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Toda lengua experimenta un proceso de continuos cambios, particularmente con la creación de nuevas palabras, la desaparición de otras, las modificaciones de la escritura, las variaciones de estilo y hasta el surgimiento de modas en la manera de escribir. Y si esto ocurre, sea por caso, en el español supranacional, con mayor razón y fundamento en las variantes regionales de esa lengua, en las que adquiere vida propia con cada uno de sus hablantes y sus variados recursos y posibilidades de enriquecimiento.

El proceso de formación de nuevas palabras se denomina neología, que cuenta con expedientes lingüísticos diversos. Pero, ¿quién crea en realidad una palabra? ¿Puede alguien crear una palabra simplemente porque se le ocurrió? No todo el mundo –nos recuerda Bertil Malberg, refiriéndose a la lengua- es capaz de crear una palabra, incluso, ni puede hacerlo con cualquier tipo de palabra. ¿Por qué? Porque el neologismo debe responder a una necesidad y debe, también como requisito esencial, encontrar eco dentro de la colectividad.

Voces híbridas

Uno de los recursos neológicos es el hibridismo lingüístico, como baipasear (del ingl. bypass y el sufijo español –ear): conectar una vena alterna que va de la aorta a la coronaria parcialmente obstruida. Sea el ejemplo: “Sufrió un infarto y lo van a baipasear”. En sentido figurado se emplea con el significado de ‘pasar por encima de los canales jerárquicos’: “La propuesta es una forma de ‘baipasear’ la no reelección...” (Danilo Aguirre: END/14/11/07)

Otro más: cotonear (del fr. coton y el sufijo español –ear): dar alcance a alguien. Leamos: “No lo pudo cotonear, aunque le anduvo pisando los caites”. Y otro: chingastear formado de la voz náhuatl chingaste (del náh. tzintli, asiento y huachtli semilla) y el sufijo español –ear): tomarse un refresco como chicha o pozol y saborearlo hasta consumir el sedimento o residuo: “Estaba tan sabrosa la chicha que se la tomó hasta chingastear”. Veamos esta otra acepción, en sentido metafórico: “En Nicaragua, hay una variedad de regionalismos, como “chingasteando”, el último en irse de la fiesta.” (Edwin Sánchez: END/23/07/07)

Por préstamo

Hay vocablos que se forman por préstamo de una lengua extranjera, como pul (del ingl. pull), empleado en la frase verbal ‘tener pul’, para referirse a una determinada influencia que una persona posee ante otra u otras con poder o autoridad para decidir o favorecer con algún beneficio: “Me enganché en la empresa gracias a un broder que tiene pul con el gerente”.

Por evolución de la palabra

Hay palabras, como la moneda, que se gastan por el uso y hasta pierden su valor por desuso para dar paso a otro significado. Es lo que ha ocurrido con la palabra tabaquera. Don Alfonso Valle registra dos acepciones. La primera se refiere a la “mano que maneja el puro o el cigarrillo”. La otra es una frase verbal, temblarle la tabaquera, que significa “temblarle las manos de miedo”. Ninguna de estas acepciones tiene uso en la actualidad. Esta voz, más bien, ha adquirido otras dos acepciones distintas: discusión agria y por lo general llena de insultos entre dos o más personas, y ofensas e injurias verbales que en público dirige una persona a otra con insolencia y altanería: “Solo porque le quité el marido, me fue a poner una tabaquera en mi propio centro de trabajo”.

Por invención

Otro recurso importante para la formación de palabras es la invención, como zoropeta, un adjetivo empleado para referirse despectivamente a una persona de labios gruesos y pronunciados: “Mi novio es aguado, botarata y para remate zoropeta”. Carlos Mejía Godoy agrega una acepción de uso en San Carlos, Río San Juan: “Persona que pronuncia el sonido de la s como z”.

Por metáfora

Por metáfora se forman nuevas palabras, como chibola, un americanismo que significa ‘cuerpo pequeño y esférico’ y que por su forma redondeada ha pasado a significar ‘ojos de una persona’: “Del leñazo que le dio en la frente le sacó las chibolas”. O la palabra badajo que por su forma alargada ha tomado el significado de ‘miembro viril’: “El tipo era tan gordo que, desnudo, el badajo parecía una llavecita pegada a un ropero de tres cuerpos”.

* Lingüista y escritor.

rmatuslazo@cablenet.com.ni