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Thomas Robert Malthus, economista y clérigo inglés del siglo XVIII, realizó interesantes contribuciones a la teoría económica. Anticipó el concepto de “demanda efectiva”, argumentando que los precios suben por exceso de demanda antes que por exceso de dinero; rechazó la validez de la Ley de Say -toda oferta crea su propia demanda-, y al rechazar la tendencia de la economía hacia el empleo total contribuyó a formular una teoría de la determinación del ingreso en una situación sin pleno empleo.

Sin embargo, Malthus es conocido más por su teoría sobre el crecimiento poblacional y la producción de alimentos, que en economía se conoce como Teoría Malthusiana: el crecimiento de la población mundial se da en forma geométrica, mientras el aumento de la producción de alimentos en progresión aritmética; a menos que se tomen medidas drásticas, llegará un momento en que los alimentos no alcanzarán para todos. Malthus pronosticó el aniquilamiento a mediano plazo de una parte considerable de la población mundial como consecuencia de la crisis alimentaria.

La principal medida que recomendaba para diferir la catástrofe demográfica era el control natural de la natalidad mediante el retraso del matrimonio y la reducción en el número de hijos; aunque también confiaba en que las guerras y epidemias actuarían como factores de regulación natural, retardando la llegada de la crisis total alimentaria. En la reducción de la demanda efectiva –que Malthus identificaba con la eliminación de subsidios a los pobres- el argumento subyacente es que el temor a la miseria contendría la tendencia al aumento de la población.

Con esta tétrica visión, la Teoría Malthusiana, catalogada dentro de las teorías catastróficas, contribuyó a que la economía fuese conocida como “la ciencia lúgubre”, bautizada así por Thomas Carlyle, critico social y ensayista británico del siglo XIX.

La Teoría Malthusiana fracasó debido a los errores metodológicos que contiene en su formulación y a que sus conclusiones no tomaron en cuenta ni la posibilidad de implementar diversos frenos al crecimiento poblacional, como las modernas técnicas de control de la natalidad, ni el progreso de la tecnología agrícola en la producción de alimentos.

El Fondo Monetario Internacional, FMI, publicó en abril del 2012 su informe sobre la estabilidad financiera mundial (GFSR, por sus siglas en inglés), en el cual se refiere al “riesgo de longevidad” -prolongación de la esperanza de vida-, señalando que para neutralizar los efectos financieros de ese riesgo en los planes de jubilación y en los sistemas de seguridad social, es necesario aumentar la edad de jubilación y las contribuciones a los planes de jubilación, combinándolos con recortes en las prestaciones futuras.

El postulado fundamental del FMI es que al vivir más tiempo las personas se exponen al riesgo de agotar los recursos jubilatorios, los cuales crecen a una tasa menor que la tasa de aumento de la longevidad.

La argumentación del FMI enfatiza la desproporción entre el crecimiento de la población jubilable y la capacidad de producir recursos para financiar las pensiones. Se asimila el concepto malthusiano de incapacidad de aumentar la producción alimentaria, con incapacidad de aumentar los recursos de las pensiones.

Con esa argumentación de corte malthusiano lo que se pretende, aparentemente, es suministrar un fundamento “técnico” a los gobiernos para justificar el aumento de los aportes al Seguro Social y la reducción de las pensiones futuras.

Aunque el informe Riesgos Globales 2012 del Foro Económico Mundial, FEM, abordó la probabilidad de una mala gestión en el envejecimiento de la población, su enfoque ha sido interpretado como una llamada de atención a los sectores público y privado para que replanteen sus responsabilidades en generar mayor confianza, desarrollando y proponiendo nuevas vías, creativas e innovadoras, que permitan realinear las expectativas de los jóvenes y los jubilados sobre mejorar su calidad de vida en el futuro.

Medidas creativas e innovadoras no significa aumentar aportes y edad de jubilación, ni recortar pensiones, como lo interpreta el FMI. Nuestra opinión es que los sistemas de seguridad social y planes de jubilación que se adopten, deben ser de tal naturaleza que si no aumentan el bienestar de los asegurados y jubilados, como es lo deseable, al menos lo preserven, pero de ninguna manera lo rebajen.

* Economista