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Con aterradora claridad, el totalitarismo ha enderezado sus cañones con indudable propósito en contra de un símbolo: Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, a quien en los años ochenta, desde el oficialismo se trató de minimizar y desvanecer, y si se le concedió el título honorífico de “Mártir de las Libertades Públicas”, no fue sino para evadir darle el de “Héroe Nacional”, que lo merece sin cuestionamientos, tal fue la estatura que alcanzó por su lucha frontal e inclaudicable contra la dictadura somocista.

Los símbolos concentran un enorme significado, un valioso contenido, un conjunto de valores trascendentales, un camino rebelde a seguir, un ejemplo luminoso, por eso son peligrosos, y por eso hay que disminuirlos, ocultarlos, aplastarlos y destruirlos. Es lo que pretenden al crear el llamado parque del Alba: atenuar y hasta eliminar una representación material y con ello toda la subversiva carga ideológica que representa la obra y el pensamiento de Pedro Joaquín.

Ocho gigantescas columnas de acero y concreto fueron levantadas frente al monumento al formidable luchador, como enormes barrotes de titanio que lo aprisionan, que lo encarcelan, que lo ocultan, que lo separan de la gente, en una rara manifestación real, evidente, explícita, de lo que la nueva construcción pretende en la práctica: cercar y esconder una forma de pensar sediciosa frente a la ideología oficial.

La corriente de pensamiento cercada por las columnas de concreto se expresa en libertad de expresión, de organización, movilización, elecciones libres, alternabilidad en el poder, independencia de los poderes del Estado, diversidad ideológica y tolerancia, pluripartidismo, etc., en otras palabras, justicia y libertad, ideas sustentadas hasta con la entrega de su vida, por Pedro Joaquín Chamorro.

El general Humberto Ortega Saavedra es quizás el único dirigente del Frente, que ha reconocido en público y sin ambages el valor de Pedro Joaquín Chamorrro, quien con su férrea oposición a la dictadura, se ganó la admiración del pueblo no somocista y el odio de los que detentaron el poder durante casi por medio siglo, a tal punto que mandaron a asesinarlo. En su lucha no tuvo reparos en confrontarse con la oligarquía y la burguesía, pese a provenir de familia adinerada. Ahora los nuevos ricos ni se ruborizan por su coqueteo con los oligarcas pese a provenir de los sectores más empobrecidos y humildes.

La dictadura lo liquidó con decenas de perdigones de escopeta, y sin querer, provocó que con ello empezara a manifestarse de modo masivo y combativo la indignación popular desbordada; y surgieron las primeras insurrecciones populares armadas en las ciudades y el verdadero comienzo del fin de una de las dictaduras más oprobiosas de América.

Es decir, el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro detonó la gran explosión popular, fue el motor que encendió la insurrección masiva en las ciudades y lo que condujo finalmente a la derrota total de la dictadura, lo cual no hubiera sido posible en el período de tiempo en que se produjo, de no ser por la existencia de una organización político-militar como el Frente.

Aunque unidos en la lucha antisomocista, en la construcción de un nuevo modelo político-económico, el Frente y Pedro Joaquín estaban totalmente diferenciados, divorciados hasta la médula, porque el formidable periodista levantaba la bandera de la democracia y el Frente la de la autocracia y el poder absoluto, como lo dijo abiertamente en la televisión cubana el presidente Daniel Ortega.

Para un proyecto totalitario, el pensamiento y la obra de Pedro Joaquín, ese gran símbolo que ha logrado permanecer vigente a lo largo de más de tres décadas, significa un cuestionamiento permanente, un peligro, y por tanto hay que desaparecerlo, y esa es la misión del llamado parque del Alba: matar de nuevo a Pedro Joaquín Chamorro, no vaya a ser que sus ideas prendan en la gente y vuelvan a insurreccionarla en pos de la libertad.

* Editor, docente, investigador, periodista y escritor