Jorge Eduardo Arellano
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Recientemente he tenido la dicha de haber concluido la lectura del segundo, de dos libros, que sin duda alguna han influido en mí, profundamente. Me refiero a la obra “El Octavo Hábito” y, “7 Hábitos de la Gente Altamente Efectiva”, ambos, escrito por Stephen R. Covey, fundador y Presidente del Centro de Liderazgo que lleva su nombre.

Estas obras, tengo la certeza, han sido también leídas por numerosas personas en el mundo y en Nicaragua. Con su obra, Covey nos permite inicialmente, a nosotros sus lectores, comprender la grandeza que existe en nuestras personas y en otros y, de cómo se puede construir la autoconfianza a través del desarrollo del carácter, la integridad, la honestidad y la dignidad humana, explicado brillantemente en los “7 Hábitos”.

Covey, con “El Octavo Hábito”, nos enseña en una forma clara, que la “grandeza” del individuo y cualquier organización --pública o privada-- reside en saber expresar nuestra voz interna e inspirar en otros poder encontrar sus respectivas voces internas, fundamentadas en los conceptos de “conciencia, visión, disciplina, y pasión”.

Expresa Covey, en su obra, “El Octavo Hábito”, que “cuando estudiamos la vida de los grandes seres humanos triunfadores --aquellos seres humanos que han tenido las más grandes influencias sobre otros seres humanos, los que han realizado contribuciones de gran significado, aquellos que simplemente han logrado que sucedan cosas-- encontraremos que en ellos existen características similares. A través de sus esfuerzos persistentes y, luchas internas, han aumentado sus --las cuatro características y capacidades propias del ser humano: visión mental, disciplina física, pasión emocional y conciencia espiritual”. Luego de definir lo que se entiende por visión, disciplina, pasión y conciencia, Covey sugiere que “estos tres atributos han gobernado el mundo desde su comienzo”. Enumera un listado de personalidades mundiales como George Washington, Florence Nightingale, Mohandas K. Gandhi, Margaret Thacher, Nelson Mandela y Madre Teresa, que han contribuido positivamente al desarrollo de la humanidad. Sin embargo, afirma Covey, “que existen, y han existido, líderes mundiales, que aunque han poseído las tres características personales antes mencionadas, estos han causado resultados alarmantemente diferentes y negativos. Tal es el caso de Adolfo Hitler, quien comunicó su visión con pasión, de un régimen que perduraría por cien años, de una raza Aryan superior y, quien construyó una de las maquinaria más disciplinadas de la historia, compuesta por las fuerzas militares-industriales que el mundo haya podido experimentar.

Hitler mostró evidencias de una brillantez emocional, inteligente, con oratoria apasionada, inspirando los ciudadanos alemanes y mundiales, casi hasta en un estado de dedicación fanática y, de temor, esfuerzo que canalizó y basó en el odio y la destrucción. Existe, sin embargo, una enorme diferencia entre el liderazgo que funciona, y el liderazgo que prevalece. Cada uno de los líderes antes mencionados, construyeron y proveyeron liderazgo que funciona y, que perdura, con excepción de Hitler”.

Afirma Covey que “cuando la conciencia moral gobierna y dirige la visión, disciplina, y la pasión, el liderazgo prevalece y cambia el mundo positivamente. En otras palabras --afirma Covey--, “la autoridad moral hace que la autoridad formal funcione. La autoridad formal, sin autoridad moral no funciona. Hitler tenía una visión, disciplina y pasión, pero era conducido por su ego. La falta de conciencia moral fue su falla. Opuesta, y en contraste, la visión de Gandhi, su disciplina y pasión fueron conducidas y gobernadas por la conciencia moral, que lo convirtió en un sirviente/fundador de una causa y de un pueblo. Gandhi poseía únicamente, autoridad moral y, no autoridad formal. Sin embargo, Gandhi es el padre y fundador del segundo país democrático más grande del mundo. Cuando la visión, disciplina y pasión de las personas --líderes-- son gobernadas por autoridad formal, carente de conciencia o de autoridad moral, también puede cambiar el mundo, pero no por bien; por el contrario, lo puede cambiar por mal y para mal. En vez de levantar, destruye, y no perdura, extinguiéndose eventualmente”.

Al leer los paradigmas enunciados por Covey en su obra, de inmediato pienso y lo transporto a nuestra realidad social, económica y política. Pues, es aquí, en este país, en esta Nicaragua, en esta mi tierra, donde nací, y en la que quiero morir, y a la que amo como todos mis hermanos nicaragüenses de buena fe y conciencia, y veo que la autoridad formal en los diferentes niveles de nuestra sociedad organizada no está gobernada por la autoridad moral y la conciencia a que se refiere Covey en su obra. Por lo contrario, la autoridad formal de los políticos, los partidos políticos, y en muchos casos la sociedad civil en sus diferentes organizaciones, se basa en el ego y la falta de conciencia moral.

Así, podemos observar con mucha pena y preocupación, que nuestras autoridades formales de la política son a diario, y con razón, criticadas por los actos administrativos exteriorizados que carecen de la autoridad moral, conciencia colectiva, fundamental para que éstos sean aceptados por los gobernados y para que perduren construyendo una sociedad justa, basada en la moral.

Los Poderes del Estado nicaragüense, sin excepción, y ciertas organizaciones civiles públicas y privadas, fundamentan sus actos y acciones en consideraciones viciadas por el partidarismo político, beneficio de clase, carente de la conciencia moral social, denunciada por Covey, como requisito para que éstos perduren y construyan nuestra sociedad positivamente.

Pero aún más preocupante que las observaciones anteriores, resulta la razón por la que éstas suceden en Nicaragua. Una sociedad sin conciencia moral, en la que la autoridad moral está dirigida por una autoridad formal carente de conciencia moral, permite y avala que la autoridad formal representada por el gobierno y las organizaciones civiles en Nicaragua, sea dirigida por nicaragüenses que no están capacitados ni moral ni académicamente para dirigir nuestro destino, porque así lo están demostrando con los actos y decisiones equivocadas que a diario criticamos.

Somos nosotros los ciudadanos nicaragüense, la mayoría, los únicos verdaderos responsables que en nuestro país vivamos de tal forma. Ya sea por asociación, omisión, apatía o demagogia, permitimos con nuestra conducta que se ultrajen los derechos individuales universales consignados en nuestra carta magna y en los tratados internacionales a los que Nicaragua es signataria.

Aún más peligroso resultan las afirmaciones que a diario oigo en nuestros medios de comunicación, en los que se exige a nuestra juventud a involucrarse en la resolución de los problemas políticos, económicos y sociales que nosotros hemos creado con nuestra conducta.

Somos nosotros, los adultos nicaragüenses, los que debemos resolver activamente la inmoralidad política, económica y social que hemos permitido que aflore en nuestra sociedad por nuestra apatía social. Somos nosotros, los adultos nicaragüenses, los que estamos obligados moralmente a heredar a las generaciones venideras, una Nicaragua libre y soberana, gobernada por leyes justas, con instituciones morales democráticas y, no por hombres, falsos líderes, carentes de moralidad y conciencia social.