Jorge Eduardo Arellano
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Nuestros historiógrafos dan cuenta de que los nicaragüenses somos trabajadores, honrados, buenos amigos, alegres, solidarios, responsables, valientes… Estos valores y otros construidos, son producto de una vida social arraigada en la familia materna y en el ethos patriótico. Hoy, una gran parte del pueblo, según encuestas recientes, ven minimizada la autoestima colectiva, dado que la autoestima personal se ha visto fuertemente golpeada estos últimos años.

La población se ha visto acosada por las oligarquías o grupos de poder que tienen bajo su arbitrio el futuro inmediato o mediato del país. El pueblo se ve excluido, ya que los miembros de los cuerpos legislativos o judiciales están para defender los intereses de las oligarquías, a expensas de los intereses de los que le “eligen”.

Hay un sentir colectivo de que nuestro país es una promesa incumplida y devaluada. Los que tenemos más de cuarenta años quisiéramos no mirar el pasado con nostalgia inmovilizante, puesto que en la memoria de aquel --el pasado-- contiene los elementos que nos llevaron a ser lo que somos hoy. Urge por lo tanto proponer salidas y no sobre abundar en los análisis de los por qué y seguir buscando culpables, que a lo único que nos ha conducido es a discusiones estériles y a apertrecharnos en posiciones antagónicas. De ahí que nuestra idiosincrasia se vea indoctrinada y con un sesgo sistemático por las elites dominantes que ocupan el sistema educativo, las instituciones estatales, los medios de comunicación radiales y televisivos para dar a conocer sus ideológicos proyectos anti-pueblo; lo que trae restricciones sobre el grado de democracia que puede alcanzarse y la capacidad de tomar decisiones racionales. A diario recibimos y somos bombardeados de información por estos grupos de poder con la información que quieren que recibamos. Es de todos conocidos que es una información doctrinal sesgada por su visión absoluta elitista en lo político, ético, social y económico. Hemos sido testigo de la inmadurez administrativa, e incapacidad propositiva y de la mala intención partidaria de estos grupos, lo que ha llevado al pueblo a la fragmentación ideológica, moral y de la cosmovisión de la realidad objetiva.

A estas alturas seguimos a la deriva en cuanto a la concreción de políticas públicas sanas y un programa nacional consensuado para los próximos veinte años, donde la idiosincrasia de los nicaragüenses se viera elevada o fortalecida. Mas bien, continuamos bajo las tenebrosas fuerzas de una guerra fría interna de estos grupos, que usando técnicas como: adjetivos disuasivos, eufemismos, esoterismos, satanización, discrecionalidad de recursos, falacias, persecución política, revanchismos, extorsiones y estrangulaciones económicas, con las que tratan de deshacerse de los adversarios políticos y para ello se valen de los recursos del Estado, de las instituciones estatales o privadas. Esto nos ha llevado al pueblo a sufrir una pobreza extrema eterna y a ver debilitada su idiosincrasia.