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Yago, en la obra literaria “Otelo”, de William Shakespeare (año 1604), es un personaje resentido, que fingiendo solidaridad y devoción a su jefe, el moro Otelo, se vale del chisme para inducirle a pensar, con engaño, que su esposa Desdémora le es infiel. El moro, encendido en celos, mata a Desdémora y al final de la obra, descubriendo que todo es mentira, se mata de una puñalada.

Este drama del famoso escritor y actor inglés, ha dado lugar a que se considere a Otelo, como la personificación de los celos. Del mismo modo, podemos considerar a Yago, como la encarnación del chisme.

En la historia universal, también es famoso el rumor que hizo rodar Nerón, en la antigua Roma (año 64), que los cristianos estaban incendiando la ciudad, para desvirtuar el hecho de que era él mismo quien había ordenado quemarla, para deleitarse con el espectáculo de las llamas mientras cantaba, acompañado con su lira, el Himno a la Destrucción de Troya.

El chisme o “cuecho” en lenguaje nicaragüense, lo define el diccionario como “noticia verdadera o falsa, con que se indispone a una persona con otras o se murmura de alguien”. El chisme generalmente es un engendro de la fantasía, aunque a veces se basa en hechos ciertos, que se deforman o exageran, con el fin de causar un daño mayor al afectado.

Por sus características, el chisme es una conducta agresiva. El contenido hostil es un elemento común en los chismes. A través del “cuecho” o cuento, se daña el honor, el prestigio o dignidad de alguien; y tan malvado es quien inventa o genera el chisme, como quien lo repite a otros, ya que el cuento se hace más grande, más dañino, más exagerado, a medida que se transmite de boca en boca.

En esencia, el chisme es más que una agresión, es una agresión “cobarde”, por cuanto se habla mal a espaldas del afectado, sin que él se dé cuenta. Más aún, para eludir su responsabilidad, el chismoso comienza el cuento diciendo: “No es que yo lo crea, pero me contaron que Juana…” “No es que me guste el cuento, pero andan diciendo que Juana…” “Lo sé de buena fuente, que Juana…..”. El chismoso es de los que tiran la piedra y esconden la mano, para no exponerse a la reacción del calumniado.

El chisme es un mal generalizado en nuestro país. Gran parte de la conversación del nicaragüense se refiere al intercambio o trueque de chismes, versando frecuentemente este intercambio sobre temas de interés sexual.

La práctica del chisme la observamos en todos los sectores sociales. Chismea el pobre, chismea el rico, chismea el político, el comerciante, el vecino.

De los chismes no se escapan los centros de trabajo, donde hablar mal de los jefes y compañeros es comidilla de todos los días, indisponiendo a unos contra otros, afectando su rendimiento y bienestar.

Y qué no decir de la política, donde el arte de chismear y denigrar al adversario ha alcanzado la mayor perfección. El fin del político de alcanzar el poder y conservarlo a toda costa (Nicolás Maquiavelo, “El Príncipe”, 1513), no admite límites en cuanto al uso de “cuechos”, chismes o cuentos de todo orden, para descalificar moralmente al adversario.

El chisme y la envidia van de la mano. El chisme es un instrumento para destruir a la persona envidiada, restarle valor a sus méritos, a sus éxitos, a sus logros.

La envidia “es la tristeza provocada por las cosas buenas del otro” (Santo Tomás). El malestar que siente el envidioso por el éxito ajeno, éxito que no puede alcanzar con sus propios méritos, lo lleva a valerse del chisme para desacreditar al otro.

La conciencia de los daños que ocasiona el chisme y el respeto que merece la dignidad humana, deben inducirnos a hacer lo posible por evitar este mal. Desde ya, tengamos como norma de conducta no decir nada de nadie, a menos que sea algo positivo.

* El autor es psicólogo, profesor universitario,

Doctor Honoris Causa de la UNAN-Managua.

naserehabed@hotmail.com