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Con alguna frecuencia se nos cuenta que los griegos honraban a la diosa Rea con una gran celebración en su honor, que los romanos hacían igual con la diosa Cybele y aún más, los ingleses 250 años antes de Cristo realizaban celebraciones en el cuarto domingo de mayo en honor a la madre.

Pero en América, en 1905, cuando Anna Jarvis de Gretton del Estado de Virginia -USA- pierde a su madre, altamente conmovida promueve en su país conmemorar el día de la madre, lo cual alcanza en 1912.

Madre es el nombre que se escribe con la luz de la estrella en la memoria de Dios, ella es el ángel sagrado que en el verde vergel del cielo donde nacen las áureas flores del amor, recoge sus aromas con el corazón para volcarlo luego al ser que atesora en sus entrañas.

Ella es la de la caricia dulce y la mirada tierna, la del beso que de sus labios emana cual natural  alborada de fragantes mariposas, y la de los brazos divinos que se abren generosos en el abrazo de cada día.

Es así como ella sabe que este ser tan amado es un regalo de Dios y como tal, cuida de él y lo prepara con responsabilidad y cariño, nutre sus pensamientos de anhelos y esperanzas y con buen sentido de comprensión sabe también enseñar con su ejemplo.

Ella es la mujer que en el sitio de su alma tiene lumbre de diosa y virginal acento de cielo para ofrecer alegría y esperanza con la perdurable sonrisa que la primavera a su paso le impregno para que en ella florecieran los lirios y resplandecieran las perlas del rocío.  
A esa Madre bella, dulce y bendita dedicamos con la transcendencia de un espíritu noble la canción de la lluvia que trae el verso azul hecho de cielo y se conjuga con la música del canto de las aves y el perfume de las flores.

* Promotor cultural
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