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Estimado Carlos Fernando:

Me pareció excelente haber dedicado el programa Esta Semana al tema de la Educación Superior, y presentar un debate con dos distinguidos panelistas; un tema que como vos mismo dijiste ofrece la oportunidad de hacer otros programas, desde diversas perspectivas.

La perspectiva de análisis del tema, en mi opinión, debe ser cultural. Los problemas de la educación superior en Nicaragua, más allá de los problemas presupuestarios y de los enfoques economicistas, hay que analizarlos y tratar de darle soluciones desde un enfoque cultural.

Una primera pregunta conductora sería saber cuál es el conjunto de creencias y conducta de los profesores y estudiantes en las universidades. ¿A qué van a la universidad los estudiantes? ¿Cuáles son sus expectativas? Otra pregunta clave: ¿Qué hacen en la universidad? ¿Se llega a estudiar? Y una vez graduados: ¿Qué tipo de graduados se obtienen? ¿Cómo se interrelacionan sus competencias con la cultura empresarial?

A manera de ejemplo, muchas veces he preguntado qué pasaría en nuestras universidades si se pusiera un rótulo en sus fachadas que dijera: Nadie entre aquí, si no tiene el hábito de la lectura…, y que sobre esa perspectiva se ajustaran los criterios de selección para estudiar en la universidad.

La respuesta que me han dado mis amigos es patética, y sería aún más terrible si le agregáramos exigencias matemáticas-estadísticas, pero no las prácticas memoristas que ofrecen en las universidades; ni me refiero tampoco a los exámenes, que realmente no miden cuánto saben nuestros estudiantes (y también nuestros profesores).

Nuestros estudiantes en promedio, Carlos Fernando, hacen un recorrido desde la educación Preescolar, Primaria y Secundaria, hasta llegar a la universidad, y aunque saben leer (dejemos el supuesto), no tienen el hábito de la lectura, no saben redactar en forma elemental, ni expresarse o comunicarse en forma eficiente, ni calcular adecuadamente, y pueden hasta ascender a cargos profesionales y de gerencia, pero su cultura, no les permite que sus empresas superen la mediocridad. La cultura anumérica es alarmante.

Y de ahí resulta que tenemos la economía más pobre de América Latina, pero los mismos problemas que flagelan a nuestra comunidad educativa, flagelan también a nuestra comunidad empresarial y sus diversos agentes económicos. Y el mismo análisis economicista también nos impide comprender que en los problemas económicos de nuestro país subyacen valores, creencias y comportamientos que no nos permiten avanzar.

Se habla de problemas presupuestarios y déficits, sin hacer énfasis en la cultura tributaria, en el crecimiento exportador, sin mencionar el impacto en las importaciones, en las tasas de inflación, sin analizar la política de precios y de los subsidios perniciosos que tiene nuestra economía. Se habla de libre mercado sin analizar la estructura mono y oligopólica de nuestra economía. Las creencias que existen aquí sobre la protección arancelaria carecen de la más mínima comprensión de lo que es una economía de mercado.

Con esto no quiero decir que la economía de mercado es la panacea a nuestros problemas, pero el sentido de libertad económica sí ayudaría mucho a nuestra cultura y economía.

Desde esa misma perspectiva, se habla de lo que el Estado dedica a las universidades versus educación primaria, cuando el problema no es sólo cuánto se dedica, sino la forma en que los agentes educativos absorben la información, el conocimiento, y el sentido práctico del mismo.

*Periodista. Administrador de empresas.

gorki.eduardo@gmail.com

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