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Tengo un tío-abuelo, bastante anciano ya, que durante casi toda su vida fue un anti-somocista furibundo. Por eso sufrió cárcel muchas veces, y golpizas terribles de la Guardia Nacional, que dejaron marcado su rostro y su cabeza con cicatrices que siempre me ha mostrado con orgullo. Si no se hizo guerrillero y murió en la montaña o en la clandestinidad, fue por un deber más alto con su abnegada mujer y sus nueve hijos (al cabo mi difunta tía-abuela y mis tíos y tías).

Cuando cayó Somoza mi tío-abuelo fue feliz, aunque sólo por breve tiempo, pues lo que vino después, finalmente, no le gustó para nada. Aunque no puedo dejar de recordar cierta congoja que lo embargó cuando Daniel Ortega entregó el poder a Violeta Chamorro en 1990.

Lo que vino en años posteriores tampoco le gustó mucho, aunque también recuerdo lo que entonces decía: que al menos con las Reformas Constitucionales de 1995-97, por primera vez en la historia de nuestro país imperaría hasta cierto punto la legalidad; digo, en sus palabras: el funcionamiento autónomo, despolitizado y suficientemente probo de instituciones y poderes públicos que pusieran límites a los gobernantes de turno. Luego vino el pacto Alemán-Ortega, que empezó a funcionar en el 2000 y puso su mira en el control repartido de los poderes públicos. Entonces todo se fue al carajo, y también desde entonces mi tío-abuelo ha sufrido un cambio visible de temperamento. Dicen sus hijos que nunca, ni en los peores tiempos de Somoza, lo habían visto con un ánimo tan amargo y decaído.

Temen que pronto muera, como él dice, bajo la sombra de otra dictadura que no por carecer de una guardia pretoriana es distinta (aunque quizás sea peor) que la de los Somoza. Por eso, cuando cierto petimetre que se dice periodista (un “entrevistador” que conduce un programa insufrible por las mañanas en la TV) se empeña en decir que no se puede hablar de dictadura mientras no haya aquí un ejército brutal asesinando opositores en las calles; no puedo dejar de recordar a mi tío-abuelo.

Un día, para mi sorpresa, el anciano me dijo que en tiempos de Somoza la justicia funcionaba con más imparcialidad que en los tiempos actuales, en los que aún impera (con más ventaja orteguista) el pacto Alemán-Ortega. Dijo que Somoza intervenía en el funcionamiento de la justicia y sus instituciones sólo cuando tenía interés particular en un caso; de lo contrario, las partes en contienda legal confiaban en los fallos relativamente imparciales de los judiciales.

Mi primera reacción ante eso fue de incredulidad, pero luego aterricé en nuestra triste realidad, en la que, para dar sólo algunos ejemplos, los juzgados funcionan como un mercado persa, y Migración, las alcaldías y el Consejo Supremo Electoral son una verdadera cueva de ladrones, digna émula de la de Alí Babá.

Ortega y Alemán han llenado de lumpens y mafiosos los juzgados y los poderes públicos, donde todo se mueve de acuerdo al interés del juez o funcionario (sandinista o liberal) a quien le toque cada caso. Y los “bajines” y “chanchuyos” de la peor calaña van y vienen en lo que, alguna vez, pudo ser el ámbito de funcionamiento de la justicia y del verdadero servicio público. El escándalo Osuna ha dejado ver el nivel de penetración alcanzado por la delincuencia en nuestra administración pública, y el caso inaudito de un juez que sólo por haber cargado por un tiempo el maletín a la hoy flamante presidenta del PLC -hermana del magistrado implicado-, obtuvo como premio ejercer un cargo a todas luces inmerecido, y luego pagar el favor encubriendo falsificaciones de partidas de nacimiento para extender cédulas a narcotraficantes.

Pero el caso del juez Guillermo García en realidad es común en el maleado ambiente actual de nuestro “Vietnam” (como llaman con sorna los litigantes a los juzgados), donde a los delincuentes les basta conseguir un “conecte” partidario, ponerse una camisa usada de mangas largas y una corbata de polyester, para hacer de las suyas desde un cargo judicial o desde un mediocre bufete de litigantes, como el de un tal Carlos Mario Peña, por ejemplo.

Una cueva y un mercado, más 40 ladrones multiplicados por 100. En eso ha llegado a convertirse nuestro Estado.


* Diseñador gráfico. Estudiante de Comunicación

memoporton@gmail.com