Jorge Eduardo Arellano
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Lo que evidencia la posición de destacadas funcionarias de Paraguay y Honduras, en apoyo a la denuncia de Zoilamérica Narváez, es que no se puede ser de “izquierda” ni progresista defendiendo un machismo recalcitrante, y que el silencio cómplice frente al abuso sexual más que una posición retrógrada es una actitud inmoral.

Sin proponérselo Zoilamérica ha revelado que el gran desafío para la transformación de nuestras sociedades no es sólo la pobreza, sino las mentalidades oscurantistas derivadas de una cultura patriarcal profundamente arcaica, que nos mantiene aferrados a creencias nefastas sobre los roles de la mujer como objeto sexual, mentalidades que abarcan especialmente a la niñez, como el sector más desprotegido y vulnerable.

Por ello, es notable la valentía demostrada por la ministra de la Mujer en Honduras, Selma Estrada de Uclés, quien siguiendo los pasos de la secretaria de la mujer de Paraguay, respondió con una actitud firme y decidida al renunciar a su cargo antes que traicionar su integridad, ejemplo que deberíamos seguir sin dudarlo, porque no hay cargo, empleo, ni beneficios que valgan más el derecho de niñas, niños, adolescentes y mujeres a vivir sin abuso sexual y de las víctimas a recibir justicia.

Por eso resulta también insólito, por decir lo menos, las declaraciones de la diputada nicaragüense Alba Palacios, quien al ser conminada por los periodistas a referirse al caso de Zoilamérica y sus repercusiones internacionales, dijo que prefería opinar sobre “temas más importantes”. Esto no sólo sienta una posición ante el tema de Zoilamérica, sino ante el abuso sexual en nuestra sociedad. ¿Qué valores defiende entonces nuestra diputada?

En el otro extremo, el gesto digno de la ministra Estrada de Honduras constituye un aliento de esperanza para tantísimas víctimas de abuso sexual, a la vez que representa un severo cuestionamiento a esos hombres y mujeres que callan cómodamente, miran hacia otro lado o cambian de tema por defender su cargo público o su interés político y personal.

El pobre argumento esgrimido por las personas que atacan a Zoilamérica, es que la están utilizando con fines políticos (pareciera que no se atreven a decir que sus acusaciones son falsas), pues ¿quién podría esperar que un delito tan grave como el denunciado por ella no tenga tremendas consecuencias políticas? Ya se ha visto en el mundo entero que situaciones mucho menos trascendentes, como una infidelidad matrimonial, cuesta a las figuras públicas su cargo; no se diga entonces un delito criminal.

Pretender que un hecho tan grave como el denunciado por Zoilamérica ante la Corte Interamericana de Justicia sea minimizado por el mundo entero, resulta bastante sorprendente. ¿Esperaba el presidente que nadie dentro o fuera de Nicaragua mencionara este caso que sigue curso en un tribunal internacional? Evidentemente, hay muchas personas que no tienen el menor temor a enfrentarse con el poder para defender una causa justa. Eso es lo que debería hacer cada sandinista en nuestro país, pues por ello murieron miles de mártires y héroes de la Revolución. Y si aquí nos faltan agallas, hay mucha más valentía y dignidad de la que nos imaginamos en las mujeres de nuestro continente.

Hay que apoyar a Zoilamérica porque ella representa a cada mujer, cada niño y niña abusados en Nicaragua y en el mundo entero. Hay que creer en su denuncia porque ella representa la posibilidad de que en Nicaragua las víctimas sean escuchadas, creídas, protegidas, atendidas y respetadas. Pero también que se les haga justicia. Ella es un emblema del dolor, pero también de la valentía de las sobrevivientes, y su entereza nos demuestra que la capacidad de perdón nunca deberá significar un voto de respaldo a la impunidad.