccionario y una enciclopedia que donaré a la comunidad”.

¿Qué voy a donar: el diccionario y la enciclopedia, solo el diccionario o solo la enciclopedia?

Si es el diccionario: “Compré una enciclopedia y un diccionario, el cual voy a donar a la comunidad”.

Si es la enciclopedia: “Compré un diccionario y una enciclopedia, la cual voy a donar a la comunidad”.

Si son las dos cosas: “Compré un diccionario y una enciclopedia los cuales voy a donar a la comunidad”.

3) “Por ser tan numerosos, hemos remitido por correo los documentos a los clientes”.

¿Son numerosos los clientes o los documentos?

Si son los clientes: “Por ser tan numerosos los clientes, hemos remitido los documentos por correo”.

Si son los documentos: “Por ser tan numerosos los documentos, se los hemos remitido por correo a todos nuestros clientes”.

Los mismos verbos anfibológicos pueden también emplearse en construcciones en las que no es posible la anfibología. Para ello, basta con recurrir al uso de adjetivos, preposiciones y otros elementos aclaratorios. Veamos.

5) “Mi hermano arrendó (o alquiló) su nueva casa”.

“Álvaro prestó su libro a un amigo muy pobre”.

“Heredé a mi hijo menor la camioneta azul”.

Cuando cometemos un error en lo que decimos, podemos rectificar en el momento, si queremos hacerlo, o lo dejamos que el viento se lleve rápido lo que la mente tal vez ni siquiera logró considerar. “Verba volant…” (las palabras vuelan), dice un proverbio latino. El problema mayor surge cuando escribimos apresuradamente, porque el apuro no nos permite emplear adecuadamente nuestro idioma: escoger los vocablos precisos, enlazarlos coherentemente y transmitir el mensaje con claridad. Y ya sabemos que la letra impresa es un testimonio permanente de lo que hemos afirmado, aun cuando ya no estemos de acuerdo. Por eso dice la parte final del proverbio: “…scripta manent” (lo escrito permanece). Así cometemos impropiedades, porque no reparamos en el significado preciso de cada vocablo.

*Escritor

rmatuslazo@cablenet.com.ni