Jorge Eduardo Arellano
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Profesores como Juan Carlos Fajardo, ya no existen en Nicaragua. Ya son parte de la historia, y no del presente. Crecieron y se forjaron en una época, en donde el ser educador representaba vocación, estatus social y respeto. Hoy en día, es todo lo contrario: personifica ser semidesempleado, y a veces hasta fracasado.

Muchos profesores de primaria en Nicaragua combinan la enseñanza, con el lavado y el planchado de ropa a domicilio. Otros, los que tienen mayor oportunidad, han emigrado a Costa Rica y sirven de empleadas domésticas, o en la construcción.

Ya nadie quiere estudiar en las escuelas normales porque conocen el destino que les tocará en un futuro: mal pagados, incomprendidos, usados como masas en las manifestaciones políticas, y a la hora de jubilarse recibirán una pensión que no alcanza para comprar la canasta básica.

Cuando estudié en la normal de varones de Jinotepe conocí a excepcionales profesores, que me motivaron a querer y a amar la profesión de maestro. Entre ellos, recuerdo a Roberto Aburto Jarquín, Emilio Hernández, Guillermo Medina, Armando Rodríguez, María Magdalena Chau, Pedro Aburto Jarquín, Nery Morales y Erving Mayorga, y a Juan Carlos Fajardo, entre otros.

Estos maestros me inculcaron que esta profesión es noble, enriquecedora y, que esencialmente contribuye a formar ciudadanos responsables. Pero, además significa ser instruido, culto, paciente y firme; sutil, fuerte, resistente y perseverante. Y, por encima de todo, significa saber amar y comprender claramente la influencia que puede proyectarse sobre los alumnos; la enorme responsabilidad que implicar emular a Dios en alguna medida, al contribuir a construir el mundo del mañana.

Pero, además comprendí, que ser un verdadero maestro no es nada más cubrir un horario de trabajo, ni cumplir con los contenidos del programa. Es ir más allá: ser consejero, mentor, y, algunas veces sustituto del padre.

Recuerdo con claridad que cuando salí de la cárcel a finales de 1978, junto a mi amigo Edelberto Matus, en la Normal fuimos recibidos con alegría, y lo más importante: no fuimos expulsados, ni reprendidos, sino que se nos respeto nuestra forma de pensar.

Y, aún más: para que no perdiéramos el semestre, varios profesores, entre ellos Juan Carlos Fajardo, nos dedicaron tiempo extra para actualizarnos con las clases perdidas. Al final dimos bien los exámenes semestrales.

Ya en la universidad, recuerdo con mucho cariño a profesores como Juan Bautista Arrien, quien al enterarse que había publicado un libro de filosofía política, lo recomendó como texto de consulta en su clase de filosofía del derecho. Me di cuenta de su recomendación por unos alumnos que me llegaron a fiar el libro. Cuando le agradecí la recomendación, solamente me quedó viendo y me dijo: “Hombre, hay que apoyar a la juventud”.

Igualmente, siento un especial cariño por Douglas Stuart, quien cada inicio de año me invitaba al Centro Regional de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, en Matagalpa, a impartir una conferencia y me presentaba como un importante intelectual de Nicaragua.

Cada vez que lo hacía sufría. Un día leí un artículo en donde decía que el doctor Alejandro Serrano y yo éramos los filósofos más destacados de Nicaragua, y agregaba: “Karlos, en los albores de una futura cosecha de pensamientos escritos, y el segundo, Alejandro, en plena madurez con 17 libros publicados y difundidos por varios países del mundo”. No hay duda que los grandes hombres y maestros son magnánimos.

A otros maestros que recuerdo con especial afecto son al doctor Iván Escobar Fornos y a Álvaro Urtecho. Ambos tienen algo especial: su generosidad. Aunque Álvaro no me impartió clases de manera formal, para mí fue todo un catedrático, porque cada vez que conversábamos de literatura por largos horas, junto a Erick Aguirre, Iván Uriarte y Edelberto Matus, además de quedarnos sorprendidos por su enorme erudición y memoria, nos enseñaba a entender y ver el mundo de otra manera.

Por su parte, el doctor Escobar Fornos, además de brindarme sólidos conocimientos en la carrera de derecho de la Universidad Centroamericana, me enseñó algo que se ha perdido el día de hoy: el respetar a los personas independientemente de su condición económica, el no enfermarse por los cargos públicos y ser una persona honesta y honrada en su vida privada y pública. Asimismo, el siempre ser maestro, dentro y fuera del aula.

He comprendido a través de los años que ser maestro es una facultad excepcional, que se desarrolla en algunos seres humanos, y éstos nos dejan huellas invalorables, porque modifican nuestros pensamientos y nos enseñan a resolver los problemas cotidianos que la vida presenta todos los días.

Lo más probable es que nunca llegue a ser como ellos, pero sí me siento honrado en haber aprovechado su conocimiento y su vocación; y lo más importante que me enseñaron es que la sencillez no quita el conocimiento.

Me alegra la noticia que la Alcaldía de Jinotepe haya postulado al profesor Juan Carlos Fajardo al premio que otorga la Fundación “Luisa Mercado”. Si lo ganara, además de merecerlo, sería honrar a una generación de profesores extraordinarios que forjaron en la adversidad a maestros y ciudadanos de gran valía, que creen todavía que la honradez, el sacrificio por la superación y la humildad, son las condiciones importantes del ser humano; y, mientras esta llama persista, y estos valores se transmitan de generación en generación, en este país todavía habrá esperanza.