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Me estoy acostumbrando a

esperar. He esperado siete años.

(El fin)

Jorge Luis Borges

Ortega, prisionero él mismo de las paradojas con las que invierte la percepción de la realidad, ha enviado al Parlamento iniciativas de reforma a la Ley 331, Ley Electoral, y a la Ley de Municipios, Ley 40 y 261, para fomentar –según reza irónicamente en sus considerandos- la democratización del poder o la democracia directa.

Sin la finura de la alienación, con que a golpes certeros de esgrima debería enceguecer la ideología dominante, la demagogia obsesiva termina por confundir groseramente al sentido común, con un puñado de barro dentro de los ojos.

Uno debe repetirse, sacudiéndose a palmadas el rostro, que democratizar el país es una tarea que excluye a quienes detentan el poder absoluto. Aún a tientas, no se puede perder de vista que el enemigo más próximo de la democracia es el partido que ha formado un gobierno totalitario.

De modo que a pesar del impulso lógico hacia el menor esfuerzo, no se debe olvidar que es una tontería mayúscula negociar un reglamento electoral con un régimen ilegal, que violenta las normas más elementales. La meta de la población debe ser contraatacar sus planes, reducir su discrecionalidad, eliminar su nivel de impunidad.

Al margen de los cambios que legalmente impone el poder absoluto, gracias a una aplastante mayoría parlamentaria, un ciudadano a la vez, por ahora, vuelve los ojos para escudriñar un cambio real, que espera llegue por sí solo, como un aguacero que en esta zona cae de pronto, sin que se nuble previsoramente el cielo.

Los ciudadanos se han acostumbrado a esperar. Cuando se rompa la resignación, levantarán la vista todos a la vez, y marcharán en tumulto a cambiar la sociedad. Entonces, al ver de pronto sin afeites la catadura del poder, nadie entenderá por qué esperaron tanto.

De alguna cultura hippie ha salido un reino decadente en Nicaragua. Un poder total, sin ideología alguna. Una monarquía al fin, con un menjunje de populismo, demagogia, oportunismo; sofocada de amuletos, anillos y pulseras, en lugar de medallas y condecoraciones en el pecho. Cursi como todas, con su propia jerarquía de iglesia y de generales en retiro, pero, en mayor escala, por la influencia absoluta del mal gusto en el poder.

Este reino de opereta, sin un solo intelectual a su lado, corrompe y degrada en el mercado secundario de conciencias. Los extremos de la inequidad se tocan sin odio en las plazas; porque la necesidad extrema se pervierte, por ahora, con la ilusión de la limosna.

La crisis producida por el “consenso de Washington”, se montó aquí sobre una crisis precedente –la de los años ochenta-, infinitamente mayor. De modo que parecía una ventura. Se soportó la degradación social, lentamente, porque este proceso especulativo de privatización, contrario al desarrollo, semejaba –relativamente– un ascenso.

La población empobrecida, sobre todo la juventud que recién asoma a la vida social ahora, percibe la limosna bajo una perspectiva de rescate generoso, y se vuelve cliente de la demagogia. Acude a las plazas con la devoción y el fanatismo de la pobre gente que lleva su miseria a pedirle piedad a un santo milagroso.

Por ahora, la reforma electoral es una sola: ¡Fuera Roberto Rivas! Y que este funcionario impopular haga pública su declaración de probidad. Los espacios para la participación real de los sectores sociales, en la lucha por el poder, solo se pueden conquistar en la medida que se hace recular al régimen dictatorial.

Sacar a Roberto Rivas del Consejo Supremo Electoral, en sí, es poca cosa. Pero, se comienza a desmoronar a una tiranía (que impone su capricho como si fuese una estrategia), si se le obliga a renunciar a sus principales compromisos de poder. Para ella, ceder en sus caprichos es un gran precio.

Botar a Rivas es tanto más importante cuanto más la dictadura se aferre abiertamente a mantenerlo. Su caída –insignificante en sí misma- será una derrota enorme para la tiranía. Este capricho es su punto débil, contra el cual hay que concentrar todas las fuerzas. Roberto Rivas es un funcionario emblemático. A los ojos del mundo encarna el fraude y la corrupción, como un pequeño sultán.

La tiranía no ganará credibilidad cuando deba eliminarlo. Cualquiera que se siente en el sillón de Roberto Rivas comprenderá de inmediato el poder inmenso del odio acumulado; y temblará más que el tirano ante cada victoria de las masas.

* Sociólogo.